El Club de Larraín

Me había sorprendido mucho su anterior película “No”, un filme que según el director estaba inspirado por los movimientos sociales del 15M  y Occuppied Wall Street, y que retomaba un tema del pasado, los entresijos de la campaña electoral del referéndum del No al Pinochet, para hablarnos de cómo construir el presente; qué posibilidades teníamos ahora que ya nos habíamos hecho dueños y señores de la rabia y si esas posibilidades eran un trayecto que merecía la pena transitar o un puente aéreo al suicidio de los cambios gatopardianos.

“No” era una película difícil, que no dejaba a nadie indiferente porque obligaba a decidir entre lo viejo y lo nuevo, el fondo y la forma, lo masivo y lo minoritario. Era la película que nos obligaba a hacernos las preguntas indicadas a los que nos creímos alguna vez, agentes del cambio político. En “El Club” Larraín quiere insistir en su postura de artista transformador e inconformista, poniendo en escena el reverso siniestro de la iglesia católica.

Y sin que eso le reste valentía a su retrato tenebrista de los crímenes de la iglesia, se echan de menos los matices políticos  y la originalidad radical de su anterior película. “El Club” transita por los bordes del escalofrío y la desesperanza, lo grotesco y lo macabro en un juego de contrapicados que escupen al espectador lo peor de la condición humana, la mezcla de impunidad y miseria, poder y moralidad. Previsible, pese al  esfuerzo notable que hace el director por recrudecer la puesta en escena con giros inexplicables de guión y un alarde exponencial de obscenidades explícitas.  Tras los  primeros treinta minutos de metraje Larraín abandona decididamente el control narrativo de su propia historia para construir un tapiz de la perturbación donde lo sagrado y lo terrible se mezclan y aguantan todo el peso de la película, pero donde el guión se resiente, quedando reducido a la mera anécdota.

Un ejercicio interesante, aunque desborda demasiada seguridad en sí mismo . La sensación de posesión de la verdad  le resta la inquietud moral a una historia que sin duda la necesita para ser un interrogante más que una manida respuesta.

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