Podemos; campaña electoral y cine Dogma.

En los 90 se llevaba ser grunge, escuchar Nirvana, romperse los pantalones, la ambivalencia, Trainspotting, la delgadez extrema, la anomalía como norma, Kate Moss y el cine Dogma. Me consta que Pablo Iglesias es un gran admirador de Lars Von Trier, el mítico cineasta danés que alrededor de 1995 inició este movimiento de renovación cinematográfica que consistía en devolver el cine a sus orígenes: ficción sin artificios: cámara al hombro, ausencia de decorados y banda sonora: el imperio de la austeridad fotográfica mucho más allá de los límites del cinema verité de Ken Loach.

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Pues bien, estamos jodidos. Porque ya no estamos en los 90. Iniciar una campaña con la austeridad como propósito en un mundo eminentemente visual y esteticista es deslizarse por un terreno resbaladizo. En los 90 muchos críticos cinematográficos acusaron al cine Dogma de desprestigiar la imagen cinematográfica. Recuerdo un titular concretamente que se despachaba así: “Dogma95 o la cutrez en el cine”. Por supuesto quien lo escribía ignoraba que el cine de Trier y sus hermanos (Vinterbeg, Bier etc) era un ejercicio de estilo autoconsciente. Del mismo modo que los videos-selfie que hemos visto en los dirigentes de Podemos lo son. Son una manera de acercarse a la gente, de decirle: nosotros no utilizamos operadores de cámara, utilizamos las mismas herramientas que tu, nosotros no tenemos grandes grupos de comunicación a nuestras espaldas, sólo con la ayuda de un teléfono móvil somos capaces de comunicar mucho mejor que los viejos partidos con sus grandes estrategias mediáticas.

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Pero siendo honestos, la mayoría de la gente no quiere ver en la tele, o en su ordenador, cosas grabadas con un teléfono móvil, mal encuadradas, con una perspectiva contrapicada, que denotan su estética amateur, además todos estos rasgos suelen asociarse a la falta de seriedad y a la iconografía quincemayista. En ese momento lo que se ve pasa a un primer plano y lo que se escucha a un segundo y una frase tan ingeniosa como “sorpassar alPP” queda solapada por el propio medio utilizado ( si, la maldición de McLuhan)

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La austeridad no tiene por qué ser incompatible con la estética. Las campañas de Podemos ya son austeras comparadas con las del resto de formaciones, a las cifras gastadas basta remitirse, y no por ello han dejado de ser atractivas, magnéticas, pegadizas,poderosas, fascinantes:#SonrieQueSiSePuede, #MalditaCastaBenditaGente, #SuOdioNuestraSonrisa, #DarthVeider,la fuerza del cambio.

En el vídeo de la campaña de las pasadas elecciones Podemos hacía un ejercicio estético y narrativo épico en el que mezclaba la historia de los movimientos sociales con la historia de la formación política: cortes extraídos de medios de comunicación se oponían a la lucha fuera de las calles con una canción de fondo que animaba a la gente a pasar a la acción, al movimiento, a sentirse “parte de” y que concluía con una potentísima frase en pantalla: “Ha llegado el momento para el que nacimos”.

Todas las formaciones están de acuerdo en que la campaña tiene que ser más austera. Entre otras cosas esto significa que tendrá también que parecerlo. De acuerdo.

  1. ¿Cómo conseguir hacer una campaña más austera sin hipotecar la creatividad, la sugerencia, la capacidad de sorprender, la magia y el empoderamiento?
  2. A esto hay que añadirle que en  las últimas campañas electorales se distinguen dos discursos entre las fuerzas del cambio : 1, el que invita a la gente que sufre las políticas de este país a formar parte de un cambio político que le engrandece y 2, el que agradece a determinados sectores que han sufrido las políticas de este país que se sientan dignos de lo que han hecho o de lo que les ha ocurrido.

El primero es un discurso transversal y vencedor. El segundo es un discurso lastimero y derrotista.

Las concesiones sentimentales sólo sirven para contentar a la izquierda identitaria. La gente no quiere ver en su tele o en su ordenador un reflejo de sí misma, con sus desgracias y tragedias, sino una imagen de lo que le gustaría ser y una posibilidad real de serlo. Recomendaría a los encargados de comunicación y campaña de Podemos para entender esta disyuntiva ver la película “No” de Pablo Larraín, aunque estoy segura que muchos de ellos ya la habrán visto. Para cambiar Chile el publicista Renee Saavedra diseña una campaña electoral basada en un país que no se parecía en nada al que votaba el plebiscito a favor o en contra de la continuidad de Pinochet en 1988. No se  parecía, pero quería  parecerse.

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Before the Rain: Podemos, estrategia electoral.

¿Cómo va a rentabilizar Podemos la nueva oportunidad que tiene delante? Por un lado, el último milagro de Compromís ha terminado de desenmascarar el bloqueo del PSOE al gobierno de coalición.  Parece poco probable que Pedro Sánchez pueda insistir en echarle la culpa de la falta de gobierno a la formación morada. Puede insistir, claro, pero sin efecto alguno. Por otro lado, las conversaciones abiertas con IU abren un horizonte de esperanza que,como bien señala Iván Redondo, puede ejercer un efecto multiplicador en el voto de izquierdas que termine de dar el sorpresón el 26 de Junio. 

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Pero también puede que este efecto provoque todo lo contrario. La cuestión es más random que nunca porque el voto es volátil, y tan peligroso es apostar por la transversalidad como por el cambio de relato. Hasta ahora Podemos ha construido su relato y su estrategia sobre la base de la “no connotación ideológica”, esto le ha permitido ampliar su base electoral a sectores de procedencia ideológica muy diversa. Cambiar el relato por el de izquierda-derecha a estas alturas puede tener muchos riesgos de cara a ese electorado transversal, incluso podría poner en entredicho la propia la coherencia del proyecto que podría tambalearse sobre la excesiva volubilidad. En un sentido o en el otro, la estrategia electoral de Podemos tendrá que decidir entre transversalidad o polarización ideológica y asumir la decisión. La simultaneidad de ambas estrategias puede ser letal, generar confusión e incluso proyectar la imagen de que existen distintos proyectos políticos dentro de la formación desplegándose a la vez. Tras cuatro meses de inestabilidad política marcados por los gestos balbucientes,  el electorado valorará las apuestas en firme y claras, no tolerará respuestas elusivas ni la liquidez programática.

Sin duda, Podemos ha sufrido, menos que las formaciones del pacto de investidura, parte del desgaste de las negociaciones y el desencanto de su  electorado, especialmente de sus votantes más polarizados.  El electorado socialista que apostó por la formación morada en las pasadas elecciones se sentirá defraudado por la dureza con la que Pablo Iglesias se ha dirigido al PSOE, por ejemplo en la sesión de investidura. Al mismo tiempo, el electorado ultraizquierdista: movimientos sociales, sectores ácratas etc se sentirá defraudado de que Podemos haya entrado al trapo de las cesiones y las negociaciones con el PSOE. Ninguna de estas dos opciones son evitables. ¿Pero cómo va a recuperar Podemos la ilusión de este electorado?  

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Una de las primeras cuestiones que debe resolver la formación es dirimir la disyuntiva entre lo urgente y lo importante, lo institucional y lo social. Podemos tiene que escenificar que sus horizontes van más allá de haber llegado a las instituciones y que sus raíces se extienden en los movimientos ciudadanos que le vieron nacer. No puede ser únicamente una cuestión de denunciar, explicar y apoyar verbalmente. Debe estar allí. Debemos ver a caras visibles de Podemos allí donde estalla el conflicto social. En las protestas antidesahucios, en la Nuit Debout, en las protestas que se han dado en Sol, por supuesto en las celebraciones del quinto aniversario del 15 M y  en los campos de Idomeni. Si la formación pasa de puntillas por lo que sucede fuera de la guerra electoral, la campaña  será retórica, no será real. No hay que menospreciar la capacidad de la gente para detectar la diferencia entre el discurso auténtico y la mascarada.

Es un equilibrio precario. Pues al mismo tiempo debe presentarse como una apuesta estable, sólida, presidenciable que cuente con el apoyo de sectores desencantados del PSOE y estar preparado para la guerra de trincheras que puede desencadenarse desde el momento en que  exista un peligro real de que su resultado electoral sea positivo. En este sentido, la formación debe aprender de la larga trayectoria de campaña difamatoria que lleva a sus espaldas y evitar algunos errores comunes: 

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  1. Si la campaña electoral gira entorno a la culpa de los pactos de investidura provocará el cansancio y el hastío de parte de ese electorado volátil. Hablar sobre el PSOE no beneficia a PODEMOS porque el PSOE ya se ha desenmascarado con sus propias alianzas. Si insiste en esa brecha, la impresión generalizada será de división, sadismo o sectarismo. 
  2. Podemos no puede tardar tanto tiempo en dar una respuesta eficaz y contundente a los ataques mediáticos que giren entorno a su propia formación. El silencio Monedero y el silencio Errejón han hecho más daño a la formación por la sospecha generada por la ausencia de ambos, que por las acusaciones en sí mismas. 
  3. Podemos debe evitar a toda costa la estrategia del repliegue. Los medios y los poderes económicos van a intentar que las entrevistas y el foco estén puestos en las fallas de la formación lo que provoca una tendencia de los miembros de Podemos a la autojustificación constante, a la exhibición repetitiva de buenas prácticas etc. En lugar de eso, Podemos debe evitar que se alarguen esos relatos sobre sí mismo. Zanjarlos cuando sea posible y poner en evidencia las contradicciones de quien los enuncia. Pasar al ataque social, en lugar de enquistarse en la defensa de la dignidad herida. 

 

 Frente filopodemita popular. (Facultad de Filosofía, Valencia). 

 

 

Julieta, mar de fondo

El que en nuevas regiones y en extraños
mares temer no supo vez alguna;
el que bajando a la infernal laguna
libre volvió de los eternos daños

(A Ulises,  Juan de Urquijo)

Había avisado Pedro Almodóvar de que era conveniente dejar reposar su última película un par de días antes de ponerse a destriparla en el instante en que los títulos de crédito se proyectan sobre una escena final más bien abrupta . Lo había avisado. Pero no le hice caso.

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Tan pronto salí del cine despotricando contra el intelectualismo burgués del director manchego, con el que mi trayectoria sentimental tiene serias deudas pendientes, me puse a twitear sobre el desastre narrativo de Julieta. Especialmente con esa sensación de guión deslavazado que camina sin rumbo, con esa contención dramática, imitativa de algunos directores europeos pero impropio del gran evocador del neorrealismo potsmoderno patrio


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Julieta, partida en dos mitades, nos narra la vida de la joven profesora de literatura clásica, desde el momento en que conoce al padre de su hija, hasta la madurez, momento en que pierde el contacto con ella. Las dos historias, interpretadas por Adriana Ugarte y Emma Suárez, contienen dos pulsos vitales  tan distintos y el tono interpretativo es tan mutuamente  incompatible que provoca una especie de desconexión identitaria. Desconozco si esta era la sensación  buscada, pero  la primera parte de la película marcada por  el arrojo, la fuerza, la pasión, la vida y el drama se apaga con una  segunda parte protagonizada por una Emma Suárez  amanerada, aburrida, cursi, casi artificial. 

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Sin embargo, a las pocas horas y durante los siguientes días, no pude sacudirme del cuerpo algunas de las imágenes de la película y sobretodo, algunos de sus temas, empecé a vislumbrar el tejido sutil de una obra pensada desde el reposo, una tragedia tranquila, que va desmadejando el origen de la culpa como un mal endémico, que provoca los grandes desastres  que se desencadenan en el filme: ¿son nuestras protagonistas culpables o es el complejo de culpabilidad el que desata cada uno de sus males? La profecía autocumplida que flota como una sugestión tormentosa en el aire prelude el fatum trágico sin que las protagonistas pueden oponerse o evitarlo.

Inma Cuesta y Adriana Ugarte en Julieta de Pedro Almodóvar. © El Deseo
Inma Cuesta y Adriana Ugarte en Julieta de Pedro Almodóvar. © El Deseo

Almodóvar va colocando sobre el relato imágenes que anteceden la  desgracia, la alusión a thalasso, la acepción que utilizaban los griegos para designar la cualidad trágica del mar, las figuras de arcilla, la escultura de los cuerpos inmóviles como seres sexuales o mórbidos cadáveres inertes, el hombre que se suicida en el tren después de que Julieta rehuya su conversación,como el germen de todas las culpas; el pasado de Julieta va modelando su presente y su futuro al ritmo que Ada esculpe con el barro las figuras de un sexo compartido que será también un duelo compartido.

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La convalecencia y la huida dan pie a un relato peor resuelto que planteado, pese a todo, se atisba en Julieta un conocimiento  profundo del dolor y de la fuerza destructiva  de los vínculos  familiares y los instintos no resueltos. Ahora me arrepiento de haberme lanzado con tanta compulsión a descalificar la obra vía twitter. Julieta no es probablemente la película que podría haber sido, pero pese a ese barniz de artificialidad hay algo delicado  y verdadero en ella, sólo debes  esperar que disminuya el oleaje para  escuchar su mar de fondo. 

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