Atlántida Film Fest: Boye

Un personaje que emerge de la sombra. Un secuestro. Un chileno que es acusado de colaborar con ETA. La guerra sucia y la implicación de la política americana en la contrainsurgencia guerrillera. Un proceso judicial. Un chileno que va a la cárcel. Un personaje explicándose a sí mismo como un testigo inocente de su propia vida. Embates. Azar. Destino: el presidio, la conciencia, la ética.

Elementos más que suficientes para construir un relato capaz de conjugar  la historia individual con los grandes momentos  de la historia actual: el juicio del 11M, la revista Mongolia, la causa palestina. Pero ¿quién es este tipo? Alguien marcado por la muerte del Che, alguien que tuvo una novia  en la Universidad que había pertenecido al MIR, el hijo de un  defensor de Allende y una madre pinochetista, y quizás una personalidad menos  inocente de la que aparenta un rostro que no deja entrever ningún matiz contradictorio ni una inflexión de duda.  Dice Sartre “que uno es lo que hace con lo que han hecho con  él”. Poco interviene el fatuum.  Al final, en algo se decide. Pero hay que decidir.  Incluso la mejor de las historias necesita de síntesis. Elemento narrativo que Sebastián Sarabia, realizador del documental, claramente desprecia. 

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Dos horas de documental y una única entrevista, también casi en un único plano, tiran por la borda lo que podía haber sido un relato poliedrico sobre las tensiones entre el individuo y su presente. Boye, como película se queda en un mero pretexto para encajar el relato autojustificativo de una vida, quizás el homenaje siempre añorado del entrevistado, abruptamente pobre en su concepción y su desarrollo. Tan pobre que desmerece sin saberlo al propio Boye y la sombra de perplejidad que atraviesa su vida. 

Anatomía de un 26 de Junio

Nadie gana, 

un bando pierde más lentamente.

(The Wire)

Una vez hallado el muerto. Sólo queda disecionar el cadáver . Arañar la corteza: las causas de la muerte . En el caso del resultado electoral de esta noche los análisis son variopintos y casi todos contradictorios. Y aún a riesgo de jugármela por impulsiva y precipitada he decidido exponerlos un poco  porque necesito ordenar y compartir estas ideas:

¿Qué ha pasado?

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Las encuestas daban a Unidos Podemos un sorpaso en votos y en escaños que superaba en cuatro puntos al PSOE y se situaba en las últimas encuestas sólo a 3 puntos del PP. Las encuestas a pie de urna aún acrecentaban más el avance de la candidatura, confirmando una debacle histórica del PSOE. Pero a la hora de llegar el escrutinio real, las encuestas nos situan con 69 escaños y al PSOE con 83. La realidad es que con 72 escaños Podemos ha perdido más de un millón de votos respecto al 20D y ha frenado la tendencia ascendente que venía afianzando desde las elecciones europeas, manteniendo un claro hilo de continuidad con el proceso transformador que abrió el 15M.

  • Una de las hipótesis  va a ser sin duda, que la unión con Izquierda Unida no ha jugado a favor de la formación morada. No estoy de acuerdo. La unión de los dos partidos ha posibilitado que Podemos con la candidatura mantuviera al menos el mismo resultado electoral en escaños que el 20D, el efecto ha sido ilusionante para la gente menor de 30 años y para muchos votantes de IU de toda la vida. Más que plantearse qué habría ganado Podemos sin IU, habría que preguntarse  qué habría perdido, a los resultados de Ciudadanos basta remitirse.
  • Política de pactos: El desgaste de la legislatura fallida ha pasado factura a todos los partidos que se vieron inmersos en la negociación y ha beneficiado al PP. Podemos creyó salir indemne de esa lucha con la polarización estratégica de la campaña y por no haber entrado en el pacto Sánchez-Rivera pero salió mal. Las bases le dieron su apoyo, pero el relato mediático del oponente se encargó de situarlo en el epicentro de  la culpa de la repetición de elecciones. El voto ha sido de castigo para todos los partidos que no supieron manejar los pactos tras el 20D.  Las nuevas formaciones, como Ciudadanos y Podemos son más endebles que los grandes partidos con una estructura fuerte, pues la sensación de falta de solidez aleja al electorado volátil que ante el mínimo titubeo rectifica volviendo a “lo malo conocido”. La cuestión es saber si además del voto volátil, parte del electorado de Izquierda Unida ha penalizado la Unidad Popular o la política de pactos, absteniéndose o votando al PSOE. Por las redes circulan esas hipótesis. Podemos debería considerarlas, yo no creo que ese porcentaje de voto sea tan relevante, sinceramente.
  • Campaña del miedo: Los poderes fácticos han jugado una guerra sucia contra Podemos en todos los terrenos, utilizando aparatos estatales e incentivando la búsqueda de información que vinculara a la formación de Pablo Iglesias con Grecia, Venezuela, regímenes totalitarios, comunistas etc. Pero también es cierto que esto no es nuevo. Es la misma campaña de desgaste a la que se vio sometido el partido en anteriores ocasiones y no sirve para desarticular un voto masivo. Cuánto dpermeable es la población a este discurso es algo que hay que medir, investigar y analizar con los medios sociológicos necesarios. Mi impresión intuitiva es que esta campaña del terror no moviliza tanto voto.

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  • Brexit:  El Brexit ha jugado un papel trascendental. Ha sido nuestro 11M. Ha acelerado el mecanismo ancestral y intrínseco al ser humano que tiende a conservar lo que tiene cuando lo siente en una abstracta y difusa sensación de peligro. O como diría alguna amiga mía “ en tiempos de tormenta, no hagas mudanzas“. ¿Pero qué es el Brexit en realidad ? ¿Y por qué nos ha jugado en contra? Primero por la sensación de desorden general y por la  incertidumbre económica y política,  segundo por la idea  de que la ciudadanía puede tomar con su voto decisiones irrevocables que van en su propia contra, lo cual genera un sentimiento ambivalente incluso peligroso hacia la propia concepción de democracia y en consecuencia hacia el cambio. En tercer lugar por el tratamiento mediático que se ha hecho del mismo por  prensa, radio, y televisión, identificando el discurso populista xenófobo que ha llevado a Inglaterra a salir de la Unión Europea con el populismo de Podemos, y por ende, con el miedo a las mismas consecuencias
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  • Encuestas: Que se nos ha ido la olla con las encuestas un hecho que hay que analizar en profundidad. Vivíamos hace una semana en el país del CIS y hemos amanecido en el país  de Cospedal. ¿Cómo es posible que el margen de error fuera tan amplio? Aquí caben dos lecturas, que la cocina de las encuestas estuviera hecha con premeditada intención, es decir, condicionar las expectativas de voto de Unidos Podemos y movilizar el voto de los oponentes o como decía Ivan Redondo “activar el código rojo” o bien porque haya un voto oculto, pero un voto oculto de dimensiones considerables.  Nolle Neuman ya explicó en los años cincuenta cómo se consolidan las corrientes de opinión   a través de la teoría de la espiral de silencio. Tras  varios experimentos la politóloga observó que los sujetos que mantenían  posiciones menos dominantes tendían a silenciarlas . Por lo tanto su grado de distribución de opiniones favorables a una idea política o de adscripción a un partido será proporcionar al grado de aceptación social que esa idea tenga en la sociedad.  La polarización PP-UP de la campaña, en términos de UP-PSOE, ha podido crear espirales de silencio respecto al voto socialista, un voto que se ha presentado durante toda la campaña como perdedor mientras que las expresiones de UP han sido más visibles precisamente por su percepción mediática de ganadores. Mirad cómo pintaba el CIS. 1465458002_412746_1465469091_miniatura_normal
  • Campaña: UP ha hecho una de las mejores campañas electorales de la historia de la democracia y desde luego, su mejor campaña. Ahora, cabría preguntarse si era el mejor relato dadas las circunstancias. Porque hasta aquí habríamos analizado factores externos del 26 J que dependían de la coyuntura. Pero también hay que reflexionar sobre los factores internos. Por ejemplo: un error considerable ha sido poner la campaña en función de las encuestas. Las encuestas daban sorpaso y la campaña se centró en el sorpaso.

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  • Pero eran encuestas burbuja y por lo tanto a mi entender, la campaña se centró en un objetivo burbuja: movilizar a un electorado “indeciso” “transversal” que quizás ya tenía silenciosamente decidido su voto. ¿En qué se aprecia esto? En el perfil bajo y conservador de las intervenciones o en el tono moderado de Pablo: su intervención en el debate a cuatro fue poco memorable, como si se quisiera transformar a Pablo en una suerte de Pablo Iglesias  light que no acaba de contentar a unos ni a otros. Daba impresión de que la polarización con el PP situaba a la formación en un punto de comodidad y sobriedad, de constante contención,  como si no tuviéramos “hambre de terreno de juego”, o peor como si no supiéramos reconvertir el pasado de fierecillas o caballos salvajes en un discurso emancipador, contagioso, fuerte
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Se ha apreciado un discurso dubitativo, demasiado focalizado en ganar en lo externo,en ese voto indeciso que podría haber dado el sorpaso. Era una estrategia correcta, pero las cartas con las que jugábamos no eran reales, y al descuidar el discurso interno quizás se hayan perdido votos o el efecto multiplicador necesario e nuestras propias filas. La doble línea discursiva ha generado   confusión en el cambio constante de slogans: sonrisa, patria, gente. Todo en los spots y en el relato derrochaba  creatividad, ingenio, talento, pero ¿se puede hacer patria sin la patria? ¿se puede hacer pueblo sin el pueblo? ¿se puede convertir un proyecto transformador en un anuncio de Ikea?

Y todo esto ¿para qué? Para lo que yo creo debe ser uno de los puntos más importantes de reflexión dentro de Podemos. 

  • ¿Se ha cerrado un proceso que empezó en el 15 M? ¿Se abre otro? ¿Ha llegado Podemos a su techo electoral? ¿Qué organización queremos construir? ¿Se ha agotado la estratégica nacional popular? Son preguntas que lanzo al aire. Por ejemplo, si Podemos quiere resistir con más fuerza el embate mediático, si quiere ser menos débil en la disputa de significantes importantes como: patria, democracia y libertad, quizás debe dejar de concebirse a si mismo como “una máquina de guerra electoral” y empezar a plantearse en serio, no como un mero adorno,  que la vía electoral tendrá que conjugarse con la lucha social, comunitaria y asociativa. Que al pueblo se le conquista siendo pueblo. Y que es imprescindible que las reivindicaciones que nacieron en las plazas de mayo de 2011 arraiguen y se hagan realidad en proyectos, cultura, tejido social, barrios, asociaciones de vecinos, movimientos ecologistas, feministas, pensionistas, desahuciados, sectores laborales aquejados por la crisis, autónomos, precariado, inmigrantes etc. Otro asunto clave es que tiene que descentralizarse y apostar por una organización local fuerte y no dependiente de la cúpula madrileña, porque allí donde lo ha hecho es donde mejor le ha ido. Es una estrategia lenta y desde luego no es una máquina de conseguir votos, pero  es la manera de crear un cuerpo sólido detrás de un slogan bonito, una militancia comprometida con un proyecto de mundo, de vida, de país.

Un proyecto que se preocupe menos por Juego de Tronos y más por The Wire. 

Ahora bien, no es momento de victimismo ni de derrotismo, no es el momento de abrir una brecha interna por la que se cuele el enemigo, no es el momento de aparecer como caballos apaleados ante los medios, ni de conceder una victoria discursiva a los que nos ignoraron en las plazas, nos apalearon en las calles y luego nos ningunearon en las instituciones. Seguimos llamando a las puertas del cielo. Como se dice a sí mismo Homero en un momento de la Odisea “Aguanta corazón, que ya viviste peores sufrimientos” 

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Aquí se sangra.

los fuertes sucumben 

Bertol Brecht 

Vivimos en una época estar triste está mal visto. Sentir está mal visto. Hay que esconder los restos de la tragedia y construir con los cristales rotos un relato que disimule las suturas. Es mejor sentir poco.Se siente  poco. La gente es feliz y espera que te sumes a su guión donde la felicidad tiene apropiada un número determinado de frases. Hay que estar contra eso. Mi amiga Marta escribió la semana pasada unas líneas en un whatsapp que venían a reproducir toda al reivindicación a un mundo dramas urbanos escondidos tras un barniz de maquillaje del que formo parte desde que nos conocemos hace trece años:   “Aquí se siente. Aquí se llora. Aquí se sangra“. 

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Esta frase encierra en sí misma un mensaje subversivo: “usted tiene derecho a sufrir, usted tiene derecho a estar jodido y a joderse la vida del modo que considere oportuno”  A modo de anécdota, contaré algo que le sucedió a mi amiga Roser en un mal día. Harta de enviar currículums, de no saber qué hacer con el resto de su vida, harta de acostarse con la misma gente y de vegetar en el mismo barrio se encontró con el típico vecino positivo, sonrisa permanente, aparentemente bienintencionado que te pregunta que qué tal, que qué haces con tu vida, aquí va la frase aguijón: que en qué estás trabajando últimamente-Pena de Muerte-A lo que mi amiga Roser respondió muy seria:

-Mal. Estoy pensando en suicidarme– silencio. Aún quedaban cuatro pisos. 

La obviedad es sólo aparente, pues estamos ya acostumbradas a que el mundo se apropie de las causas y diálogos opresivos bajo un pañuelo consolador que encierra en sí mismo una mordaza: “si fueras más positiva, verías que no hay motivos para estar mal”. Y así hemos ido construyendo una sonrisa en standby que sobrevive a base de ignorar las propias heridas. 

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Por eso me parece tan significativo que en un mundo donde la psicología, el marketing de moda, los libros de autoayuda y hasta la política te invitan a un optimismo falsario tres películas españolas recientes nos hablen de universos  donde la frontera entre el origen patológico y la sociedad-mundo no están delimitadas. Las niñas de fuego que las protagonizas son a la vez re- creadoras y víctimas de su propio doler: Magical Girl de Carlos Vermut, Stockholm de Rodrigo Sorogoyen y La Herida de Fernando Franco atraviesan el terreno de la locura femenina como si fuera un paisaje o un clima; donde la cara más superficial es el exterior de una cicatriz, un rostro en primer plano, una disociación, un síntoma.

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Y el interior es la causa, el desencadenante, el mal primigenio oculto a los ojos de una sociedad demasiado empeñada en enraizarse en lo normal, demasiado acostumbrada a vivir clasificando comportamientos en cajones estancos : lo tóxico, lo insano, lo improbable, lo  incierto. La fachada de ese paisaje juega con el lenguaje del camuflaje, las herramientas que le permiten a las protagonistas ser otras además, o a pesar, de sí mismas : La máscara y el disfraz en el caso de Magical Girl:

El vestido y la confusión-dicotomía día/noche  ángel/demonio en el caso de Stockholm :

y el trabajo de enfermera en el caso de La Herida.  Queda a la interpretación del espectador en las tres películas, la causa de la situación de nuestras protagonistas. En ningún caso conocemos las circunstancias en las que se origina, para más inquietud ni siquiera sabemos qué les ocurre No hay un monólogo. No hay una explicación. Lo único que nos pone en contacto con ese mundo interior arrasado es la sangre. 

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En las tres películas la sangre acaba siendo el vehículo que une el comportamiento sintomático con el interior perturbado. La sangre se convierte en un elemento fundamental de la orografía de ese paisaje.Y como si el rostro de nuestras protagonistas fuera un volcán, la sangre es la  lava que comunica la herida externa con la interna.

Si recordáis una de las primeras escenas de Babel la película de González Iñárritu, cuando la pareja que interpretan Cate Blanchett y Brad Pitt es alcanzada por una bala en el interior del autobús, la herida tiene aquí la misma función en el personaje de Blanchett. Recordemos que la película empieza con la discusión del matrimonio, la incapacidad de superar la muerte de un hijo, el rencor de la mujer al marido etc. La bala hace externa la herida del personaje de Blanchett, de algún modo la sangre que brota del personaje equilibra su mundo interno con el exterior y posibilita una catarsis. 

Más allá de sus consideraciones narrativas los tres personajes necesitan atravesar con sus heridas externas la superficie, la piel, en un grito desesperado por hacer visible lo invisible, por nombrar lo innombrable, por comunicar una hemorragia interna que se desborda. Quizás el mal estaba ya en ellas. Pero quizás también está en un mundo que obliga a lo orgánico a expresarse allí donde las palabras no tienen derecho de asilo. 

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Una de las primeras veces que tomé la decisión de ver  la misma película más de una vez  fue con “The way we were” (Tal como éramos).  Descubres el poder de fascinación de una obra de arte, cuando te das cuenta de que el interés no se agota en la narración, sino que
cuando la película parece que termina, comienza. Es como un edifico en el que has entrado a oscuras y sólo has visto las partes iluminadas. Si la obra es suficientemente fascinante,  a los pocos días necesitas volver al mismo edificio, recorrer sus recovecos, reconocer sus texturas y adivinar sus abismos. 

Así me sucedió con The way we were. La película, como ya sabéis, narra la larga historia de amor entre una  activista comunista judía (Bárbara Streisand) y un apuesto atleta engreído (Robert Redford) desde que se conocen en la Universidad hasta que se separan. No ocurre nada especialmente dramático, y a la vez ocurre todo, es decir la vida; los acontecimientos políticos, los cambios vitales de uno y otro que les acercan y les alejan en distintos momentos. 

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Un día se me ocurrió leer el reverso de la sinopsis de la peli y encontré esto escrito “¿Quién no ha dicho alguna vez: quiero que nos queramos como antes?” La frase me produjo un terror muy hondo pese a que efectivamente formaba parte de la película y ya la había oído  antes. Quizás lo que había cambiado era ese “¿Quién no ha dicho alguna vez…?” Y desde ese día no la volví a ver. ¿Qué fue lo que me aterrorizó? Con el paso del tiempo he comprendido que sentí aquella frase, y la película en sí misma, como una sentencia de la que estaba condenada a formar parte. Yo también tendría que decirlo, yo también a lo largo de mi vida me vería obligada a enfrentar la amargura de exigir el regreso de un tiempo donde la disolución absoluta del amor como posibilidad no se hubiera producido todavía.

No es lo mismo decir, quiero que me quieras como antes, esta frase entraña  la desesperación del amor no correspondido  pero  convierte a quien la siente en el  dueño de su propia desesperación . Al  decir quiero que nos queramos como antes , el emisor reconoce que el amor se ha roto por ambas partes,  es imposible que vuelva porque ni él mismo es capaz ya de evocarlo, y sin embargo desearía poder volver al pasado, regresar a otro tiempo, en el que las naves no se hubieran quemado y los puentes permanecieran tendidos. La frase confirma la imposibilidad de un reencuentro futuro, atraviesa  la vida de la conciencia de pérdida, y esta es más amarga que el reproche, la ira o la desesperación.

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Una noche durante mi adolescencia salí con mi amiga Iris a cenar y beber y coleccionar nombres propios. La noche se complicó, de la forma en que suelen complicarse las noches a esas edades; un cubata de más, una conversación intensa en el capó de un coche, un mensaje que no recibe respuesta, un pesado con el que hay que encararse, una amiga que nos hace esperar, un encontronazo fatal. Yo le aguantaba el bolso en el portal del bar y ella estaba apoyada en la pared. Otra amiga y yo discutíamos en la puerta del bar sobre dónde ir, qué hacer, nombres de personas que bailan en mi cabeza y que en aquel momento  eran toda mi identidad. Ninguna estábamos mirando a Iris. Pero cuando lo hicimos me llamó la atención que hasta en aquel momento tétrico de la noche, con el pelo medio deshecho y el maquillaje de los ojos difuminado no lograba deshacerse de esa actitud de bailarina, de gestos dulces y adornados, y recuerdo que pensé que si se pusiera a vomitar  en aquel momento, su vómito sería  una coreografia. Pero no vomitó.

Inesperadamente se puso a llorar, no a llorar con lágrimas sino a sollozar, fue entonces cuando la escuché decir entre sorbidos:

-Quiero que mis padres vuelvan a estar juntos- al principio muy bajito, y luego cada vez más alto, golpeando con aquellas  muñecas de mantequilla la pared desconchada.- Quiero que mis padres vuelvan a estar juntos.

Adiviné en sus palabras la angustia serena de The way we were. La certeza de que la felicidad es una batalla que hemos perdido, de que la normalidad es frágil, de que inventamos gestos para olvidar todo lo que ya no recuperaremos : el tiempo que habían permanecido allí dormidas esas palabras, en esos mismos gestos dubitativos, en la decisión de salir o no aquella noche, en la mirada en el espejo con un suspiro que se ahogaba en las clavículas, en la manera de decir “está ocupado” cuando alguien había intentado entrar en el servicio del bar mientras  se pintaba los labios, en la consulta compulsiva del móvil en la primera cerveza, en el  humo de un cigarrillo tras otro fumado entre risas exageradas y conversaciones banales. En todos esos gestos ya se hallaban esas palabras y la ilusión de  un océano de posibilidades  más grandes, más importantes, que Iris ya sabía peligrosamente efímeras.

Al día siguiente fuimos a desayunar frente al mar. Iris tenía las sienes de un color violeta , parecían afluentes infinitos constreñidos en un gesto de sufrimiento resignado.  Dijo algo sobre la placidez del mar, creo que desde sus bocanadas de humo veía alejarse nubes plomizas que habían estado años sobre su cabeza. Yo en cambio, las veía acercarse a toda velocidad.  

 Sus padres no han vuelto a verse.