the way we were

Una de las primeras veces que tomé la decisión de ver  la misma película más de una vez  fue con “The way we were” (Tal como éramos).  Descubres el poder de fascinación de una obra de arte, cuando te das cuenta de que el interés no se agota en la narración, sino que
cuando la película parece que termina, comienza. Es como un edifico en el que has entrado a oscuras y sólo has visto las partes iluminadas. Si la obra es suficientemente fascinante,  a los pocos días necesitas volver al mismo edificio, recorrer sus recovecos, reconocer sus texturas y adivinar sus abismos. 

Así me sucedió con The way we were. La película, como ya sabéis, narra la larga historia de amor entre una  activista comunista judía (Bárbara Streisand) y un apuesto atleta engreído (Robert Redford) desde que se conocen en la Universidad hasta que se separan. No ocurre nada especialmente dramático, y a la vez ocurre todo, es decir la vida; los acontecimientos políticos, los cambios vitales de uno y otro que les acercan y les alejan en distintos momentos. 

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Un día se me ocurrió leer el reverso de la sinopsis de la peli y encontré esto escrito “¿Quién no ha dicho alguna vez: quiero que nos queramos como antes?” La frase me produjo un terror muy hondo pese a que efectivamente formaba parte de la película y ya la había oído  antes. Quizás lo que había cambiado era ese “¿Quién no ha dicho alguna vez…?” Y desde ese día no la volví a ver. ¿Qué fue lo que me aterrorizó? Con el paso del tiempo he comprendido que sentí aquella frase, y la película en sí misma, como una sentencia de la que estaba condenada a formar parte. Yo también tendría que decirlo, yo también a lo largo de mi vida me vería obligada a enfrentar la amargura de exigir el regreso de un tiempo donde la disolución absoluta del amor como posibilidad no se hubiera producido todavía.

No es lo mismo decir, quiero que me quieras como antes, esta frase entraña  la desesperación del amor no correspondido  pero  convierte a quien la siente en el  dueño de su propia desesperación . Al  decir quiero que nos queramos como antes , el emisor reconoce que el amor se ha roto por ambas partes,  es imposible que vuelva porque ni él mismo es capaz ya de evocarlo, y sin embargo desearía poder volver al pasado, regresar a otro tiempo, en el que las naves no se hubieran quemado y los puentes permanecieran tendidos. La frase confirma la imposibilidad de un reencuentro futuro, atraviesa  la vida de la conciencia de pérdida, y esta es más amarga que el reproche, la ira o la desesperación.

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Una noche durante mi adolescencia salí con mi amiga Iris a cenar y beber y coleccionar nombres propios. La noche se complicó, de la forma en que suelen complicarse las noches a esas edades; un cubata de más, una conversación intensa en el capó de un coche, un mensaje que no recibe respuesta, un pesado con el que hay que encararse, una amiga que nos hace esperar, un encontronazo fatal. Yo le aguantaba el bolso en el portal del bar y ella estaba apoyada en la pared. Otra amiga y yo discutíamos en la puerta del bar sobre dónde ir, qué hacer, nombres de personas que bailan en mi cabeza y que en aquel momento  eran toda mi identidad. Ninguna estábamos mirando a Iris. Pero cuando lo hicimos me llamó la atención que hasta en aquel momento tétrico de la noche, con el pelo medio deshecho y el maquillaje de los ojos difuminado no lograba deshacerse de esa actitud de bailarina, de gestos dulces y adornados, y recuerdo que pensé que si se pusiera a vomitar  en aquel momento, su vómito sería  una coreografia. Pero no vomitó.

Inesperadamente se puso a llorar, no a llorar con lágrimas sino a sollozar, fue entonces cuando la escuché decir entre sorbidos:

-Quiero que mis padres vuelvan a estar juntos- al principio muy bajito, y luego cada vez más alto, golpeando con aquellas  muñecas de mantequilla la pared desconchada.- Quiero que mis padres vuelvan a estar juntos.

Adiviné en sus palabras la angustia serena de The way we were. La certeza de que la felicidad es una batalla que hemos perdido, de que la normalidad es frágil, de que inventamos gestos para olvidar todo lo que ya no recuperaremos : el tiempo que habían permanecido allí dormidas esas palabras, en esos mismos gestos dubitativos, en la decisión de salir o no aquella noche, en la mirada en el espejo con un suspiro que se ahogaba en las clavículas, en la manera de decir “está ocupado” cuando alguien había intentado entrar en el servicio del bar mientras  se pintaba los labios, en la consulta compulsiva del móvil en la primera cerveza, en el  humo de un cigarrillo tras otro fumado entre risas exageradas y conversaciones banales. En todos esos gestos ya se hallaban esas palabras y la ilusión de  un océano de posibilidades  más grandes, más importantes, que Iris ya sabía peligrosamente efímeras.

Al día siguiente fuimos a desayunar frente al mar. Iris tenía las sienes de un color violeta , parecían afluentes infinitos constreñidos en un gesto de sufrimiento resignado.  Dijo algo sobre la placidez del mar, creo que desde sus bocanadas de humo veía alejarse nubes plomizas que habían estado años sobre su cabeza. Yo en cambio, las veía acercarse a toda velocidad.  

 Sus padres no han vuelto a verse.

 

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