Cuando fuimos after pop: The young pope

” Qué es más bello, amada mía, el amor perdido o el encontrado. No te rías de mí, lo sé. Soy raro e ingenuo. Y pregunto cosas que parecen una canción pop”.

(The  Young  Pope)

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Mientras terminaba de ver uno de los episodios,  o una de las las diez horas de película sobre el papa joven de Sorrentino, un Cary Grant postmoderno que lleva al límite del manierismo un enorme  Jude Law, le pregunté a mi madre : ¿Por qué no podemos volver a ser todas after pop? Mi madre, que obviamente no comprendió de que le estaba hablando, respondió con una evasiva cotidiana: ¿Y tu por qué no te pones una chaqueta?

Siempre me ha exasperado que me respondan con cotidianidad  a inquietudes abstractas, pero en esta ocasión no dije nada, porque mi madre nunca ha sido after pop.

¿Qué es ser after pop de todas formas?  Una especie de pastiche de referencias culturales efectivas y contradictorias entre sí como la maleta de viaje de fin de semana de una adolescente.

Yo recuerdo esas maletas.Eran como una película de Sorrentino. Tenían lo mejor y lo peor del ser humano, poemas manchados de semen junto a un libro de Cioran,  lencería barata con un pinta labios carísimo y horas de clásicos de Extremoduro camuflados con temas de Coldplay. En aquel momento ser after pop era quererlo todo. Nosotras también éramos after pop, un ida que salíamos del instituto al mediodía en el centro de la ciudad  Carla Saz dijo: ojalá la vida fuera siempre un musical – y su mirada se perdió en el abismo de los tejados de la ciudad medio bailando una música imaginaria, más adelante esa mirada se convertiría en un cuento que Lola tituló “Azoteas” pero que nunca nos dejó leer.

Si, dijeron las demás, la vida debería ser un musical.  Beyoncé. Coca cola light. Lindy Hop. Ropa nueva. Viajes. Drogas duras. Festivales. Desordenes alimentarios. Inestabilidad emocional. Sangre en la nariz. Vomitar en una carretera secundaria. Viajar siempre más. Siempre más lejos. Tanta prisa, tanta música, tanta droga, pasarnos una década huyendo. Vamos a brillar más que las demás, vamos a brillar hasta que ni siquiera podamos vernos, déjate caer, me encanta tu pelo, vamos a besarnos, vamos a tocarnos, vamos a atardecer. La vida debería manteneros así estáticas, en esta carcajada estridente, en esta inocencia siniestra de agujeros y tatuajes, de sollozos y tangas de leopardo. 

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¿Qué tiene que ver esto, dirás, con The Young Pope, con Sorrentino? Mucho. Porque el joven papa que nos presenta Sorrentino es sobre todo after pop, es decir, fruto de la existencia de una serie de referencias efectivas pero contradictorias entre sí. Y este constituye el gran acierto de la serie, el foco de atracción de un personaje que  engulle su propio entorno con una presencia equivoca, ambigua, delirante, tiránica, fascinante, piadosa, en definitiva, que busca la manera de dirigir nuestros ojos hacia lo inmenso, la belleza, la fe, la creación, como ya lo hizo en La gran belleza.

En cada plano Jude Law se trasciende a sí mismo hasta que olvidamos que estamos viendo a Jude Law incluso hasta que olvidamos que estamos viendo una obra de Sorrentino, sólo existe Pío XIII. Este guiño histórico ya nos da muchas pistas sobre lo que vamos a ver, Pío XII fue el papa vinculado con el nazismo y con la fumata blanca se van a desvanecer las esperanzas de renovación de la iglesia católica porque Pío XIII no busca clientes, sino súbditos.  Pretende reformar la iglesia  para hacerla regresar a sus iniciales preceptos; intransigencia, rigidez e intolerancia pero con un toque chic que resulta de lo más perturbador.

 Es un papa joven con las ideas viejas y en esta contradicción inicial radica su atractivo abismal. Es un papa sin fe y al mismo tiempo santo . A ratos Albert Rivera, cherry cocke con homofobia, a ratos revolucionario, Pablo Iglesias incendiario. Pero su sexualidad es mística, más que mística filosófica y eso convierte todo lo humano en mera insignificancia.

Están los entresijos del poder, la curia de los cardenales, los obispos, las mafias vaticanas, por supuesto ¿Pero habla The Young Pope  de poder? ¿Es el papa Pio XIII un Frank Underwood celestial? No, representa más bien la vulnerabilidad extrema de quien es capaz   de sobrellevar todas las dudas  excepto las grandes preguntas sobre  sí mismo: ” Qué es más bello amada mía, el amor perdido o el encontrado. No te rías de mí, lo sé. Soy raro e ingenuo. Y pregunto cosas que parecen una canción pop”. 

Una ciudad en ruinas, un pasado brumoso en el que una mujer desaparece en una góndola veneciana, una ministra groenlandesa bailando una canción pop italiana por las paredes decrépitas de las estancias vaticanas: que se prohiba el aborto, la eutanasia, las parejas de hecho, que se suspendan los tributos de la iglesia. El papa quiere ser misterioso, una rock star, la Inquisición postmoderna, pero Roma es mujer y la Iglesia también.

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En la obra de Sorrentino se abordan las grandes cuestiones que atañen al hombre en su relación con Dios: ¿existe? ¿sirve de algo creer? ¿podemos relacionarnos con lo divino? ¿podemos elegir? Sorrentino transita en esta obra, transgresora a la par que trascedente, por las mismas líneas que unen la cinematografía de Ingmar Bergman y Federico Fellini. Sorrentino se guarda escasos, pero estratégicos, momentos para el diálogo teológico y acierta  en  la disposición de símbolos, los laberintos oníricos, la riqueza de las imágenes donde convergen elementos antitéticos como un canguro que salta libremente  por los jardines vaticanos, un jersey denuncia en el pijama de una monja, el lienzo de La mujer barbuda de Ribera, un cardenal del Lazio que cuida de un discapacitado cerebral o un joven cura que se suicida en la plaza de San Pedro.

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Toda la fotografía adquiere la textura y la corporeidad volumétrica del Vaticano en un manejo absoluto de la imagen y de la profundidad de campo que apuntan a la belleza divina, y a cierta descomposición moral que se da  justo después de que termine el sueño álgido y colorido del musical, cuando se apagan las luces y Beyoncé ha dejado de cantar: la decadencia. 

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Quizás por eso la serie termina en Venecia. La ciudad que se hunde como la iglesia de Pio XIII . Segundos antes alguien le ha preguntado al pontífice: ¿Dónde está Dios? Y el ha contestado “En Venecia, Dios está en Venecia“. El primer baño de masas de su eminencia  tiene motivos muy alejados de los asuntos espirituales. Lenny Belardo, el hombre, el niño, necesita encontrarse con sus padres terrenales, cuya última pista se sitúa en la ciudad de los canales. Lenny espera que por atracción o reacción sus padres acudan a la plaza de San Marcos. Pero la iglesia que puede ser una mujer, desde luego no puede ser una madre. En todo caso, un refugio, un gélido orfanato donde viven los que no pueden soportar el latido del mundo.

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