El sacrificio de los inocentes: La invitación y El año más violento

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CONTIENE SPOILERS 

En dos películas recientes que me han gustado mucho: La invitación (Karyn Kusama) y El año más violento (James Gray) tiene lugar la misma escena, los dos protagonistas de sendas películas se encuentran conduciendo y discutiendo algún asunto que tiene que ver con la trama principal de la película cuando en ese justo momento el conductor atropella a un animal salvaje que cruza la carretera . Un coyote en el caso de La Invitación, un ciervo en el caso de El año más violento. En ambos casos el suceso, lo que puede parecer un accidente fortuito, tiene efectos inmediatos en el desarrollo del argumento y en la relación de los protagonistas. La manera en que el suceso se desarrolla nos dice mucho de lo que va a ocurrir en el resto del filme y al mismo tiempo, al resolverse de distinta manera pone de manifiesto como un mismo elemento narrativo puede ser tratado de maneras completamente distintas generando sensaciones antagónicas.Una vez más este es un ejemplo de que  cuando hablamos de  cine del mismo modo que hablamos de literatura o de arte en general, no hablamos tanto de el qué nos sino del cómo.

Lo que ambas películas tienen en común es que el atropello del animal interrumpe bruscamente la conversación de los protagonistas, el juego verbal desaparece ante la urgencia de la acción. En ambos casos el animal ha quedado gravemente herido, pero aún no ha muerto. Lo que plantea la cuestión moral de evitar el sufrimiento del animal indefenso y a la vez la cuestión moral de su ejecución a sangre fía. Hay algo aquí de resonancias bíblicas, de cordero de Dios, de sacrificio de los inocentes que aparece en el Evangelio según Mateo. En ambos casos es el hombre al que se le encarga la cuestión de la matanza del animal y la resolución definitiva de la vida malherida. Sin embargo las perspectivas y el tratamiento son diferentes.

En el caso de La Invitación, el espectador sabe muy poco de los personajes ya que el suceso tiene lugar a penas acaba de empezar la película, lo cuál sirve para introducir la atmósfera enrarecida que se desarrollará a lo largo de todo el filme. La cámara nos muestra claramente y con detalles al animal herido, es decir: el animal, la herida y su indefensión tienen cierta importancia y como luego comprenderemos al acabar el filme es un símbolo anticipatorio de uno de los personajes del mismo, de la ex mujer del protagonista, Edén. La cámara nos muestra la perplejidad, temor y angustia de la acompañante de Will dentro del coche, y observamos como Will acaba con la vida del animal con una llave inglesa desde la perspectiva de su compañera, es decir la cámara se sitúa   dentro del coche. Esta ubicación no es casual, ya que desde esta perspectiva no podemos observar la cara de Will ni adivinar sus sentimientos en la matanza del animal lo que no deja de ser una imagen perturbadora. Sin duda la imagen desde la posición de copiloto de la novia es algo terrorífica, Will repite el gesto y una otra vez  alzando el brazo contra el coyote con la llave inglesa. Desde esta perspectiva el espectador consigue que observemos a este personaje con una prudencia emocional, con cierta suspicacia, una sombre se proyecta ente nosotros y el protagonista y esta sombra es fundamental para mantener la ambivalencia : paranoia/persecución  sobre la que se mantiene en un precario equilibrio toda la composición temática de la película

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En el caso de El año más violento, el suceso ocurre prácticamente a mitad del filme, por lo que ya conocemos buena parte de la trama y características de los protagonistas. Ambos, un matrimonio rico del Nueva York de los años ochenta tienen un negocio de transporte de gasolina que se ve acosado por problemas con el fisco y por una serie de asaltadores que agreden a sus conductores y les roban la mercancía. La forma de entender el negocio y la defensa es diferente en ambos casos, para él no cabe más defensa que la rectitud y la negociación, en cambio ella, hija de un famoso mafioso está a favor de incorporar las leyes del hampa en la defensa de su territorio. En mitad de la discusión nocturna se produce el atropello, el coche patina entre la nieve y logra evitar salirse de la carretera. 

Aquí, a diferencia de La Invitación, la cámara se centra en el camino que el protagonista hace hasta el lugar donde está herido el animal pero el animal, su herida, o su sufrimiento tienen una importancia secundaria, a penas aparece en pantalla en un sólo plano y tamizado por la oscuridad de la noche. Al regresar al coche, su mujer, a diferencia de La Invitación ha salido también del vehículo y le recuerda que debe acabar con la vida del animal para evitar su sufrimiento, es decir, aquí la protagonista toma un rol activo. El marido toma una llave inglesa se dirige hasta donde yace tumbado el ciervo y la cámara se detiene en esos segundos de indecisión. La mirada de él clavada en el animal moribundo y sujetando la llave inglesa, el director quiere mostrarnos su reticencia a la hora de terminar con la vida del animal de una manera tan violenta, es decir, su rechazo a la violencia como medio de resolución

 Justo en ese momento dos disparos sobresaltan los pensamientos del protagonista, la cámara se mueve unos metros a la derecha y encontramos a la joven esposa empuñando una pistola pequeña, de esas pistolas de cine noir que caben en el bolso. Aquí el disparo es toda una declaración de intenciones ¿respecto al ciervo? Si, pero no sólo, respecto a los distintos modos que ambos tienen de enfrentar los problemas empresariales. La violencia frente a la duda, la frialdad frente a la indecisión. El atropello del ciervo no tiene un sentido admonitorio o simbólico, como en el caso anterior sino que sirve para hacer visible la diferencia de posturas entre los personajes, el incidente nos ayuda a penetrar psicológicamente en sus diferencias. Así cuando ambos entran dentro del coche de nuevo no hay lugar para la palabra, no por el impacto de la matanza del ciervo, sino porque como en una jugada de cartas el juego del contrario ha quedado al descubierto. Un muro de desconfianza más helado que la noche y más grande que el ciervo sacrificado se ha impuesto entre ambos protagonistas. 

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Místicos

Dios está entre los pucheros 

Teresa de Jesús. 

La literatura mística del siglo XVI es un reto para cualquier lector. Los textos de los místicos del siglo XVI como Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León nos hablan de un encuentro con Dios que muy difícilmente podemos entender en nuestra vida cotidiana contemporánea donde probablemente Dios esté más cerca de twitter que del puchero. La palabra mística esconde un profundo misterio encierra un estado alterado de conciencia que no se puede transcribir en palabras (inefable) y que en cambio fue descrita por estos místicos mediante símbolos y alegorías que por una parte procedían del Antiguo Testamento (la llama, la paloma, el fuego, la fuente, el lance) y por otro también remitían a la poesía amatoria renacentista de Petrarca y de Garcilaso (el amado, la amada). Una poesía amatoria que hace que leídos con nuestros ojos contemporáneos los éxtasis de Santa Teresa tengan algo sospechosamente placentero. Pero que probablemente fuera sólo una manera de encontrar símiles para describir fenómenos poco conocidos. 

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Lo que nos lleva a pensar que en realidad la única función del lenguaje es designar lo común, pues al nombrar lo único, lo insólito y lo singular se cae irremediablemente en el equívoco, el significado se resiente, sin embargo sus versos se han quedado grabados a fuego en la historia de nuestra lírica como si fueran un jeroglífico indescifrable que unas veces busca a Dios y otras dar sentido a lo abstracto, al concepto, al abismo. 

De ahí que hayan influido en poetas tan contemporáneos como Federico Garcia Lorca o Luis Cernuda , a quien Jose Ángel Valente dedicó una conferencia sobre la influencia de la obra de San Juan de la Cruz en la poesía de Luis Cernuda titulada : Luis Cernuda y la poesía de la meditación, Blas de Otero, Vicente Aleixandre pasando por todos los poetas románticos ingleses como John Donne, John Keats hasta llegar a Thomas Hardy y a Truman Capote quien fascinado por la obra de Santa Teresa le puso a una de sus últimas novelas Plegarias Atendidas, en homenaje a esa frase de Teresa de Jesús en la que dice: se derramarán más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. 

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Para la realización de este programa donde conectamos la lírica mística con la vanguardia y la postmodernidad he contado con la ayuda de Ana Garnelo que es quién más ha investigado en la obra de San Juan y Fray Luis rebuscando versos de místicos entre músicos actuales para sorprendernos encontrando tantas conexiones entre metáforas, imágenes, símiles. 

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Aquí os dejo las referencias por si alguien quiere utilizarlas:

Puedes escuchar el audio entero aquí.

<a href=”http://www.ivoox.com/redrum-blues-poesia-mistica-postmodernidad-audios-mp3_rf_16412115_1.html&#8221; title=”Redrum Blues: Poesía mística y Postmodernidad”>Ir a descargar</a>

La mano que cubre la Ira

¿Te has acostado con ella?

¿Tu crees que eso es una pregunta?

(Tarde para la Ira ,  Raúl Arévalo)

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CONTIENE SPOILERS (o algunos datos del argumento que pueden ser considerados como tales)

Las historias sencillas son las más difíciles de contar. Su éxito depende del ángulo en el que se encadenen los sucesos narrativos y de las dosis de información que el director vaya delegando en el espectador. No se trata de hacer una historia sencilla complicada, ese es un error común, sino de hacerla interesante. Encontrar sus puntos de apoyo y reforzarlos aspirando a contar sólo lo que la historia cuenta. Probablemente el director que se ciñe a este objetivo, que trabaja fielmente sobre un guión aparentemente contado cien millones de veces antes, acabara contando otra cosa, una historia que subyace a la historia, una historia que supera los límites de la historia y una gran película. Este es el caso de Tarde para la Ira, la ópera prima de Raúl Arévalo.

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Un bar de barrio donde se mantiene intacto el rótulo fluorescente de las cafeterías de los años noventa, la camarera hastiada con el novio en la cárcel, el hermano, un hombre de familia, la partida de cartas, el cliente introvertido de carajillos cargados y silencios profundos. Un tapiz naturalista que esconde mucho más de lo que enseña a primera vista. Y es que en este ambiente cañí y neorrealista, nada es lo que parece y en esta celebración de folklore patriarcal, el western noir va a hacer pronto acto de presencia.

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Este comienzo no forma parte en absoluto de la estructura narrativa de la historia. ¿Por qué no empezar por el atraco? ¿Por qué no empezar por el cuñado en la cárcel? ¿O por el luto del propio Josete? No. Arévalo sabe muy bien lo que se hace, empieza por la tangente, el retrato costumbrista, un zambullido de realidad y desde allí va estrechando lentamente el cerco de la historia, mientras nos enseña de qué está el hecho el mundo en el que viven sus personajes como en la secuencia de la comunión, abandono y marginalidad; la cultura del lumpen,  la chapuza y el timo, el fraude de hacienda, el tráfico de drogas, el robo y el apaño por debajo de la mesa, sudor, mal aliento y machismo todos los ingredientes que tienen las noticias de sucesos: la miseria sostenida en el tiempo.

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 Ya parece que nos podemos resignar a ver otra película social sobre una historia de amor imposible, cuando Arévalo hace entrar la verdadera trama con dosificador. En el viaje vamos a atravesar todas las veladuras de este lienzo donde el plano pone el acento sobre el paisaje de una España olvidada,  la de los barrios bajos y los gimnasios de artes marciales en los que se recluta a todos los nadies del extrarradio sevillano.

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Del sur pasaremos al territorio llano de la meseta, a ese rural que se parece a todos los pueblos de España, de misa y fiesta mayor, donde el director consigue aumentar la tensión gracias al manejo de los pequeños detalles: las cocinas humildes, la trastienda de un bar, las carreteras secundarias, la película de Arévalo gana una tridimensionalidad épica que debe mucho a las interpretaciones de los dos actores principales, Antonio de la Torre y Luis Callejo, y a la influencia del cine de Alberto Rodríguez (Grupo7, Siete Vírgenes, La isla mínima). Sin embargo, Arévalo va a superar a su maestro en la última película que ha dirigido Rodríguez este año; El hombre de las mil caras en la que el director de La isla mínima pierde el sello de su cinematografía anterior para hacer un relato predecible y desapasionado de la vida de Paesa, con voz en off de Coronado, sólo este dato baste para alejar al espectador avispado. ¿Tu también , Brutus?

Lo mismo cabe decir de la fallida segunda obra de Rodrigo Sorogoyen, Que Dios Nos Perdone, un pastiche de tópicos con la corrupción policial, un asesino de ancianas  y las manifestaciones del 15M de trasfondo que alcanza lo patético cuando se reviste de pretendida autenticidad en el personaje interpretado por Roberto Álamo. A diferencia de estas dos, en Tarde para la Ira  lo popular entra a raudales por una tragedia en la que como en  de Shakespeare: todos los personajes tienen razón. Al fondo de esa escena final que es casi un interrogante sobre el horror, Arévalo ha puesto delante de la cámara los factores fortuitos que convierten a cualquier hombre normal en un monstruo y a cualquier  monstruo en un hombre normal.

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Crítica de El Silencio

Scorsese se cree Dreyer. Pero no lo es. Y esto es un grave problema cuando llamas a una película  El Silencio, pero no hay ni un solo segundo de silencio en toda la película. Aquí se intuye uno de los graves problemas del director; la distancia entre la película que  quería hacer y la que realmente ha hecho. ¿Por qué le tienen tanto miedo al silencio los directores americanos? Enserio, no ocurre nada si no ocurre nada.

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Esta historia, el viaje de dos jesuitas portugueses en busca de un tercero sobre el que orbita un gran misterio por el Japón feudal del siglo XVI donde los cristianos son perseguidos y ejecutados, en manos de Dreyer realmente podría haberse llamado El Silencio, porque Dreyer jamás hubiera permitido que una insidiosa voz en off, redundante y terriblemente explicativa atravesara sus paisajes neblinosos, los rostros de sus campesinos sin dientes y sus crucifijos inocentones, mal tallados en maderitas rupestres. Ahí hubiera dejado que surgiera la fuerza del dilema filosófico que se plantea en la última media hora del filme y no en un mero juego verbal, distante, poco creíble, nada fascinante y bastante falaz. La elección de los actores, no ayuda. ¿Hay alguien que pueda ver a Liam Neeson con pelo largo y no pensar en Star Wars? ¿Y quién es ese actor, Andrew Garfield, que interpreta al joven jesuita que debe transmitirnos tanto tormento existencial y que se come el 90 % de los planos de la película en un gesto de mero fastidio?

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El guión se desaprovecha en sus vanos intentos por dilatar la acción y el sufrimiento de unos protagonistas que no son capaces de conmover ni convencer desde el inicio del filme, también podríamos apelar a un guión en el que Scorsese podría haber aprovechado en su vertiente meramente narrativa, es decir, el motivo principal de la acción (la búsqueda del tercer jesuita) para que la película pareciera que se encamina hacia alguna parte en sus tres horas de duración

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Pero no. No os equivoquéis. Scorsese no quiere hacer una película narrativa. Scorsese quiere ser Dreyer y plantearnos la cuestión de la fe, la imagen religiosa, el colonialismo, las razones del camino espiritual, la evangelización y llevarnos además a dilemas trascendentes sobre el compromiso y la religión a través de largas conversaciones, imágenes de El Greco y larguísimas secuencias de torturas.

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Podríamos apelar a la puesta en escena, la magia que emerge de la imagen y que termina de convencernos como ocurre con el cierre de un buen poema, como en una película de Kurosawa, Kaurismaki, Tarkovski, Terence Malick, Bergman, Lars Von Trier  o Won Kar Wai. Pero no. Scorsese no lo consigue porque su puesta en escena sólo es megalómana, colosalista y grandilocuente, quiere que todos veamos la pasta que se ha dejado. Quiere ser Dreyer pero no puede dejar Hollywood atrás.

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El resultado es El Silencio, una película donde hasta Cristo habla. Si Dreyer levantara la cabeza…

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Las Odiseas

Hablas demasiado , piensas demasiado

y además tu no mataste a Liberty Valance

(John  Ford)

Existe al final de la Odisea la idea de que comparada con la Ilíada, la Odisea representa el triunfo de los ideales burgueses: el retorno a  la estabilidad, la casa, el patriarcado y la familia. Es cierto que se puede leer así, sin embargo, creo que Homero deja abierta otra lectura, el rechazo  a todos estos valores y el abrazo de la aventura, del viaje y el espíritu del individuo errático. De ahí se extrae la lectura que se hizo de La Odisea durante el romanticismo y que queda perfectamente condensada en el poema de Kavafis. El final de la Odisea no es un happy end, el reencuentro entre Ulises y Penélope es uno de los más anticlimánticos de la literatura, precisamente porque no es un reencuentro sino un encuentro entre dos personas que ya no se reconocen.

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La Odisea representa el fracaso del ideal de patria o como luego dirá Milton que el único paraíso posible es el paraíso perdido. Como luego les sucedió a muchos exiliados republicanos la Odisea representa la transformación que el viaje ejerce en el individuo y como la idealización del hogar está tan alejada de la realidad como los mitos y los dioses que aparecen en el poema homérico. El regreso es imposible, el héroe que regresa está condenado a errar, pues no hallará ese hogar deseado en ninguna parte, el desencanto y la decepción unido al sinsentido de la vida perdida, derramada en alguna inútil empresa, encuentran en La Odisea un final profundamente melancólico donde los ideales de estabilidad, tierra, patria, familia aparecen profundamente sacudidos por la fragilidad, la incerteza del destierro y donde el ser humano aparece desnudo ante su propia suerte, como dijo Carles Riba citando  un verso de Novalis “volver al alma como a una patria antigua”.

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La lectura de la Odisea ha sido parte de un exhaustivo análisis que he tenido la oportunidad del compartir con algunos alumnos del curso de Literatura Universal, impartido en el Centre de Cultura Contemporànea Octubre de València, impartido por mi profesor de  Lengua Catalana y Literatura Universal del instituto: Enric Iborra, autor del libro Un son profund y del blog La serp blanca que os recomiendo visitar.

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El retorno ha sido evidentemente uno de los temas sobre los que más hemos insistido, sin embargo, quizás por estar menos manido a mi me interesa una lectura si acaso más contemporánea de la Odisea, que es la búsqueda de la identidad perdida o la fragilidad de la identidad. Este es un tema que aparece esbozado en la obra de Homero pero sobre el que ha profundizado más la lectura posterior. Hacia el final de la Odisea, Ulises que conserva la agudeza para matar a los pretendientes, ya no se parece a Ulises, sabemos que la Diosa Atenea le ha ayudado mediante un disfraz a parecer otra persona pero ¿es que acaso no es otra persona? La mella del tiempo y las inclemencias de los temporales vividos han dejado en él una profunda huella física y una infinita prudencia. Pero ¿qué hubiera pasado si pongamos por caso Ulises no hubiera hecho pasar la flecha por los agujeros? Si su antigua habilidad con el arco hubiese desaparecido, si se hubiera puesto en duda que él es efectivamente Ulises, ¿qué tipo de zozobra se hubiera producido en la conciencia de la propia identidad?

 

Bueno, esto es precisamente lo que le ocurre a uno de los protagonistas de El hombre que mató a Liberty Valance, uno de los westerns de John Ford más deudores de la literatura homérica. Tenemos a un hombre Scottie, que se convirtió en héroe por creer haber cometido un acto, que en realidad cometió otro. Toda su vida, su identidad, su matrimonio, su carrera, sus éxitos futuros se cimientan en una mentira. La vida de la civilización representada por Scottie (Ulises) que retorna al viejo pueblo al que liberó de la tiranía de Valance sufre una convulsión terrible al encontrarse al último vestigio de un mundo que está desapareciendo,el de los pistoleros, representado por John Wayne (los grandes héroes de Troya) que le confiesa que fue él quien mató a Liberty Valance. La ley contra la fuerza, la civilización contra el heroísmo, modernidad y tradición se oponen en un relato nostálgico que recuerda mucho a la estructura de La Odisea:

Dejo aquí la escena del terrible diálogo entre los dos mundos

Y el final de la película que encierra claramente una amargura que no se puede leer tan claramente en la Odisea.

 

Para este programa hemos reflexionado sobre el regreso y el exilio, la nostalgia y el viaje, la amnesia y el retorno. 

Como os prometimos os dejamos las referencias que hemos utilizado en el programa:

  • La desesperación de Penélope de Yannis Ritsos
  • “Itaca” de Constanin Kavafis recitado por Josep María Pou

 

 

  • “Día revolt” de Josep Carter recitado por el propio Josep Carner

 

 

  • “Darrer freu” letra de Carles Riba, música e interpretación de Rafael Subirachs.
  • “La Cicatriz de Ulises” en Mímesis de Auerbach.

 

 

  • Tot esperant Ulisses, letra Vicent Andrés Estellés, música e interpretación, Ovidi Montllor.

 

 

Escucha el programa entero aquí.

<a href=”http://www.ivoox.com/redrum-blues-nueva-temporada-la-odisea-audios-mp3_rf_15964133_1.html&#8221; title=”Redrum Blues Nueva Temporada: La Odisea”>Ir a descargar</a>

Accede a todos nuestros audios:

http://www.ivoox.com/podcast-redrum-blues_sq_f1147840_1.html

 

Todos los desiertos

Emma se despertó pensando “Tu tampoco vas a saber huir. La frase la perseguía desde que había vuelto de Oriente Medio, pero era incapaz de recordar la primera vez que la había pensado o que alguien se la había dicho. Imágenes sincronizadas con los sonidos de la casa, olas que parecían cascadas diminutas, una radio lejana que emitía el último hit caribeño del verano, humedad, niños gritando, camionetas, sirenas al fondo. No, sirenas al fondo, no. Era el teléfono de Elías. Tuvo que recordarse a sí misma que estaba en España. Había aprendido en el desierto que el calor no era una cuestión de temperatura sino la silueta que deja el cuerpo en una sábana empapada. Ausencia de viento. Elías continuaba durmiendo a su lado ¿Por qué se había quedado con Elías aquella noche? Miró a aquel ser, desarmado durmiendo como duermen, pensó, los que están seguros de su propia inocencia. Abajo estaba el mar, un espacio abierto, todo el aire del mundo. Quizás no todo el aire del mundo. Pero si el necesario.

Emma avanzó con grandes zancadas entre dunas escasas y niños que cavaban grutas secretas en la arena. Repasó la imprudencia que había supuesto aquella noche y recordó el momento en que Elías le había dicho: “Tu problema es que aún no sabes diferenciar los pensamientos que te destruyen y los recuerdos que te hacen daño de los que no” ¿Qué había sido aquello? ¿Pragmatismo, un consejo, una amenaza disfrazada de buenas intenciones?

Elías alargó un brazo para buscar a Emma, pero sólo notó la humedad de las sábanas. Abrió los ojos con dificultad. Un sol radioactivo le hizo daño en las pupilas y recordó enseguida que no se había quitado las lentillas. Emma no estaba en la casa. Fue hasta el cuarto de baño y se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que Emma se había ido. Miró por la ventana de la cocina mientras se tomaba un ibuprofeno con agua del grifo. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Un ejército de turistas bien provistos de intenciones de quedarse desfilaban por el paseo marítimo, a Elías le parecieron un ejército de zoombies sedientos de crema solar y calamares fritos. Se escuchaba el televisor en el apartamento de arriba, el telediario daba una noticia sobre el naufragio de una barcaza de refugiados sirios a escasos metros de la costa siciliana. Unos se pelean por entrar en el mar, otros por salir de él, pensó. No dejaba de ser paradójico que el mar fuera el mismo. Quién puede morir en un mar tan tranquilo. Las volutas de humo se condensaban en el aire lleno de salitre y arenilla.

A las nueve de la noche recibió la primera llamada. Era el guardia de protección civil. Se preguntaba si Elías podía pasar por la caseta que estaba al otro extremo del paseo marítimo. Una vez allí, un señor afable con el rostro anguloso le dio el bolso y la toalla de Emma y le preguntó a Elías si los reconocía. Emma había salido de su casa por la mañana. ¿Había comprobado Elías al salir si seguía allí su coche? No, no, claro que no lo había comprobado. Torpemente les explicó a los hombres afables y angulosos que cuando una mujer desaparecía de su cama, antes de que él se hubiera despertado, intentaba no ser exhaustivo buscando explicaciones.

Acto seguido apareció un subinspector de policía.

-Un pescador de la playa de al lado   encontró el cuerpo de Emma Arriero hace un rato, el viento lo ha debido ir escorando hacia el este. Viento de levante. Bandera Amarilla. Sin socorrista. Nuestra primera hipótesis evidentemente es que se trata de un ahogamiento fortuito, pero naturalmente tendremos que hacerle unas preguntas.

Elías no salió a fumarse un cigarrillo. Pero tampoco lloró, ni se derrumbó ni mostró consternación ante lo sucedido. Pensó que de algún modo que Emma estuviera muerta entraba dentro del orden natural de los acontecimientos. Y este pensamiento le produjo un escalofrío.

-¿Se le ocurre alguna razón por la que su amiga hubiera decidido voluntariamente quitarse la vida?

Los tubos de neón empezaron a emitir un zumbido electrónico. Elías se puso de pie con el convencimiento de que un movimiento fuerte acabaría con la sensación de irrealidad.

-Es otra hipótesis que manejamos, entiéndame, nos resulta algo extraño que una mujer se ahogue en una playa abarrotada de gente y nadie se de cuenta, nadie la vea ¿entiende?

-Entiendo…-pero Elías no lo entendía-yo no la conocía tan en profundidad como para saber…

-Pero antes le ha dicho a mis compañeros de protección civil que pasó las últimas horas con ella ¿notó algo extraño? ¿algo distinto? ¿cualquier cosa que pueda ser un indicio, que le llamara la atención?

Elías sí lo había notado. Nudillos delgados, tendones, uñas carcomidas y unas pausas meditativas en mitad de la conversación como si Emma fuera incapaz de unir las sensaciones con las palabras.

-No sé. Puede que sí, puede que estuviera ausente-dijo finalmente

-¿A qué se refiere?

– Creo que sólo se sintió cómoda al final de la noche, cuando hablamos de Siria. Hace un par de meses que volvió de allí, aunque en realidad es como si no hubiera vuelto. Algo le pasó allí. Una situación en la que pudo haber muerto.

Uñas carcomidas. Mechones de pelo en las sábanas. Elías necesitaba salir de la caseta. Fumar y vomitar. Fumar y vomitar al mismo tiempo. El subinspector tuvo la sensación de que la muerte de Emma no le sorprendía o de que de alguna manera, quizás por salvaguardar la intimidad de su amiga, estaba omitiendo elementos esenciales del suceso. Cuando dejó marchar a Elías como un perro tambaleante por el paseo marítimo, había dejado apuntado sobre el informe: probable suicidio.

Cuatro horas más tarde, una familia se presentó en comisaria. Un niño de siete años, Lucas, que estaba coleccionando conchas en la orilla recordaba haber visto a Emma antes de las once de la mañana. Lo recordaba porque ella misma le había dado una y le había preguntado si el agua estaba fría.

No, a Emma no le pareció que el agua estuviera fría. Sólo un poco revuelta. Pero qué bien la sal. Tanto cansancio. Las olas le cubrían el pecho y la melena, un sol de principios de verano hacía destellos en el mar. Emma se dispuso a hacer el muerto. Sintió que las olas la mecían y que por primera vez en algunos meses, no tenía que hacerse cargo de su cuerpo. Levitaba sobre el tiempo. Se sintió pronto presa de un trance. El niño de las conchas, ancianos que hablaban un idioma incomprensible, disparos, escopetas, pies ensangrentados en el suelo, no, pies ensangrentados en el suelo no, todo el viento del mundo ¿Cuánto tiempo había pasado? El viento y el oleaje la empujaban hacia la izquierda, las olas no parecían ir en una única dirección y estaba muy alejada de la orilla. Sintió la profundidad geológica bajo sus pies, una corriente fría subiéndole por sus piernas, el abismo marino debajo de su cuerpo mientras se movía nerviosamente para mantenerse a flote.

Evaluó sus posibilidades: si intentaba nadar contra el oleaje se agotaría enseguida. Alzó sus brazos y gritó en señal de socorro, pero desde su posición era imposible que ninguno de los turistas de la playa la viera.

Sintió por primera vez cerca la posibilidad de morir. Se impulsó con fuerza y salió de nuevo a la superficie. Su última posibilidad era que alguien la viese desde alguna casa, desde algún balcón. Fue entonces cuando se dio cuenta. Era Elías el que estaba apoyado en el balcón de enfrente. Al principio gritó pero después ya no tuvo ninguna duda. El ya la había visto.

Tenía la certeza de que la miraba cada vez que sacaba la cabeza del agua. Por qué querría dejarla morir allí. Carreteras sin asfaltar. Jamás debimos salir vivos de allí. Pies ensangrentados, camionetas, Elías sujetando el cadáver de una niña de cuatro años. Lo último que retuvo en la mente antes de perder la conciencia fue aquella frase: “Tu tampoco vas a saber huir”  Por fin lo había recordado.

Las mejores películas del 2016

-¿Yo soy una ficción?

-Si

-¿Y vos?

-No, yo soy real, y soy eterna

(Neruda, Pablo Larrain)

La tarea ha sido árdua. Pues este año se ha hecho realmente, realmente buen cine. Y eso no sucede todos los años. Películas que normalmente merecerían algún puesto en esta lista como la socialdemócrata Spotlight se han quedado en el banquillo arrinconadas por rarezas y indiadas que me han robado el corazón, la vista y la cabeza.  Muy a mi pesar, se quedan fuera de la lista Historia de una pasión (Terence Davies) sobre la escritora Emily Dickinson en el puesto 11, El regalo (Joel Edgerton) en el puesto 12 y La Habitación (Lenny Abrahamson) puesto 13. Ha habido espacio para obras de rimbombante sabor a clásico y a superproducción, y luego filigranas, piezas de orfebrería, delicatessen para paladares angustiados que son las que ocupan mis puestos de honor. Sin más dilaciones allá vamos:

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10. Calle Coverfield 10.Dirigida por Dan Trachtenberg, uno de los creadores de Black Mirror, es una película asfixiante e imperfecta que pese a un guión que se sostiene con pinzas controla con manos maestras los tiempos, el ritmo narrativo y la tensión límite de las situaciones creadas. Claustrofóbica y paradójica, esta distopia sobre un apocalipsis nuclear en el que una muchacha debe convivir en un búnker  con un psicópata y otro joven rescatado por éste, aparentando ser una familia feliz, tiene algo de bello, de artificio y de siniestro. El final no está a la altura del resto del metraje, la película gana en las preguntas  y pierde en sus respuestas. Prometen segunda parte. Habrá que confiar.

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9. La juventud. Paolo Sorrentino construye una película hermosa, triste, decadente, patética, que podría ser una especie de segunda parte de La Gran Belleza, pero a la que le han quitado el exceso de Berlusconi y le han inyectado cierta tristeza nórdica; la que habita en la mirada de Michael Caine y Harvey Keitel, mucho más sobria, más profunda y onírica que la del burlón Toni Servillo. En La Juventud hay mucho Fellini pero también mucho Tarkovsky, sobre todo el Tarkovsky de Nostalgia  (1983), hay mucho Marienbad (Resnais) y mucho tributo al arte como ese lugar en el que la vida permanece estática y la belleza se mantiene viva mientras el mundo real envejece, se pudre y muere.

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8. La Invitación. Karyn Kusama, una señora de la que no sé nada, ha dirigido una película terrible y verdadera. O quizás terrible por verdadera donde queda revelada  la incapacidad del individuo contemporáneo para hacer frente al dolor de la existencia sin construir una anestesia moral, un andamiaje filosófico y religioso  que lleva al enfrentamiento inevitable de todas las religiones:  la masa contra el individuo. La maravillosa narración en la que se desarrollan los hechos; una aparentemente inocua cena de reencuentro entre amigos, le permiten a la directora desplegar toda una serie de estrategias narrativas en las que como espectadores nos sentiremos plenamente identificados; la paranoia y la adhesión al grupo, la aparente normalidad con la que el resto reacciona a lo que nosotros vivimos como anormal y la duda perpetua  sobre la  cordura propia y la ajena construyen un enjambre postmoderno sobre la alienación en los tiempos de la autodestrucción y la autoayuda.

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7. Los odiosos ocho. Quentin Tarantino ha construido un western con influencias del spagguetti  que es una delicia visual, un juego de identidades y una lección de historia al mismo tiempo. La guerra de secesión es el trasfondo histórico que ha elegido el director en esta ocasión para deconstruir las versiones oficiales sobre el sudista malo y el unionista bueno y construir un relato en el que circulan los bajos fondos, la picaresca, las argucias y las malas artes de los cazarecompensas y bandidos .

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Ambos bandos  coinciden durante una tormenta de nieve en una taberna  debiendo velar por su propia  supervivencia que es  quizás en esencia el mito fundacional de los Estados Unidos sobre todo contado a través de la historia de la carta de Lincoln. Tarantino controla la tensión interna de este ángel exterminador con dobles identidades  y profundiza en unos personajes tan llenos de matices que sobresalen de la propia narración para imponerse sobre la misma. La profundidad de campo y el manejo de los personajes en el espacio, en una coreografía de alianzas y traiciones ambivalentes construyen un puzzle identitario que Tarantino resuelve con solvencia aunque  sin demasiadas sorpresas.

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6. The Witch . Robert Eggers dirige una de las cintas más inquietantes del año, aunque pocos están de acuerdo con situarla en el terreno del terror. La historia y la ambientación, la Nueva Inglaterra puritana de los nuevos colonos, se convierten en protagonistas legítimos de esta historia sobre la religión, el fanatismo, la sugestión, el miedo a Dios y las relaciones familiares condicionadas por la ausencia absoluta de contacto con otros seres humanos.

La película deja suficientes lagunas e interrogantes como para dar cabida a dos posibles interpretaciones; una en clave racional y psicológica, otra en clave sobrenatural. El director juega con las elipsis, el plano contra plano, el fuera de campo y los juegos de mayor economía narrativa  para que lo terrible acontezca pocas veces ante nuestros ojos más como intuición o delirio que como realidad tangible. ¿Hasta qué punto existe la bruja o es una metáfora? Son preguntas que debe responder el espectador a lo largo de un relato que basa su éxito en una gran inteligencia narrativa y en la verosimilitud de la ambientación. Eggers ha hecho un brillante esfuerzo para devolvernos a la atmósfera de 1600 a través de la desaturación del color, la iluminación con velas y todo tipo de objetos que remiten a la época y que construyen plano pictóricos como auténticas obras de  Vermeer y Rembrandt.

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5. The Revenant. Alejandro González Iñáritu. En este blog hay una entrada dedicada enteramente a esta película The Revenant: mitología subterránea de los EE.UU. Sin embargo, pese a todas sus críticas sobre la ausencia de trama y la megalomanía del director, The Revenant es una película en la que el valor de la imagen se impone en toda su grandeza. La relación del hombre con una naturaleza poderosa, salvaje  y de alguna manera divinizada en cada plano como lo podría estar en la cosmovisión indígena,  es el hilo conductor de esta alegoría que ofrece varios niveles de lectura: en el orden natural se confronta  la depredadora visión occidental en la que todo lo que hay alrededor del hombre blanco es un instrumento para abastecer su saciedad, con la violencia de una naturaleza que parece esconder sus propio orden secreto. El vía crucis de un traficante de pieles, Hugh Glass, que nos narra Iñárritu, inspirándose en las derivas existenciales de Tarkovski o Terence Malick es también el camino del mestizaje cultural entre y del sustrato cultural del sincretismo.

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4. Animales Nocturnos. Tom Ford. En este blog hay una entrada dedicada exclusivamente a esta película Animales Nocturnos; la literatura, la culpa y el castigo.  Esta película espeluznante puede resumirse en la mirada de una mujer que lee un libro y cuando levanta la mirada de su lectura se pregunta por qué su vida se ha convertido en  algo tan distinto a lo que siempre quiso ser.

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Ella, una Emma Bovary contemporánea, insomne y triste, como lo son las personas que arrastran una culpa insoportable o el deseo irrefrenable de haber sido otra persona, tras la lente de Tom Ford, ella  es un objeto estático más de su galería de  arte, simulación y atropello, tormento y angustia. El texto literario aquí es herida, una hendidura de realidad en  un presente escuálido. Un duo de vilezas que sostienen a la perfección Amy Adams y Jake Gyllenhaal. Mucha influencia de Lynch, espejismo hiperrealista,  western onírico, película crepuscular que difumina las fronteras entre realidad y ficción penetrando en la atmósfera asfixiante de la sugestión, que es ese espacio mínimo e irrespirable donde conviven el lector, el autor y el libro.

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3. Neruda. Pablo Larraín. Tras dos grandes películas “No” (imprescindible) y “El Club”, Larraín, el nombre propio del nuevo cine chileno, dirige una película cuyo título puede confundir o desconcertar al espectador. “Neruda” no es de ninguna manera un biopic sobre Pablo Neruda, ni siquiera una historia más sobre el poeta, Neruda es una película sobre los personajes que necesitan a los poetas y las sociedades que viven bajo su anonimato. Nominada a los globos de Oro en la categoría de mejor película extranjera e interpretada por Gael García Bernal y Luis Gneco la película cuenta  la persecución del poeta, al que la sociedad demoniza y a la vez admira.

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 A través de la ficción, de pequeñas novelas policiacas, de símbolos, del retrato de un inspector de policía filofascista, un hombre que se avergüenza de tener la tez negra pero se enorgullece de poder morir blanco en las blancas nieves de la Patagonia argentina persiguiendo a la figura más importante del comunismo chileno, al autor de sus poemas favoritos, quizás también  a su propio creador . Neruda como película  es un poema en sí mismo, un canto a la falsedad del poeta, ese que está detrás de todas las causas pero sólo vive para su propio arte, su propia escritura y a todos los que le inspiran y le necesitan, le escuchan y le hacen propio, al Chile del  que nacen las letras que luego se harán inmortales en los labios de media humanidad. Una película que tiene mucho de la literatura de Roberto Bolaño, especialmente de Los detectives salvajes, novela que sirve de subtexto a toda la trama y al que el director hace un guiño en el propio trailer del filme: una cacería salvaje. 

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2. The Arrival (La llegada). Daniel Villeneuve. Basada en la hipótesis del relativismo lingüístico de Sapir Worf y en el relato The history of your life de Ted Chiang, La Llegada es algo más que la Interstellar del lenguaje como muchos la están queriendo ver. Es una película sobre el lenguaje que tiene su propio lenguaje. Una puesta en escena y un uso del montaje y de la interpretación que pone en interrogante si los lenguajes nos acercan o nos alejan, si estamos cada vez más comunicados o sólo más conectados.  A los que hayáis visto la película seguro que habréis  reparado en la similitudes entre la nave con la que se comunican con los aliens y la casa de Louise, el personaje al que da vida Amy Adams.

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Ambos rectángulos están separados por un gran cristal. Toda la película se construye sobre este gran motivo visual alrededor del cual gira el eje comunicación/incomunicación. La analogía entre la nave y la casa de la lingüística es claro, ambas cápsulas aíslan a la doctora del mundo externo. En una de lo extraño (los extraterrestres), en otra de lo conocido (los humanos). Villeneuve se propuso crear una puesta en escena atmosférica que rodeara al personaje de Amy Adams en una nebulosa especial : “como si toda la película fuera un gran lunes lluvioso mirando a través de la ventana”. Si hay algo fascinante en la película es cómo Villeneuve traslada estas palabras a una realidad táctil y casi podemos sentir ese cielo plomizo caer sobre los párpados de Amy Adams a lo largo de todo el metraje. 

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La llegada no es una película sobre el destino, ni sobre el determinismo, la profecía y la fatalidad. La llegada es una película sobre el mito del tiempo y de la felicidad que es aquel en el que sólo merece la pena lo que perdura. La llegada es una película sobre la decisión de apostar por lo que no perdura, como si el único sentido posible de la vida  estuviera en la finitud de las cosas, en su ausencia de tiempo. Todos somos momentos descolgados  del tiempo, de cosas que terminaron o que en cualquier caso, terminarán.

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1.La Novia. Paula Ortiz. Soy consciente de que aquí estoy dejando que entren las vísceras a mansalva, y a ellas les entrego este regalo que nos ha hecho Paula Ortiz al convertir cada palabra de Lorca en imagen. Es una tarea mucho más complicada de lo que parece a simple vista, pues requiere de su directora no sólo entender la obra de Lorca casi diría en su pleno conjunto, saber ponerla en palabras y en imágenes  sino también que entre ellas se relacionen de una manera armoniosa, coherente con el tono original de Bodas de Sangre, y que el final de la proyección deje en el espectador una sensación que sea fiel al espíritu de la obra original pese a las transgresiones introducidas.

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El sobresaliente para Ortiz es mayúsculo, no sólo en la sensibilidad visual, en la dirección de autores, en la captación de metáforas visuales y objetos, rostros, escenarios auténticamente lorquianos sino en la construcción de una historia donde cada imagen rezuma al mismo tiempo belleza y terror, violencia y tierra, raíz y tragedia, un compendio de opuestos ligados a un tradicionalismo clásico y a la vez profundamente hispánico.

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La Novia es  una película que se te mete dentro hasta que te arden los ojos y que escuece en la piel como un buen poema o un recuerdo que duele tanto que sólo podemos recordar que debemos olvidarlo y convertirlo en cicatriz. La Novia abrasa,   y revela lo que tenemos en nuestra cultura de oscurantismo, de magia atávica y  de miedo a la magia, letanía patrimonial de nuestras palabras y marca doliente de nuestra cultura. La Novia es leyenda, profecía, conjuro, hambre de piel y de sangre si es que acaso no es la misma hambre. La Novia es belleza, naturaleza y abismo, mareo incansable de fuego y ceniza por donde se pierde la vida importante y entra por la ventana el ritual, la liturgia, la maldición de una luna infinita.

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