Todos los desiertos

Emma se despertó pensando “Tu tampoco vas a saber huir. La frase la perseguía desde que había vuelto de Oriente Medio, pero era incapaz de recordar la primera vez que la había pensado o que alguien se la había dicho. Imágenes sincronizadas con los sonidos de la casa, olas que parecían cascadas diminutas, una radio lejana que emitía el último hit caribeño del verano, humedad, niños gritando, camionetas, sirenas al fondo. No, sirenas al fondo, no. Era el teléfono de Elías. Tuvo que recordarse a sí misma que estaba en España. Había aprendido en el desierto que el calor no era una cuestión de temperatura sino la silueta que deja el cuerpo en una sábana empapada. Ausencia de viento. Elías continuaba durmiendo a su lado ¿Por qué se había quedado con Elías aquella noche? Miró a aquel ser, desarmado durmiendo como duermen, pensó, los que están seguros de su propia inocencia. Abajo estaba el mar, un espacio abierto, todo el aire del mundo. Quizás no todo el aire del mundo. Pero si el necesario.

Emma avanzó con grandes zancadas entre dunas escasas y niños que cavaban grutas secretas en la arena. Repasó la imprudencia que había supuesto aquella noche y recordó el momento en que Elías le había dicho: “Tu problema es que aún no sabes diferenciar los pensamientos que te destruyen y los recuerdos que te hacen daño de los que no” ¿Qué había sido aquello? ¿Pragmatismo, un consejo, una amenaza disfrazada de buenas intenciones?

Elías alargó un brazo para buscar a Emma, pero sólo notó la humedad de las sábanas. Abrió los ojos con dificultad. Un sol radioactivo le hizo daño en las pupilas y recordó enseguida que no se había quitado las lentillas. Emma no estaba en la casa. Fue hasta el cuarto de baño y se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que Emma se había ido. Miró por la ventana de la cocina mientras se tomaba un ibuprofeno con agua del grifo. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Un ejército de turistas bien provistos de intenciones de quedarse desfilaban por el paseo marítimo, a Elías le parecieron un ejército de zoombies sedientos de crema solar y calamares fritos. Se escuchaba el televisor en el apartamento de arriba, el telediario daba una noticia sobre el naufragio de una barcaza de refugiados sirios a escasos metros de la costa siciliana. Unos se pelean por entrar en el mar, otros por salir de él, pensó. No dejaba de ser paradójico que el mar fuera el mismo. Quién puede morir en un mar tan tranquilo. Las volutas de humo se condensaban en el aire lleno de salitre y arenilla.

A las nueve de la noche recibió la primera llamada. Era el guardia de protección civil. Se preguntaba si Elías podía pasar por la caseta que estaba al otro extremo del paseo marítimo. Una vez allí, un señor afable con el rostro anguloso le dio el bolso y la toalla de Emma y le preguntó a Elías si los reconocía. Emma había salido de su casa por la mañana. ¿Había comprobado Elías al salir si seguía allí su coche? No, no, claro que no lo había comprobado. Torpemente les explicó a los hombres afables y angulosos que cuando una mujer desaparecía de su cama, antes de que él se hubiera despertado, intentaba no ser exhaustivo buscando explicaciones.

Acto seguido apareció un subinspector de policía.

-Un pescador de la playa de al lado   encontró el cuerpo de Emma Arriero hace un rato, el viento lo ha debido ir escorando hacia el este. Viento de levante. Bandera Amarilla. Sin socorrista. Nuestra primera hipótesis evidentemente es que se trata de un ahogamiento fortuito, pero naturalmente tendremos que hacerle unas preguntas.

Elías no salió a fumarse un cigarrillo. Pero tampoco lloró, ni se derrumbó ni mostró consternación ante lo sucedido. Pensó que de algún modo que Emma estuviera muerta entraba dentro del orden natural de los acontecimientos. Y este pensamiento le produjo un escalofrío.

-¿Se le ocurre alguna razón por la que su amiga hubiera decidido voluntariamente quitarse la vida?

Los tubos de neón empezaron a emitir un zumbido electrónico. Elías se puso de pie con el convencimiento de que un movimiento fuerte acabaría con la sensación de irrealidad.

-Es otra hipótesis que manejamos, entiéndame, nos resulta algo extraño que una mujer se ahogue en una playa abarrotada de gente y nadie se de cuenta, nadie la vea ¿entiende?

-Entiendo…-pero Elías no lo entendía-yo no la conocía tan en profundidad como para saber…

-Pero antes le ha dicho a mis compañeros de protección civil que pasó las últimas horas con ella ¿notó algo extraño? ¿algo distinto? ¿cualquier cosa que pueda ser un indicio, que le llamara la atención?

Elías sí lo había notado. Nudillos delgados, tendones, uñas carcomidas y unas pausas meditativas en mitad de la conversación como si Emma fuera incapaz de unir las sensaciones con las palabras.

-No sé. Puede que sí, puede que estuviera ausente-dijo finalmente

-¿A qué se refiere?

– Creo que sólo se sintió cómoda al final de la noche, cuando hablamos de Siria. Hace un par de meses que volvió de allí, aunque en realidad es como si no hubiera vuelto. Algo le pasó allí. Una situación en la que pudo haber muerto.

Uñas carcomidas. Mechones de pelo en las sábanas. Elías necesitaba salir de la caseta. Fumar y vomitar. Fumar y vomitar al mismo tiempo. El subinspector tuvo la sensación de que la muerte de Emma no le sorprendía o de que de alguna manera, quizás por salvaguardar la intimidad de su amiga, estaba omitiendo elementos esenciales del suceso. Cuando dejó marchar a Elías como un perro tambaleante por el paseo marítimo, había dejado apuntado sobre el informe: probable suicidio.

Cuatro horas más tarde, una familia se presentó en comisaria. Un niño de siete años, Lucas, que estaba coleccionando conchas en la orilla recordaba haber visto a Emma antes de las once de la mañana. Lo recordaba porque ella misma le había dado una y le había preguntado si el agua estaba fría.

No, a Emma no le pareció que el agua estuviera fría. Sólo un poco revuelta. Pero qué bien la sal. Tanto cansancio. Las olas le cubrían el pecho y la melena, un sol de principios de verano hacía destellos en el mar. Emma se dispuso a hacer el muerto. Sintió que las olas la mecían y que por primera vez en algunos meses, no tenía que hacerse cargo de su cuerpo. Levitaba sobre el tiempo. Se sintió pronto presa de un trance. El niño de las conchas, ancianos que hablaban un idioma incomprensible, disparos, escopetas, pies ensangrentados en el suelo, no, pies ensangrentados en el suelo no, todo el viento del mundo ¿Cuánto tiempo había pasado? El viento y el oleaje la empujaban hacia la izquierda, las olas no parecían ir en una única dirección y estaba muy alejada de la orilla. Sintió la profundidad geológica bajo sus pies, una corriente fría subiéndole por sus piernas, el abismo marino debajo de su cuerpo mientras se movía nerviosamente para mantenerse a flote.

Evaluó sus posibilidades: si intentaba nadar contra el oleaje se agotaría enseguida. Alzó sus brazos y gritó en señal de socorro, pero desde su posición era imposible que ninguno de los turistas de la playa la viera.

Sintió por primera vez cerca la posibilidad de morir. Se impulsó con fuerza y salió de nuevo a la superficie. Su última posibilidad era que alguien la viese desde alguna casa, desde algún balcón. Fue entonces cuando se dio cuenta. Era Elías el que estaba apoyado en el balcón de enfrente. Al principio gritó pero después ya no tuvo ninguna duda. El ya la había visto.

Tenía la certeza de que la miraba cada vez que sacaba la cabeza del agua. Por qué querría dejarla morir allí. Carreteras sin asfaltar. Jamás debimos salir vivos de allí. Pies ensangrentados, camionetas, Elías sujetando el cadáver de una niña de cuatro años. Lo último que retuvo en la mente antes de perder la conciencia fue aquella frase: “Tu tampoco vas a saber huir”  Por fin lo había recordado.

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