Crítica de Jackie : Camelot bajo las ruinas.

Jackie, tacones en el barro, Camelot bajo las ruinas.  Larraín nos muestra en diversos fragmentos un retrato psicológico disperso y asincrónico de Jackeline Kennedy los días posteriores al asesinato de su marido. 

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Una vez más  Larraín nos sorprende con un estilo visual y narrativo completamente alejado de sus películas anteriores, no encontramos aquí la complejidad narrativa de Neruda ni el feísmo picasiano de El Club, sino todo lo contrario, un retrato esteticista que pese a su incuestionable belleza formal no aporta nada nuevo a la historia que todos conocemos sobre el personaje. La propuesta de Larraín no es acercarse a la realidad del personaje, sino introducirnos a nosotros en él, de forma que lo que se revela sobre lo acontecido no es aquí el qué de la película, sino la sensación atmosférica que deja el filme, el retrato intimista sumamente personal de una mujer, una desconocida, al borde del abismo. 

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Una interpretación excepcional de Natalie Portman sostiene el peso total de la película, no soy yo una gran defensora de esta actriz que  siempre me ha parecido un rostro poco dado a la variedad de matices y que en esta ocasión por fin ofrece un registro distinto, repleto de las ondulaciones que el personaje demandaba. El esquisto trabajo de Larraín a la hora de intercalar las imágenes documentales y de ficción denota un indudable trabajo documental que se aprecia especialmente en el recibimiento en Dallas, donde incluso los rayos de sol que caen sobre el sombrero rosa de Jackie parecen de la misma intensidad que las imágenes de archivo.

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Sin embargo a veces parece que la película se emborracha de sí misma y Larraín y Jackie y Jackie y Larraín se recrean en un preciosismo esteticista demasiado autoconsciente, manierista, casi casi teatral y parece que   el entierro, la escenificación pomposa del funeral de Kennedy, no sea más que la excusa para escenificarnos la grandeza y la belleza personal  del duelo de la propia Jackie. 

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Este preciosismo se aprecia en planos que recuerdan al cine de Terence Malick, que buscan desordenar el punto de vista del espectador, cautivarle, mostrarle las diferentes capas de realidad de un personaje a través de inconexos planos en los que se alterna la fortaleza y el dolor, la vanidad y la rabia. 

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Se trata de un ejercicio de estilo más que de una obra redonda y cerrada en sí misma, un deleite visual que nos adentra en el desasosiego vital de la que pudo haber sido Jackie Kennedy tras el asesinato de JKF. En comparación con el resto de su filmografía vemos a un Larraín diferente, mucho más comedido y convencional, que se ciñe a trazar un retrato de Jackie a base de pinceladas logradas, pero sin cruzar la línea de lo inesperado. La película pasa de puntillas sobre las cuestiones más controvertidas acerca de la vida de los Kennedy, el relevo de Jhonson, lo que Jackie sabía sobre el número de balas y la procedencia de las mismas, los ideales políticos de Kennedy y su relación con el asesinato. Larraín se cuida muy mucho de hacer aparecer en escena a los protagonistas vivos de esta historia y abrir interrogantes, quizás hubiese sido pedirle demasiado, a una mujer que según la película se gastaba todo el presupuesto del gobierno en antigüedades para la Casa Blanca y en organizar grandes conciertos privados, fiestas inolvidables que tenían el brillo de aquello que Jackeline siempre quiso darle a América: una aristocracia.

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El Lenguaje

Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo

Luwdig Wittgenstein

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Desde que ví la película Arrival (La llegada) dirigida por uno de mis directores favoritos, Daniel Villeneuve (Incendies, Enemy) y basada en un relato de Ted Chiang (La historia de tu vida) me empecé a hacer preguntas acerca de la relación entre lenguaje, realidad y pensamiento o eso que llamamos cosmovisión. Una de las preguntas es si la tesis lingüística en la que se basa la película, la hipótesis Sapir-Whorf, es válida y hasta qué punto el lenguaje puede condicionar y alterar nuestra percepción de la realidad. Para ello, necesitábamos de una visión experta y entrevistamos al profesor titular de lingüística de la Universidad de Valencia, Carlos Hernández Sacristán que nos aclaró hasta qué punto el lenguaje nos condiciona y qué relación hay entre lenguaje e inteligencia. 

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Su conocimiento sobre las lenguas originales amerindias, especialmente sobre el nahualt clásico, el nahualt que se encontraron los colonizadores al llegar a la zona de México, nos sirvió para ilustrar como dos lenguajes distintos pueden ilustrar dos concepciones antagónicas del mundo. Tal y como Carlos Hernández nos explicó en nahualt existe la misma expresión para referirse al pasado remoto y al pasado remoto, algo así como “lejos del presente”, está concepción sugiere una visión circular del tiempo parecida a la que sugería Nietzsche en su famoso eterno retorno en la que el pasado remoto y el futuro remoto en algún punto se tocan o en el que todo retorna. Esta cosmovisión es antagónica a la noción de progreso que surge de la visión positivista de las lenguas europeas donde el tiempo en el lenguaje no es circular sino lineal lo que sugiere la idea de un progreso infinito. 

(entrevista con el profesor Hernández a partir del minuto 46)

A su vez nos interesamos por cómo había tratado la literatura la relación entre el lenguaje y la ciencia ficción. Aquí contamos con la colaboración del compañero y oyente Francisco Sospedra, al que podéis leer en su blog apocalíptico ahora. Fran nos aportó mucha información sobre la new wave de la ciencia ficción, movimiento literario que nace en la década de los sesenta en Inglaterra a partir de la revista New Worlds, esta nueva ola se alejaba de la visión de la ciencia ficción tradicional al incluir dentro del relato un retrato más complejo de la psicología de los personajes, un estilo literario más cuidado y una narrativa en la que cobraban importancia ciencias sociales como la lingüística , la geopolítica o la sociología.

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En el caso de la lingüística Fran nos propone la lectura de Empotrados de Ian Watson, un libro que coincide en varias premisas con la película Arrival: la base de la tesis Sapir Whorf, la aparición de extraterrestres y la experimentación del paso del tiempo. Yo leí Els llenguatges de Pao de Jack Vence publicado en tres i quatre pero que puede ser fácilmente encontrado en castellano. Jack Vence es el seudónimo de John Holbrock y en este libro de finales de los años 50 la lengua se encuentra también como base que determina el carácter pacífico de lo habitantes del planeta Pao, un tanto esquemática en el perfil de los personajes, la novela es bastante compleja en su articulación del lenguaje como elemento que sirve para dominar y someter.

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Por último he leído “La historia de tu vida” de Ted Chiang la antología de relatos de este informático nacido en Nueva York que ha inspirado la película de Villeneuve. La mayoría de los relatos tienen que ver con el lenguaje y con la ciencia cimientos que o bien entran en conflicto o bien buscan una trascendencia en la obra de Chiang, portentosa imaginación, a veces genial en la forma como en el retrato “Dividido entre cero” resulta un tanto decepcionante en el relato que da origen al filme. 

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(minuto 18 al minuto 45 )

También presentamos tres documentos que hemos utilizado en el programa, la aplicación Radio Garden Live que sirve para escuchar emisoras de radio digital en cualquier parte de la esfera terrestre y que nos da cuenta de cuan pequeña es nuestra visión de la realidad. 

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Paterson, Paterson, Paterson

Traducir  la poesía  es como darse una ducha con chubasquero

(Paterson, Jim Jarmusch)

Existe la verdad extendida de que la poesía es algo que usan algunas personas para alejarse de la realidad, para trascender lo cotidiano, para evitar el tedio insoportable de existir y trepar en busca de un sucedáneo elevado. Se equivocan. Existe esa poesía, desde luego, del mismo modo que existen los fuegos artificiales, la orfebrería y el arte barroco. Luego esta la verdad poco explorada de que la poesía es algo que usan algunas personas para zambullirse en la realidad, para atravesar lo cotidiano, para capturar como si se pudiera con palabras, las moléculas de las que están hechas los mundos que habitamos. De este segundo tipo de poesía es del que habla Paterson, la última película de Jim Jarmush. 

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Paterson es un lugar, una persona y un libro.Lugar, persona y libro están íntimamente relacionados entre sí. El lugar es un pequeño barrio de New Jersey donde creció y vivió el poeta Carlos William Carlos al que rinde tributo la película y que junto a Ezra Pound y T.S Eliot constituyen  los tres ejes de creación de una nueva poesía alejada de la rimbombante tradición lírica inglesa. De esta nueva tradición beberán Emily Dickinson, Wallace Stevens y muy directamente Allan Ginsgberg que llegó a conocer a Carlos William Carlos y a vivir en Paterson, donde se dejó influir por su poesía para escribir Aullido. Es decir  Paterson, el pueblo, el sitio, el espacio donde nos ubica la ficción podría ser el manantial  desconocido de la lírica norteamericana.

Paterson también es una persona, el protagonista de esta película al que da vida el lacónico Adam Driver,  que se llama igual que el lugar en el que vive, y que trabaja como conductor de autobús, mientras se sirve de sus experiencias diarias para escribir poemas sobre el misterio de la realidad reiterativa que le rodea.

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Podríamos identificar a Paterson con el homenajeado Carlos William Carlos, pero el retrato que hace  Jim Jarmush  del personaje parece querer trascender al autor concreto e ir más allá. Paterson representa al arquetipo de poeta filósofo que no necesita adulterar la realidad para escribirla sino que la escribe precisamente para entenderla. La curiosidad y no el exhibicionismo literario, es el motor que mueve a la creación de este personaje. Paterson encuentra en su pequeño mundo de repeticiones encadenadas, rostros comunes y rituales siempre una variación que se transforma en interrogante: ¿Qué es esto? Una caja de cerillas representa ¿qué es esto?, la historia de un anarquista que vivió en Paterson representa ¿qué es esto?, una tarta de queso cheddar y coles de bruselas representa ¿qué es esto? Todos los fenómenos atmosféricos  cotidianos son una oportunidad de levantar la aparente capa de inocencia con la que se nos presenta lo inmediato e indagar acerca de su  su cualidad, su causa, su último por qué.  Paterson es Whitman, y Emerson y Thoreau y también un maestro zen que ha decidido prescindir del vericueto superfluo que nos aleja de lo esencial. 

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Para el espectador esto puede aparecer representado como un espíritu inane, una carencia absoluta de ambición personal, una falsedad naïf, un gesto ensayado de despreocupación y desvarío. Un cúmulo insoportable de gestos repetitivos, como el mareo que produce conducir siempre por las mismas calles e insistir en apreciar siempre cosas distintas.

Encontramos en Paterson un viaje al minimalismo, a la contemplación silenciosa de lo salvaje, quizás a aquello que como defendía Carlos William Carlos diferenciaba el idioma de los Estados Unidos del idioma de Inglaterra convirtiéndolo el mismo inglés en un lenguaje distinto hecho para un habitar diferente.

“Todas las cosas buenas son salvajes y libres” escribió Thoreau en Walden el  libro que teje una especie de hilo de Ariadna que une a los hombres de principios del siglo diecinueve con el movimiento hippy de Into the Wild.

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“Quizás la verdad depende de caminar alrededor de un lago” escribió Wallace Stevens, un verso que hubiera podido suscribir Paterson.  La poesía es un haiku, no un soneto. En efecto Carlos William Carlos llamaba a la sublevación contra el soneto y nunca le perdonó a T.S.Eliot su sometimiento las formas poéticas tradicionales y a la rapsodia de recitación tradicional inglesa llegando a afirmar que La tierra baldía de Eliot era una de las mayores catástrofes que le habían ocurrido a las letras americanas. 

Y por último, Paterson es también un libro de poemas, los poemas que aparecen en la película y los que escribió Carlos William Carlos bajo este título:

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Mentes como camas siempre tendidas,

(más ásperas que la costa)

con desgano o incapaces
.
Se enrosca cresta arriba,

abajo, acomete y regresa, un enorme estrépito:

suspendido como el aire, a bordo, pleno de colores, revienta

el mar en la orilla—de las matemáticas a los detalles—

dividida como rocío,la bruma flota para llover y

reunirse de nuevo con el río que corre y reúne:

conchas y animalillos

casi siempre, y también al hombre,

a Paterson.

A final de la película tenemos la muerte de la poesía como posibilidad y la aparición de un misterioso personaje japonés que parece salido del futuro, o de una novela de Murakami, es un japonés estoico que conoce la vida de los tres Paterson y que exhorta a nuestro  protagonista a seguir escribiendo. “Sólo son palabras” responde Paterson. Cabe preguntarse si el sentido último de Jim Jarmush es contraponer las palabras y las imágenes en una sutil carrera de búsqueda de sentidos. Finalmente ¿en la película es la imagen o la palabra la que consigue atravesar la capa de la realidad y devolvernos su auténtico significado? 

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“¿Preferirías ser un pez? ¿Como si el resto de la canción no tuviera que estar ahí?” remata Paterson en los últimos versos del filme.

Parece que en este libro de poemas, de nuevo Carlos William Carlos ofrece una enigmática y obsesiva   conclusión:

Pero la lengua de la abeja no acierta

Se hunden otra vez en el lodo

con un grito—

puedes decir que es un grito que se arrastra sobre ellas,

un escalofrío al marchitarse y desaparecer:

El matrimonio llega a tener una implicación

estremecedora

Gritar

o tomar una satisfacción menor:

algunos

van a la Costa sin provecho—

El lenguaje no acierta

mueren también incomunicados
.
El lenguaje, el lenguaje…

(Carlos, William, Carlos, Paterson)

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/paterson-william-carlos-williams

Pájaros muertos en el pecho

Por favor, si va a leer este texto, escuche mientras tanto esta canción.

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Siempre perdemos a las mejores personas por las peores razones. Y supongo que hay algo de precio en todo esto, algo así como el billete del viaje, los plazos de una recompensa que vamos haciendo jirones por el camino, cuando no aprendemos a tocar el ukelele, una vez en los brazos de Marilyn Monroe en Some like it hot, otras veces en las manos delicadas de una inuit noruega que compartía con nosotros una habitación en Berlín. Las dos veces lo intentamos. Las dos veces lo olvidamos.

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Somos víctimas de una sociedad demasiado proclive a la aceptación. Si te quiero, si te voto, si lo acepto. Dicen que como milenials tenemos baja tolerancia a la frustración, cuando lo que tenemos es una alta tolerancia a la resignación porque de nuestros padres no aprendimos la rebeldía. Para aprenderla había que buscar más al fondo, en nuestros abuelos, todo lo que aprendemos nos lo enseñan las guerras perdidas. Es  muy paradójico porque me pasé la adolescencia criticando  esa postura pasiva de un niño con rizos que a todo lo que le proponía respondía : “prefería no hacerlo” . Ahora soy yo la que paso algunos sábados en una librería llamada  Bartleby  en el mismo barrio donde ambos pasamos la infancia y donde él ya no vive.

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La gente dice con mucha frecuencia que si, si van, si se casan, si se quieren, si lo aceptan. Y en medio de una sílaba se escapan millones de sueños, espejos, pompas de jabón, fragmentos de películas, fantasías eróticas  y quien sabe si un 50% de quienes son, de quienes somos. Pero eso da igual cuando la familia te ha puesto a un pin que deslumbra en un marco recién estrenado en el recibidor de tu casa. Presidiendo el salón , con el sueldo intacto en la cuenta corriente y la palidez de los pasillos del metro, quién se acuerda de los sueños.

Yo recuerdo cruzar la Rambla de Barcelona cantando canciones de Paco Ibañez, porque todo entonces consistía en pequeños gestos, conversaciones con la peor gente a las mejores horas y creer con firmeza que todas las transgresiones eran invenciones nuestras. Yo recuerdo asomarme a unos ojos verdes que no querían marcharse, yo recuerdo haber prometido cosas que no iba a cumplir, y ver en pocos años mi vida despedazada en miles de aeropuertos. Y recuerdo a Davide por arriba de las escaleras mecánicas despidiéndose como lo hacen las personas que temen encontrar en la cama siempre la misma postura, y recuerdo pasear bajo los puentes metálicos de las estaciones berlinesas, mientras caía la nieve más profunda que jamás ha caído sobre unos párpados abiertos  en el aire de una ciudad cuya historia nos doblaba los ojos, nos rompía las costillas, como si fuéramos una manada de lobeznos caminando a toda velocidad por rincones a los que no volveríamos.

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Como si fuéramos una sola persona con unos únicos órganos vitales, así un único corazón latiendo a toda prisa alejándonos a toda velocidad de cada uno de nuestros sueños. Con un zarpazo de realidad mortal he sido mordida. Un domingo por la tarde caminando por la calle Ruzafa de Valencia con las luces de las avenidas vencidas por ese color ocre del invierno vi nuestros cuerpos reflejados delante del cristal de una zapatería que tenía botas en oferta y la vida me pareció un objeto de segunda o tercera mano, comprado en un rastro extranjero, huraño, ajeno, barato.   Y quisiera poder decir que en esta canción también estamos nosotros y aquella tarde y esas botas, y quisiera poder decir que en esa luz también está lo que vino después de la delicia.  Vosotros, la ruina, el desastre; porque lo que era luz se nos hizo oscuridad, porque no supe entender vuestras razones y aquellas telarañas que crecían en palacio que nos amanecían mal vestidos, mal intencionados, sucios sin ser ya aristócratas sino mendigos taciturnos en el abismo egocéntrico de nuestra propia juventud.

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Todos los palacios tiene las paredes llenas de agujeros. Nuestros reinos en ruinas son un lugar habitable, pero bajo cero. Y quisiera llegar hasta donde no supe llegar antes, hasta donde no supe llegar a tiempo. Pero también puedo guardar infinitas galaxias de silencio. Porque yo no traiciono a mis lobeznos. Y porque tus lobeznos son también familia mía.

¿Qué le diría un emprendedor a un poeta? No has maximizado tus objetivos , tienes que ser más productivo, abandona esa tendencia patológica por la nostalgia, la derrota es tu zona de confort. Pero nosotros sabemos que adaptarse y morir son la misma cosa ¿Qué le diría un poeta a un emprendedor? Tienes déficit de azar, tu inconsciente está hambriento y un día te morirás de una embolia, has puesto a régimen a tu creatividad dentro de los margenes del sistema y tu zona de confort es el éxito social.

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Elige Facebook, Instagram, la copa menstrual, Twitter, Change.org, Whatss’ap, Elige Netflix, Amazon, Quinoa, Ikea. Elige su vida. Nuestra muerte. 

La constancia, como decía Larra, es la virtud de los feos. Estas noches frías echo de menos a los viejos amigos, a los que me dejaban notas en los bolsillos prometiendo un happy end que siempre se desplazaría en el tiempo, cajitas de tesoros diminutos, como clips pintados de colores con frases de esas películas que habíamos hecho nuestras: la promesa de correr por el Louvre cogidos de la mano hasta perder el aliento y reencontrarnos horas más tarde en el círculo polar. Echo de menos a los que viajan por el mundo y a los que viven al doblar la esquina, a los que han triunfado y a los que creen que cambiar es una traición imperdonable como diría Milan Kundera en los labios de Barbara Lennie, y quisiera poder estar lejos, más lejos todavía, y escribir postales con mis falsos remites, ya sabes, cruzar las piernas cuando me digan que me he puesto los zapatos del revés,  pedir asilo, compartir la comida, cogerte la mano, sólo tienes once años y sabes a filipinos, nunca nos iremos de esta isla.

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Cuando el viento sopla fuerte como estos días, miro los objetos quirúrgicos, me doy la vuelta en las sábanas e imagino que mi cuerpo es un barco lanzándote señales de ayuda en mitad de una tormenta, desde la orilla recibo una luz y descanso, porque en esto de zozobrar también estamos solos desde entonces.

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 Y me hago de nuevo esa pregunta, la misma pregunta que lleva sonando desde que empezaste a leer, si has escuchado adecuadamente la canción :me pregunto si ya  he conocido a todas las personas que vale la pena conocer y si por lo tanto,  a partir de ahora puedo retirarme de las conversaciones, guardar silencio, un silencio comprometido con el pasado  para no tener que abjurar nunca más de una causa necesaria, ni blasfemar contra todas las personas a las que he querido, si es mejor vivir en una pasión contenida casi en una doblez resignada donde sólo tu sabes lo que sabes y sólo yo sé lo que sé.  Retorciendo historias en los oídos indecisos que no me creen cuando digo que si , que es cierto: que quise todo lo que quise,  que creí en todo lo que creí y que algo pasó después, como si  me hubiera estallado entre los dientes la cuerda ensangrentada de un violín. 

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La Celestina y Librerías y Libreros

De todas las definiciones de clásico que da Italo Calvino en ¿Por qué leer los clásicos? me quedo en esta ocasión con con la característica sexta que da Calvino para reconocer un clásico. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que que tiene que decir”.  Este juego de ausencia-presencia, ambigüedad- sugerencia tan difícil de manejar para poder llevar al lector a una interpretación y su contraria resulta especialmente interesante en la obra de la que nos hemos ocupado en este programa: La Celestina . Obra extraña descarnada, huraña, a medio camino entre un medievo descompuesto y un renacimiento que nunca se desmarcaría en España por el florecimiento de la armonía, la simetría y la belleza, sino por la irrupción de nuevas artes, la defensa a ultranza de la religión católica ante el avance del protestantismo y la expulsión de los judíos. 

La Celestina parece que nunca pierde su vigencia y de ahí también su clasicismo y a mi juicio su mayor autenticidad respecto al Quijote, sin querer entrar en una comparación que seguramente me quitaría toda autoridad para con el lector de este blog. Si que es cierto que mientras en El Quijote percibimos la construcción psicológica y narrativa de Cervantes para elevar y encumbrar algunos valores de sus personajes, en La Celestina tenemos la sensación de que hablamos con personajes que hemos conocido o de los que nos han hablado en historias remotas acerca de mujeres solitarias, de hechos desgraciados que ocurren siempre velados por el misterio, la superstición y la soledad que azota el interior de los pueblos de España. De hecho y por eso mismo quizás, La Celestina y los criados Sempronio y Pármeno del pobre y mediocre Melibeo, así como las prostitutas Areusa y Elicea hayan sido precedentes de toda la literatura realista y picaresca de los siglos posteriores. No figuras a idealizar sino viejas y niños con piojos del realismo de Zurbarán, Murillo y uno de los primeros cuadros de la etapa sevillana de Velázquez, la vieja friendo huevos, lugares donde lo ajado merece ser visto. 

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Esa España y el uso de la magia como interrogante que Fernando de Rojas tampoco aclara en su obra deja constancia de un Renacimiento donde triunfa la sugestión sobre el racionalismo, el oscurantismo sobre la ciencia y la religión sobre el conocimiento.

Recomendamos para ello el artículo de Ana Vián.

http://parnaseo3.ci.uv.es/Celestinesca/Numeros/1990/VOL%2014/NUM%202/2_articulo2.pdf

http://parnaseo.uv.es/Celestinesca/CincoSiglosCelestina/12AnaVian.pdf

Otros imprescindibles para nuestro programa de hoy es el especial que le ha dedicado a la obra de Rojas la profesora y especialista en la literatura del Siglo de Oro, Esther Borrego de la Universidad Complutense de Madrid, en los clásicos a la carta de la Biblioteca Nacional. 

Por último como ya debéis saber hemos querido recuperar la dignidad e importancia de las librerías pequeñas, las que siguen en pie con un firme compromiso cultural y combativo si es que acaso este compromiso no es el mismo. Una de ellas va a cumplir 30 años, es la librería Primado, en la ciudad de Valencia. Miguel Morata, su legendario librero ha convertido el espacio en un lugar de encuentro, presentaciones, publicaciones y casi en un centro social donde emerge la contracultura política y poética valenciana. 

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La otra librería, tiene una trayectoria más corta aunque Luis Piñeiro, viene de experiencias anteriores. Se trata de la librería Metáfora en la Rúa Charino número 9 de Pontevedra. Luis había trabajado para la también legendaria librería Michelena que tuvo que cerrar con la crisis y desde entonces lleva el timón de este espacio en los que guarda como un tesoro la sección de “libros atravesados” naturalmente, los que atraviesan el curso oficial de las cosas. Aunque los dos se muestran un poco negativos respecto al futuro de las librerías en relación con las nuevas tecnologías, al final reconocen que si hay algo bueno que puedes ofrecer, la gente más insospechada termina apareciendo. 

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