Mr. Mercedes, América y el sueño atropellado.

La vida se divide en dos clases de personas,

los que tienen un revólver cargado 

y los que cavan.

Tu cavas.

(El bueno, el feo y el malo,   Sergio Leone)

 

Si el fanatismo supone la adhesión incondicional a una causa más grande que la propia vida del fanático, su opuesto natural  es el nihilismo. Según Niestzche, podemos identificar el nihilismo como la perdida de sentido del devenir , la formación de una moral esclava, la metafísica de la decadencia occidental y de sus valores culturales. ¿Pero puede esta perdida, este languidecer vital,  motivar a un hombre lo suficiente como para arremeter un mercedes robado contra una multitud de parados que hacen cola en una oferta de empleo? ¿Puede ese sinsentido tener sentido? ¿Puede en su aparente arbitrariedad  querer decir algo? Esa es la pregunta del millón de dólares  que se esconde tras la serie Mr Mercedes.

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 Mr Mercedes, la adaptación de David E Kelley (Ally McBeal, Big Little Lies) de la novela que Stephen King escribió en 2014 como una incursión en el género policiaco es algo más que lo que el escritor de Maine pretendía que fuera: un acercamiento al género policíaco.

También es algo más que el desfile de clichés que la crítica le achaca: inspector de policía retirado y alcoholizado con una vida familiar en ruinas (Bill Hodges) obsesionado con un caso sin resolver, el atropello masivo de personas que esperaban en la cola de una oferta de empleos a manos de un mercedes robado,  un psicópata disfuncional traumatizado (Brady Hartsfield) y un juego de ajedrez diabólico entre el cazador y la presa.  

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 Es la puesta en escena que propicia la aparición de los Bill Hodges y Brady Hartsfield del mundo; América con toda su suciedad. o como diría la madre de Brady, Debbie Harstfield: esa carrera de ratas. Es la América de los grandes almacenes, de los Wollmart, de la alta tecnología y la baja cualificación: empleos basura para vidas basura, suban esa música para el white trash, es la América del sálvese quien pueda y el que no …a esperar a las cinco de la mañana en una oferta de empleo, a repartir helados  a los barrios ricos, a recibir regañinas de jefes  paternalistas condescientes, siempre dispuestos a epatar, a recordarte con un tono tranquilizador que en esta vida están los que tienen un revólver cargado y los que cavan. Tú cavas. La vida de Brady. Y nunca sabremos qué parte de esa vida le convierte en el Brady Hartsfield de esta ficción o si por el contrario,  ya nació con ese agujero negro debajo de la piel. Pero cuando  la serie consigue sembrar la mínima duda; ya ha ganado.

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Estamos en la era de la postverdad y de la pospsicología donde todo lo que aprendimos sobre asesinos en serie durante los noventa no nos sirve: meticulosos, superdotados, metódicos. En los noventa el asesino serial era una máquina sin contexto. El cine contemporáneo le ha dado una clase social y un historial de abusos y nos ha obligado a decidir: ¿nacen o se hacen? Matices. Y ahí viene el problema. El horror de Mr Mercedes estriba en que como espectadores no queremos entender la rabia de su protagonista, no queremos  ser cómplices ni presenciar un acto que va contra nuestra naturaleza, ni mucho menos darle un contexto. Cuando algo de nosotros cede a eso, un mecanismo de malestar interno se desata, ya no sabemos dónde estamos.

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La sibilina mente de Hannibal Lecter no tiene nada que ver con la de Brady Hartsfield, tampoco la de John Doe, el asesino de Seven, con la de Edmund Kemper; el primer asesino con el que se entrevistan los detectives Jonathan Groff y Holt McCallany en la otra ficción sobre psicología criminal del momento: Mindhunter (David Fincher, Netflix) . Brady y Kemper pueden ser narcisistas, despiadados, psicópatas; pueden ser enfermos, delirantes, histriónicos, pero por encima de todo se consideran a sí mismos, víctimas de la maldad. Un apéndice en el engranaje social de la desgracia. 

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El tiempo que se toman estas dos series, Mindhunter y Mr Mercedes, en el trabajo psicológico de sus protagonistas; tanto de los policías como de los asesinos, de alguna manera parece decirnos que hemos pasado a otro momento; atrás quedó la era homérica representada por la búsqueda del mal como objeto intangible que vimos en True Detective (Nic Pizzolatto) o en Zodiac (David Fincher) . Shakespeare ha vuelto. Y de qué manera. El asesino serial sólo representa el reverso esperpéntico en el que se mira el policía apartado. Ambos son personajes marginales, comparten un universo, un lenguaje, se identifican, se retan; son un mismo  “estar fuera de”.

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 Semejante relación se daba en una de las mejores series de los últimos años: la serie irlandesa The Fall donde a la agente Stella Gibson (Gillian Anderson) se le encarga el caso de las violaciones y asesinatos perpetradas por Paul Spector (Jamie Dornan) El depredador sexual sin remisión y la inspectora incorruptible establecen  una suerte de vínculo sexual , una ausencia de empatía esencial que alcanza su punto álgido en una inolvidable última escena  expresando con una poética visual poderosísima la relación cuasi simbiótica que existe entre ambos personajes


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Como en estas ficciones , en Mr Mercedes estamos ante el mito del cazador cazado, una danza macabra entre outsiders. El predominio de los marrones , grises y verdosos domina la puesta en escena de la serie que recuerda mucho a la fotografía forense de Fincher pero que quizás en Mr Mercedes se oscurece y se recrudece aún más  para mostrarnos la cara más sórdida de los interiores americanos al más puro estilo de la fotografía de Gregory Crewdson  y al ritmo de una banda sonora vieja y polvorienta que encuentra en el Avalanche de Leonard Cohen y en el It’s not too late de T Bone Burnett el alma atormentada del viejo Bill Hodges interpretado por el actor irlandés Brendan Glenson y en  el Here comes your man de los pixies o en el Season of the Witch de Donovan la irreverencia descontrolada de Brady Hartsfield al que interpreta un fascinante Harry Tredaway. Stephen King suena así;  hardcore como el poema que escribiría Bukowsky  sobre el paraguas azul de Debbie y la impudicia. 

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Y es que esta serie no sería lo mismo sin su elenco de personajes secundarios, todos ellos poseedores de una tara o una cicatriz . De entre todos ellos, se eleva por méritos propios la madre de nuestro asesino; Debbie Hartsfield, interpretada por Kelly Lynch, que interpreta las escenas más perturbadoras de la serie; las de los infiernos domésticos.

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 A medio camino entre una Lady Macbeth alcohólica y una niña borderline cuya mente  no ha llegado nunca a alcanzar la edad adulta,  Debbie Hartsfield despierta el asco y la pena, escenifica la cara siniestra del sueño americano y nos lleva directos a la pregunta del primer párrafo: ¿por qué? ¿contra quién arremete Brady Hartsfield? ¿a quién atropella? A ese sueño estrellado; a la mentira de la esperanza. 

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