Las mejores películas de 2017

Año de baja cosecha o de ojos poco avispados. 40 estrenos que se dice pronto y no me ha resultado difícil hacer la lista, ya que otros años tenía problemas con las películas que se quedaban fuera, este año me ha costado pensar en las películas que metería más allá del puesto número 5. Bueno, allá vamos. Como siempre esta lista ,hecha con las ruinas de los sueños ajenos es enteramente subjetiva, nada pretenciosa, ni siquiera es cinematográfica, si acaso caprichosa y personal, constituye un rosario de imágenes como laureles de oro.

1 Mother de Darren Aranofsky. La película que me dejó más días pensando y cuya atmósfera traspasó la pantalla para rodearme por completo como una sensación física como un animal dormido, me sucedió con La Novia, True Detective, Animales Nocturnos, Interstellar o La Llegada. La casa como ser vivo, la sensación física de Jennifer Lawrence, la creación en la sombra y la invasión involuntaria, ese chillido del mundo, ese parto caótico, ese infierno desatado contra natura. Algo late dentro de la película de Aranofsky, algo que escapa a toda lógica, algo que va de la mano de la sangre y el dolor y que es orgánico como todo el cine de Aranofsky, físico, se mueve con criterio propio, alejado de las leyes de la narrativa y estética y por lo tanto esencialmente experimental y arriesgado. Lo que más me interesó de la película de Aranofsky es que por alguna clase de psicotropo extraño que aún no he logrado entender, yo viví la película desde dentro, desde la perspectiva del personaje de Jeniffer Lawrence y por lo tanto escaparon de mi análisis todas las obvias interpretaciones simbólicas de carácter bíblico que el director luego se ha preocupado en aclarar. La lectura bíblica simplemente me la salté, no me interesó, no la viví, así que nunca la he tenido en cuenta en el análisis. Durante toda la película no podía dejar de pensar en la canción de Camaron recitando a Lorca “nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño”. Como si la reproduccion, la fertilidad y el universo onírico se superpusieran en un laberinto imposible. Si 2017 ha sido el año de la expansión del feminismo en la cultura de masas, la Mother de Jenniffer Lawrence es la que ha defendido sus diferentes rostros de una manera más feroz y salvaje, una interpretación que quedara para la historia .

 

2. El sacrificio de un ciervo sagrado de Yorgos Lanthimos. Si bien me gustó mucho más Langosta, en cuanto a concepto y significado, creo que en El sacrificio de un ciervo sagrado Lanthimos se desborda como se desbordó en Canino. Pero aquí añade a su concepción distópica de la familia, la música, el arte y la venganza un lenguaje visual y cinematográfico mucho más personal, propio, atrevido, efectista, pero también efectivo, ese travelling hacia atrás, con el que los médicos mantienen una conversación absolutamente banal , el plano cenital en el que el hijo del cirujano pierde definitivamente la movilidad, la puesta en escena y los primeros planos con unos actores muchos más convincentes que en Canino, especialmente el joven que recordaréis de Dunkerke y la maravillosa, a ratos Hitchcokiana Nicole Kidman. Implacable en su frialdad forense.

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3.Manchester by the sea de Keneth Lonergan. Puede que a algunos os sorprenda esta decisión pero lo cierto es que esta película me gustó mucho. A veces descuidamos las historias o despreciamos la cualidad de contar bien una historia, o de hacer resaltar valores universales en una historia sencilla. Creo que Manchester by the sea es una historia vieja, una historia cualquiera pero excelentemente bien contada, una historia de redención, culpa, resentimiento, de la vida antes de la muerte, de las tragedias que rompen a las personas y que las transforman en otras. Contar todo eso sin caer en el melodrama fácil, conteniendo , pero expresando es mantener un pulso difícil que creo que la película logra gracias en parte a la interpretación de Cassey Affleck. Y en especial a un diálogo con Michelle Williams donde se produce uno de los momentos más mágicos que he visto entre actores en los últimos años: desaparece el escenario y aparece algo insólito, la verdad.

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4.La Cordillera de Santiago Mitre. Aunque a simple vista la película tiene algunos problemas narrativos, esta cinta se me quedó entre ceja y ceja durante varios días como un rompecabezas que no había sido capaz de resolver. Las lagunas, elisiones y ausencias que algunos le recriminan a La Cordillera le juegan un buen papel a la larga cuando uno comprende que pese a su aparente tono realista la película se juega el todo por el todo en los símbolos, y al título basta remitirse. La cordillera es la columna vertebral del mundo, la cúspide, la cumbre, el poder. Esta película sobre la ambición de cara amable con tintes edípicos y psicoanalíticos me cautivó más de lo que lo suele hacer el tono excesivamente evidente de House of Cards, este Ignacio Blanco indolente, el retrato de este hijo de puta relativo, este tecnócrata postideológico que es sino un fiel reflejo de Macri, de los Macris que gobiernan el cono sur , que venden la patria y siguen abriendo sus venas, me cautivó.59961091258e9-1280x532.x12839

5.Personal Shopper de Olivier Assayas. La película que puede entenderse como una continuidad de Las nubes de Sils María donde Assayas ya exploraba el universo de las ausencias en el evocador escenario en el que Niestzche escribió su teoría del eterno retorno, me ha gustado menos que su predecesora, pero me ha gustado. Aquí Assayas repite con Kristen Stewart para adentrarse de lleno en el género de fantasmas y terror como pretexto para contar otra búsqueda existencial.

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6. A Ghost Story de David Lowery: Esta película me cayó mal en el momento, y es cierto que creo que necesitaré un segundo visionado para darle la dimensión que se merece. Me pareció que peca de videoclipera y pretenciosa y que la introducción narrativa sólo tiene el sentido en el giro cósmico (previsible) que se marca el director. Pero luego, no sólo esa especie de orografía del fantasma que me pareció maravillosa, sino el inquietante enigma del papel que resuelve la historia me hicieron plantearme la película de otra manera. Entendí entonces que el planteamiento no sólo tenía el sentido circular evidente en la narrativa aparente de la historia sino que esa introducción aparentemente inhóspita hacía la función de enseñarnos lo que había allí en un principio y lo que quedó después, o dicho de otra manera ,cómo se resuelven las cosas que no pueden resolverse. ¿Y cómo se resuelven? ¿cómo se comunican las personas que ya no pueden comunicarse? Creo que el director dice mucho ahí acerca del arte y de la magia y de la supervivencia en el tiempo de todo lo que nos salva y siempre nos salvará.

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7.El viajante de Asghar Farhadi : Farhadi es un genio del guión. Lo demostró en Nadar y Simin: historia de una separación, en El Pasado (mi favorita) y en esta película que le valió el Oscar a Mejor Película Extranjera. Farhadi juega aquí a un juego que le sale muy bien también a Daniel Villeneuve en Prisioners. En las películas de Farhadi siempre hay un enigma y un dilema moral envenenado en el que cualquiera de las opciones pone al protagonista contra las cuerdas de su propia condición moral. En el caso de El Viajante el tema no podía estar de más actualidad. La complejidad con la que una violación arrasa la vida de una pareja bohemia y progresista en el Irán actual. Lo que me molestó de esta película es el distanciamiento con la obra de Arthur Miller. Los protagonistas ensayan una obra de teatro que se parece mucho a lo que les sucede en la vida real. Este juego entre ficción y realidad me pareció demasiado intelectual, demasiado manierista, como si el director temiera atajar el tema como lo que es por su exceso emocional, como si quisiera esquivar o controlar la intensidad emocional de su obra. El resultado es una película que está muy bien planteada pero no tan bien ejecutada y que no acaba de respirar con alma propia.

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8.Verónica de Paco Plaza: Verónica me llevó al huerto. Las incógnitas existentes en el Expediente Vallecas y la ambientación de la película que también es la ambientación de un país , y su historia, un país en el que viví y crecí mal que me pese, con su fuga de Roldán , y sus Lasa y Zavala, con aquellos quioscos que atesoraban joyas, con aquellos despertadores de gallinita y aquellos hermanos mayores de tus amigas que escuchaban Héroes de Silencio… Y tu pensabas ahí, ahí se esconde el misterio. El misterio era lo desconocido, el cuerpo, la adolescencia, las estrellas, el labio manchado de nocilla, el insomnio, el espacio exterior, el espacio interior, la boca entreabierta, las historias medio inventadas medio sacadas de un cuento de mitología antigua y las rodillas ensangrentadas a la vuelta de tus excursiones nocturnas. Verónica es la fascinación por todo lo que aún no se conoce pero empieza a intuirse. Y Paco Plaza lo sabe.

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9.Llega de Noche: Trey Edward Shults , segunda película de este jovencísimo director que acierta a la hora de situar el retrato en una oscuridad indeterminada que no se acierta a ubicar. Sin embargo como en Prisoners o en los survivals de Calle Coverfield, donde estriba la tensión no es tanto en la difusa amenaza externa sino en el precario equilibrio interior de la casa en la que se refugia la familia superviviente que debe convivir con unos recién llegados con los que comparten víveres. Este argumento un poco Walking Dead pronto se adentra en territorios inesperados donde fluctúan las alianzas, terrores y deseos, el miedo al miedo o la precognición en un relato sutil que pese a mantener este tono sobrio no termina de resolverse bien.

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10.Múltiple de M.Night Shyamalan : Cuatro palabras
cambian el sentido de esta película hacia el final, cuando un personaje acodado en la barra de un bar de espaldas a la cámara dice “Le llamaban Don Cristal”. Esta frase corta une la fantástica historia que acabamos de presenciar con la del protagonista fantástico del cómic de El Protegido. El universo de fantasía que nos propone Shyamalan salva a así la falta de verosimilitud de Múltiple, elevándolo en los últimos veinte minutos la película de thriller psicológico realista a la categoría de elegía de los dañados, de canto de los heridos. Un sublime giro que acercan al protagonista desquiciado y a su víctima y que los une al mítico Don Cristal como una categoría de villanos con motivos, o villanos con contexto que empieza a ser tendencia en el cine contemporáneo. Lástima que para este viaje no hiciera falta tanto histrionismo, se echa de menos la sobriedad de Samuel L Jackson y Bruce Willis ante el esperpento interpretativo de McAvoy. Una película interesante que sin duda promete más de lo que es y que abre el camino para una tercera que cierra la trilogía y que se estrenará el año que viene.

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Brimstone; lo lejano y lo salvaje.

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En los primeros cinco minutos de Brimstone, una mujer muda que suele hacer de comadrona  en un pueblo remoto (Dakona Fanning) atiende un parto en una iglesia teniendo que decidir entre salvar la vida del bebé o la de la madre.  Tras esa decisión hay una historia.  La decisión  es la historia misma . Un último acto desesperado por arrancar a las mujeres de la muerte.

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El director holandés Martin Koolhoven dirige este western gore de explotación sexual,  que se presentó en Venecia y Sitges, sobre las distintas etapas de la vida  de Liz, una Dakota Fanning en estado de gracia, dividida por capítulos que dibujan un movimiento continuo, un éxodo forzoso y desesperado. Si algo deja clara la estructura narrativa de Brimstone y su voluntad de asemejarse a los episodios bíblico-mitológicos es que mientras en las historias fundacionales el viaje que hace el hombre es motivado por la búsqueda edípica del padre y el hogar, la mujer hace el viaje por la huida frenética del padre y el hogar. El alquitrán de los peligros exteriores son menos devastadores  que los infiernos domésticos.  Pero el mal del hogar es omnipotente y se presenta allí donde Liz viaja tomando formas que recuerdan a la reiteración de una pesadilla en la que no hay escapatoria posible. ( The time has come, I will be gentile)

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Brimstone es una película que explota las posibilidades del western: la acción remota y lejana para hablar con libertad de lo salvaje . Si bien algunos problemas serios de tempo interno en los episodios o  una interpretación un poco pasadita de rosca de Guy Pearce que no acaba de dar el papel de pastor protestante sádico y pervertido pueden sacarnos a veces de la historia, la película respira por la credibilidad personajes secundarios femeninos y las relaciones que establecen por salvarse a sí mismas salvándose entre ellas (la niña Emilia Jones, Carla Juri,y la madre  Caurice Van Houten). Imbuida de un espíritu feminista que ya vimos en otro western como Deuda de honor (Tommy Lee Jones) Brimstone también nos recordará a El cuento de la criada (Margaret Atwood)  y a Westworld (Jonathan Nolan)

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El tratamiento de la violencia física ejercida sobre el cuerpo femenino es uno de los aspectos en los que la película se crece; tanto por el trabajo de la puesta en escena de la indefensión, la rabia y la venganza como por la explicación de la supervivencia como una forma de distanciamiento con el cuerpo herido.  En una escena maravillosa, la protagonista se corta la lengua para poder seguir viva y esta es una metáfora bellísima de lo que las mujeres somos capaces de hacer  a nivel externo para salvar cierta libertad interna. 

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Si cierta libertad interior queda a salvo cuando se han devastado todas las capas externas es algo que el espectador debe decidir al acabar la película. Dicho esto, no sé si el director usa bien sus dos horas y media de metraje para decir todo esto.  Brimstone es una película bruta con imágenes potentes que escuecen como fogonazos bellos y terribles agazapados en alguna parte de nuestro inconsciente onírico. Sin embargo, no es nada más; no hay en Brimstone un discurso claro, una narración concreta, una evolución psicológica íntima. Brimstone es sobre todo una acumulación de heridas, dolor y violencia.

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That’s IT: Más allá de Pennywise

Aunque luego la cosa se complica lo cierto es que el ser humano puede reducirse a dos emociones básicas; el miedo y el amor. Ya he dicho que la cosa se complica. Pero estas dos emociones nos dominan desde niños, nos acompañan siempre y van adoptando formas cada vez más abstractas hasta que alguna vez, en algún momento de nuestra vida cuando se nos pregunta qué tenemos miedo contestamos: “a todo”. “A todo” suele significar “a nada concreto” , a nada que pueda decirse y  a la catástrofe total, al dolor físico, al abandono, a la perdida o a un cóctel insufrible de todos esto a la vez Lo inefable . Eso es it.

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Sin embargo, también es cierto que durante un tiempo de nuestra infancia el miedo queda  acotado a sujetos y objetos de una perversidad incierta que son sospechosos de querer venir a por nosotros, “comernos” “tragarnos” “arrancarnos” o simplemente existir bajo un aspecto siniestro y amenazador. En cada persona es una cosa; el coco, el hombre del saco, el borracho del pueblo, el monstruo del lago Ness o el fantasma de la ópera, pero en todas estas figuras  ese terror a la desaparición  necesita de un cuerpo que la encarne porque el miedo fundamental, ese abismo ancestral no se puede decir sin sujeto. De eso va precisamente It la última novela de Stephen King llevada a la gran pantalla por Andrés Muschietti (Mamá) tras ser rechazada la oscuridad del prometedor proyecto de Cary Fukunaga (realizador de True Detective 1)

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King se impone un serio desafío  al titular la novela: It (ello) , ya que  renuncia a reducirlo a un único ser maligno y a un único terror, It (ello) queda así flotando como la misma expresión de un mal radical, expansivo y contagioso.

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Mientras en la película uno de los protagonistas siente miedo de un cuadro surrealista de Modigliani colgado en el desván de su casa, otro lo hace del payaso Pennywise, un catalizador más de los terrores infantiles con sus  máscaras, la sonrisa perenne, la tenebrosa música circense. En mi caso, de niña le tenía terror a las perchas de los armarios, y una amiga mía al agujero del bater al que siempre se acercaba con una lentitud suspicaz temiendo que aquel orificio con tapa se la fuera a tragar. Es posible que mi miedo a las perchas se debiera a la impresión que me causó el garfio de la película Hook y también es posible que mi amiga tuviera miedo porque su hermano le había dicho de broma alguna vez que si se portaba mal la iba a tirar por el bater. Lo importante no es en sí la percha ni el agujero, sino lo que provocaba esa sensación de amenaza de la propia existencia, sutil e invisible. Eso es It.

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La película actual capta algo de la esencia de la obra original, pero como sucede con casi toda la obra de King, esquiva su parte más perversa para acercarse al terreno del cine de terror más convencional. Quedándonos sólo con la película difícilmente podemos hacernos una idea de las capas de terror que King superpone en la novela y la descripción de la atmósfera social del miedo y sus representaciones, y es que  en la premisa narrativa  de It podemos encontrar el corpus argumental de toda la obra de su autor: una investigación sobre el miedo y el origen de la maldad aunada a un retrato social de la clase media americana. Este relato tendrá repercusión en la cultura popular y cinematográfica  de los siguientes treinta años abarcando desde el cine de Steven Spielberg y J.J.Abrahams, hasta el Twin Peaks de David Lynch pasando por el reciente revival de Stranger Things o algunas obras de M.Night Shyamalan.

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Casi todas estas películas tienen en común  que la historia está ambientada en un pequeño pueblo que se convierte en protagonista laberíntico de la historia, la infancia juega el papel de doble víctima ( de lo maligno) y del mundo adulto,  en general hay una desidealización de la infancia, un intento de romper el viejo mito que identifica la infancia con el paraíso perdido y dibujarla como una etapa acechada por miedos y obstáculos que superan los recursos de los protagonistas.

El enfrentamiento con lo terrorífico marca un antes y un después en el niño, el niño deja de ser niño como si se tratara de una transición ritual hacia la adolescencia o como si lo terrorífico hubiera desvelado de algún modo la verdadera condición del mundo real.

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En la obra de King estos acontecimientos se dan en el pueblo de Derry, el terror y el pueblo de Derry se convierten en la expresión de un mismo mal hasta el punto que casi podemos decir que no hay diferencia alguna entre Derry e It. Lo maligno en Derry está expresándose constantemente en el comportamiento de sus habitantes ; padres abusadores, madres negligentes, matones de instituto con tendencias psicopáticas, explotadores laborales…  por encima del submundo flotante hay una realidad cotidiana que King dibuja en forma de engaño, maldad e hipocresía y que divide el día a día de Derry entre extorsionadores e indefensos pero también entre una masa unánime y una pequeña  minoría (religiosa, estética, racial, sexual). Los minoritarios son la diana del estigma  social y también del odio sobrenatural, pero a la vez, como ha respetado Muschetti en la película, son los únicos que pueden combatirlo.

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Hay una escena en concreto en la película donde el director deja esto expresado de forma muy clara. Como sabéis el payaso Pennywise aparece siempre acompañado de un globo rojo, es su seña de identidad. Hay un momento cuando Ben es cogido por unos matones que están a punto de grabarle el nombre de uno de ellos (Henry)  con una navaja en el estómago en el que vemos que Ben pide ayuda a un coche que se acerca por la carretera. Dentro de la carretera hay un matrimonio que roza la cincuentena, se giran para mirar al chico y continúan su marcha con indiferencia. Cuando Ben ve alejarse el coche entre los árboles vemos que en la parte trasera llevan colgado, precisamente un globo rojo.

Esta es la manera que tiene el director de subrayarnos que aquello tiene que ver con esto, que el odio, la indiferencia, las injusticias y matanzas acaecidas en Derry tienen el mismo origen malvado que el payaso que les atormenta. Y de esta manera lo sobrenatural y lo sociopolítico van en el mismo barco, los terrores individuales se convierten en terrores colectivos; el racismo, el machismo, el odio al diferente se convierten en rasgos a través de los cuales se manifiesta lo inefable, el terror puro . En una sociedad así, tan corrompida como la de Derry, o como la de cualquier ciudad actual, ser parte de la banda de los looser  es una garantía de principios o como mínimo un propósito de enmienda. Entre ser un  Frank Underwood o un   Jimmy McNulty, América se juega sus principios, ten cuidado si no aprecias la diferencia,  IT se alimenta de esta confusión.

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Crítica de Jackie : Camelot bajo las ruinas.

Jackie, tacones en el barro, Camelot bajo las ruinas.  Larraín nos muestra en diversos fragmentos un retrato psicológico disperso y asincrónico de Jackeline Kennedy los días posteriores al asesinato de su marido. 

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Una vez más  Larraín nos sorprende con un estilo visual y narrativo completamente alejado de sus películas anteriores, no encontramos aquí la complejidad narrativa de Neruda ni el feísmo picasiano de El Club, sino todo lo contrario, un retrato esteticista que pese a su incuestionable belleza formal no aporta nada nuevo a la historia que todos conocemos sobre el personaje. La propuesta de Larraín no es acercarse a la realidad del personaje, sino introducirnos a nosotros en él, de forma que lo que se revela sobre lo acontecido no es aquí el qué de la película, sino la sensación atmosférica que deja el filme, el retrato intimista sumamente personal de una mujer, una desconocida, al borde del abismo. 

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Una interpretación excepcional de Natalie Portman sostiene el peso total de la película, no soy yo una gran defensora de esta actriz que  siempre me ha parecido un rostro poco dado a la variedad de matices y que en esta ocasión por fin ofrece un registro distinto, repleto de las ondulaciones que el personaje demandaba. El esquisto trabajo de Larraín a la hora de intercalar las imágenes documentales y de ficción denota un indudable trabajo documental que se aprecia especialmente en el recibimiento en Dallas, donde incluso los rayos de sol que caen sobre el sombrero rosa de Jackie parecen de la misma intensidad que las imágenes de archivo.

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Sin embargo a veces parece que la película se emborracha de sí misma y Larraín y Jackie y Jackie y Larraín se recrean en un preciosismo esteticista demasiado autoconsciente, manierista, casi casi teatral y parece que   el entierro, la escenificación pomposa del funeral de Kennedy, no sea más que la excusa para escenificarnos la grandeza y la belleza personal  del duelo de la propia Jackie. 

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Este preciosismo se aprecia en planos que recuerdan al cine de Terence Malick, que buscan desordenar el punto de vista del espectador, cautivarle, mostrarle las diferentes capas de realidad de un personaje a través de inconexos planos en los que se alterna la fortaleza y el dolor, la vanidad y la rabia. 

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Se trata de un ejercicio de estilo más que de una obra redonda y cerrada en sí misma, un deleite visual que nos adentra en el desasosiego vital de la que pudo haber sido Jackie Kennedy tras el asesinato de JKF. En comparación con el resto de su filmografía vemos a un Larraín diferente, mucho más comedido y convencional, que se ciñe a trazar un retrato de Jackie a base de pinceladas logradas, pero sin cruzar la línea de lo inesperado. La película pasa de puntillas sobre las cuestiones más controvertidas acerca de la vida de los Kennedy, el relevo de Jhonson, lo que Jackie sabía sobre el número de balas y la procedencia de las mismas, los ideales políticos de Kennedy y su relación con el asesinato. Larraín se cuida muy mucho de hacer aparecer en escena a los protagonistas vivos de esta historia y abrir interrogantes, quizás hubiese sido pedirle demasiado, a una mujer que según la película se gastaba todo el presupuesto del gobierno en antigüedades para la Casa Blanca y en organizar grandes conciertos privados, fiestas inolvidables que tenían el brillo de aquello que Jackeline siempre quiso darle a América: una aristocracia.

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Traducir  la poesía  es como darse una ducha con chubasquero

(Paterson, Jim Jarmusch)

Existe la verdad extendida de que la poesía es algo que usan algunas personas para alejarse de la realidad, para trascender lo cotidiano, para evitar el tedio insoportable de existir y trepar en busca de un sucedáneo elevado. Se equivocan. Existe esa poesía, desde luego, del mismo modo que existen los fuegos artificiales, la orfebrería y el arte barroco. Luego esta la verdad poco explorada de que la poesía es algo que usan algunas personas para zambullirse en la realidad, para atravesar lo cotidiano, para capturar como si se pudiera con palabras, las moléculas de las que están hechas los mundos que habitamos. De este segundo tipo de poesía es del que habla Paterson, la última película de Jim Jarmush. 

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Paterson es un lugar, una persona y un libro.Lugar, persona y libro están íntimamente relacionados entre sí. El lugar es un pequeño barrio de New Jersey donde creció y vivió el poeta Carlos William Carlos al que rinde tributo la película y que junto a Ezra Pound y T.S Eliot constituyen  los tres ejes de creación de una nueva poesía alejada de la rimbombante tradición lírica inglesa. De esta nueva tradición beberán Emily Dickinson, Wallace Stevens y muy directamente Allan Ginsgberg que llegó a conocer a Carlos William Carlos y a vivir en Paterson, donde se dejó influir por su poesía para escribir Aullido. Es decir  Paterson, el pueblo, el sitio, el espacio donde nos ubica la ficción podría ser el manantial  desconocido de la lírica norteamericana.

Paterson también es una persona, el protagonista de esta película al que da vida el lacónico Adam Driver,  que se llama igual que el lugar en el que vive, y que trabaja como conductor de autobús, mientras se sirve de sus experiencias diarias para escribir poemas sobre el misterio de la realidad reiterativa que le rodea.

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Podríamos identificar a Paterson con el homenajeado Carlos William Carlos, pero el retrato que hace  Jim Jarmush  del personaje parece querer trascender al autor concreto e ir más allá. Paterson representa al arquetipo de poeta filósofo que no necesita adulterar la realidad para escribirla sino que la escribe precisamente para entenderla. La curiosidad y no el exhibicionismo literario, es el motor que mueve a la creación de este personaje. Paterson encuentra en su pequeño mundo de repeticiones encadenadas, rostros comunes y rituales siempre una variación que se transforma en interrogante: ¿Qué es esto? Una caja de cerillas representa ¿qué es esto?, la historia de un anarquista que vivió en Paterson representa ¿qué es esto?, una tarta de queso cheddar y coles de bruselas representa ¿qué es esto? Todos los fenómenos atmosféricos  cotidianos son una oportunidad de levantar la aparente capa de inocencia con la que se nos presenta lo inmediato e indagar acerca de su  su cualidad, su causa, su último por qué.  Paterson es Whitman, y Emerson y Thoreau y también un maestro zen que ha decidido prescindir del vericueto superfluo que nos aleja de lo esencial. 

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Para el espectador esto puede aparecer representado como un espíritu inane, una carencia absoluta de ambición personal, una falsedad naïf, un gesto ensayado de despreocupación y desvarío. Un cúmulo insoportable de gestos repetitivos, como el mareo que produce conducir siempre por las mismas calles e insistir en apreciar siempre cosas distintas.

Encontramos en Paterson un viaje al minimalismo, a la contemplación silenciosa de lo salvaje, quizás a aquello que como defendía Carlos William Carlos diferenciaba el idioma de los Estados Unidos del idioma de Inglaterra convirtiéndolo el mismo inglés en un lenguaje distinto hecho para un habitar diferente.

“Todas las cosas buenas son salvajes y libres” escribió Thoreau en Walden el  libro que teje una especie de hilo de Ariadna que une a los hombres de principios del siglo diecinueve con el movimiento hippy de Into the Wild.

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“Quizás la verdad depende de caminar alrededor de un lago” escribió Wallace Stevens, un verso que hubiera podido suscribir Paterson.  La poesía es un haiku, no un soneto. En efecto Carlos William Carlos llamaba a la sublevación contra el soneto y nunca le perdonó a T.S.Eliot su sometimiento las formas poéticas tradicionales y a la rapsodia de recitación tradicional inglesa llegando a afirmar que La tierra baldía de Eliot era una de las mayores catástrofes que le habían ocurrido a las letras americanas. 

Y por último, Paterson es también un libro de poemas, los poemas que aparecen en la película y los que escribió Carlos William Carlos bajo este título:

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Mentes como camas siempre tendidas,

(más ásperas que la costa)

con desgano o incapaces
.
Se enrosca cresta arriba,

abajo, acomete y regresa, un enorme estrépito:

suspendido como el aire, a bordo, pleno de colores, revienta

el mar en la orilla—de las matemáticas a los detalles—

dividida como rocío,la bruma flota para llover y

reunirse de nuevo con el río que corre y reúne:

conchas y animalillos

casi siempre, y también al hombre,

a Paterson.

A final de la película tenemos la muerte de la poesía como posibilidad y la aparición de un misterioso personaje japonés que parece salido del futuro, o de una novela de Murakami, es un japonés estoico que conoce la vida de los tres Paterson y que exhorta a nuestro  protagonista a seguir escribiendo. “Sólo son palabras” responde Paterson. Cabe preguntarse si el sentido último de Jim Jarmush es contraponer las palabras y las imágenes en una sutil carrera de búsqueda de sentidos. Finalmente ¿en la película es la imagen o la palabra la que consigue atravesar la capa de la realidad y devolvernos su auténtico significado? 

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“¿Preferirías ser un pez? ¿Como si el resto de la canción no tuviera que estar ahí?” remata Paterson en los últimos versos del filme.

Parece que en este libro de poemas, de nuevo Carlos William Carlos ofrece una enigmática y obsesiva   conclusión:

Pero la lengua de la abeja no acierta

Se hunden otra vez en el lodo

con un grito—

puedes decir que es un grito que se arrastra sobre ellas,

un escalofrío al marchitarse y desaparecer:

El matrimonio llega a tener una implicación

estremecedora

Gritar

o tomar una satisfacción menor:

algunos

van a la Costa sin provecho—

El lenguaje no acierta

mueren también incomunicados
.
El lenguaje, el lenguaje…

(Carlos, William, Carlos, Paterson)

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/paterson-william-carlos-williams

La mano que cubre la Ira

¿Te has acostado con ella?

¿Tu crees que eso es una pregunta?

(Tarde para la Ira ,  Raúl Arévalo)

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CONTIENE SPOILERS (o algunos datos del argumento que pueden ser considerados como tales)

Las historias sencillas son las más difíciles de contar. Su éxito depende del ángulo en el que se encadenen los sucesos narrativos y de las dosis de información que el director vaya delegando en el espectador. No se trata de hacer una historia sencilla complicada, ese es un error común, sino de hacerla interesante. Encontrar sus puntos de apoyo y reforzarlos aspirando a contar sólo lo que la historia cuenta. Probablemente el director que se ciñe a este objetivo, que trabaja fielmente sobre un guión aparentemente contado cien millones de veces antes, acabara contando otra cosa, una historia que subyace a la historia, una historia que supera los límites de la historia y una gran película. Este es el caso de Tarde para la Ira, la ópera prima de Raúl Arévalo.

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Un bar de barrio donde se mantiene intacto el rótulo fluorescente de las cafeterías de los años noventa, la camarera hastiada con el novio en la cárcel, el hermano, un hombre de familia, la partida de cartas, el cliente introvertido de carajillos cargados y silencios profundos. Un tapiz naturalista que esconde mucho más de lo que enseña a primera vista. Y es que en este ambiente cañí y neorrealista, nada es lo que parece y en esta celebración de folklore patriarcal, el western noir va a hacer pronto acto de presencia.

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Este comienzo no forma parte en absoluto de la estructura narrativa de la historia. ¿Por qué no empezar por el atraco? ¿Por qué no empezar por el cuñado en la cárcel? ¿O por el luto del propio Josete? No. Arévalo sabe muy bien lo que se hace, empieza por la tangente, el retrato costumbrista, un zambullido de realidad y desde allí va estrechando lentamente el cerco de la historia, mientras nos enseña de qué está el hecho el mundo en el que viven sus personajes como en la secuencia de la comunión, abandono y marginalidad; la cultura del lumpen,  la chapuza y el timo, el fraude de hacienda, el tráfico de drogas, el robo y el apaño por debajo de la mesa, sudor, mal aliento y machismo todos los ingredientes que tienen las noticias de sucesos: la miseria sostenida en el tiempo.

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 Ya parece que nos podemos resignar a ver otra película social sobre una historia de amor imposible, cuando Arévalo hace entrar la verdadera trama con dosificador. En el viaje vamos a atravesar todas las veladuras de este lienzo donde el plano pone el acento sobre el paisaje de una España olvidada,  la de los barrios bajos y los gimnasios de artes marciales en los que se recluta a todos los nadies del extrarradio sevillano.

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Del sur pasaremos al territorio llano de la meseta, a ese rural que se parece a todos los pueblos de España, de misa y fiesta mayor, donde el director consigue aumentar la tensión gracias al manejo de los pequeños detalles: las cocinas humildes, la trastienda de un bar, las carreteras secundarias, la película de Arévalo gana una tridimensionalidad épica que debe mucho a las interpretaciones de los dos actores principales, Antonio de la Torre y Luis Callejo, y a la influencia del cine de Alberto Rodríguez (Grupo7, Siete Vírgenes, La isla mínima). Sin embargo, Arévalo va a superar a su maestro en la última película que ha dirigido Rodríguez este año; El hombre de las mil caras en la que el director de La isla mínima pierde el sello de su cinematografía anterior para hacer un relato predecible y desapasionado de la vida de Paesa, con voz en off de Coronado, sólo este dato baste para alejar al espectador avispado. ¿Tu también , Brutus?

Lo mismo cabe decir de la fallida segunda obra de Rodrigo Sorogoyen, Que Dios Nos Perdone, un pastiche de tópicos con la corrupción policial, un asesino de ancianas  y las manifestaciones del 15M de trasfondo que alcanza lo patético cuando se reviste de pretendida autenticidad en el personaje interpretado por Roberto Álamo. A diferencia de estas dos, en Tarde para la Ira  lo popular entra a raudales por una tragedia en la que como en  de Shakespeare: todos los personajes tienen razón. Al fondo de esa escena final que es casi un interrogante sobre el horror, Arévalo ha puesto delante de la cámara los factores fortuitos que convierten a cualquier hombre normal en un monstruo y a cualquier  monstruo en un hombre normal.

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Crítica de El Silencio

Scorsese se cree Dreyer. Pero no lo es. Y esto es un grave problema cuando llamas a una película  El Silencio, pero no hay ni un solo segundo de silencio en toda la película. Aquí se intuye uno de los graves problemas del director; la distancia entre la película que  quería hacer y la que realmente ha hecho. ¿Por qué le tienen tanto miedo al silencio los directores americanos? Enserio, no ocurre nada si no ocurre nada.

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Esta historia, el viaje de dos jesuitas portugueses en busca de un tercero sobre el que orbita un gran misterio por el Japón feudal del siglo XVI donde los cristianos son perseguidos y ejecutados, en manos de Dreyer realmente podría haberse llamado El Silencio, porque Dreyer jamás hubiera permitido que una insidiosa voz en off, redundante y terriblemente explicativa atravesara sus paisajes neblinosos, los rostros de sus campesinos sin dientes y sus crucifijos inocentones, mal tallados en maderitas rupestres. Ahí hubiera dejado que surgiera la fuerza del dilema filosófico que se plantea en la última media hora del filme y no en un mero juego verbal, distante, poco creíble, nada fascinante y bastante falaz. La elección de los actores, no ayuda. ¿Hay alguien que pueda ver a Liam Neeson con pelo largo y no pensar en Star Wars? ¿Y quién es ese actor, Andrew Garfield, que interpreta al joven jesuita que debe transmitirnos tanto tormento existencial y que se come el 90 % de los planos de la película en un gesto de mero fastidio?

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El guión se desaprovecha en sus vanos intentos por dilatar la acción y el sufrimiento de unos protagonistas que no son capaces de conmover ni convencer desde el inicio del filme, también podríamos apelar a un guión en el que Scorsese podría haber aprovechado en su vertiente meramente narrativa, es decir, el motivo principal de la acción (la búsqueda del tercer jesuita) para que la película pareciera que se encamina hacia alguna parte en sus tres horas de duración

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Pero no. No os equivoquéis. Scorsese no quiere hacer una película narrativa. Scorsese quiere ser Dreyer y plantearnos la cuestión de la fe, la imagen religiosa, el colonialismo, las razones del camino espiritual, la evangelización y llevarnos además a dilemas trascendentes sobre el compromiso y la religión a través de largas conversaciones, imágenes de El Greco y larguísimas secuencias de torturas.

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Podríamos apelar a la puesta en escena, la magia que emerge de la imagen y que termina de convencernos como ocurre con el cierre de un buen poema, como en una película de Kurosawa, Kaurismaki, Tarkovski, Terence Malick, Bergman, Lars Von Trier  o Won Kar Wai. Pero no. Scorsese no lo consigue porque su puesta en escena sólo es megalómana, colosalista y grandilocuente, quiere que todos veamos la pasta que se ha dejado. Quiere ser Dreyer pero no puede dejar Hollywood atrás.

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El resultado es El Silencio, una película donde hasta Cristo habla. Si Dreyer levantara la cabeza…

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Las mejores películas del 2016

-¿Yo soy una ficción?

-Si

-¿Y vos?

-No, yo soy real, y soy eterna

(Neruda, Pablo Larrain)

La tarea ha sido árdua. Pues este año se ha hecho realmente, realmente buen cine. Y eso no sucede todos los años. Películas que normalmente merecerían algún puesto en esta lista como la socialdemócrata Spotlight se han quedado en el banquillo arrinconadas por rarezas y indiadas que me han robado el corazón, la vista y la cabeza.  Muy a mi pesar, se quedan fuera de la lista Historia de una pasión (Terence Davies) sobre la escritora Emily Dickinson en el puesto 11, El regalo (Joel Edgerton) en el puesto 12 y La Habitación (Lenny Abrahamson) puesto 13. Ha habido espacio para obras de rimbombante sabor a clásico y a superproducción, y luego filigranas, piezas de orfebrería, delicatessen para paladares angustiados que son las que ocupan mis puestos de honor. Sin más dilaciones allá vamos:

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10. Calle Coverfield 10.Dirigida por Dan Trachtenberg, uno de los creadores de Black Mirror, es una película asfixiante e imperfecta que pese a un guión que se sostiene con pinzas controla con manos maestras los tiempos, el ritmo narrativo y la tensión límite de las situaciones creadas. Claustrofóbica y paradójica, esta distopia sobre un apocalipsis nuclear en el que una muchacha debe convivir en un búnker  con un psicópata y otro joven rescatado por éste, aparentando ser una familia feliz, tiene algo de bello, de artificio y de siniestro. El final no está a la altura del resto del metraje, la película gana en las preguntas  y pierde en sus respuestas. Prometen segunda parte. Habrá que confiar.

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9. La juventud. Paolo Sorrentino construye una película hermosa, triste, decadente, patética, que podría ser una especie de segunda parte de La Gran Belleza, pero a la que le han quitado el exceso de Berlusconi y le han inyectado cierta tristeza nórdica; la que habita en la mirada de Michael Caine y Harvey Keitel, mucho más sobria, más profunda y onírica que la del burlón Toni Servillo. En La Juventud hay mucho Fellini pero también mucho Tarkovsky, sobre todo el Tarkovsky de Nostalgia  (1983), hay mucho Marienbad (Resnais) y mucho tributo al arte como ese lugar en el que la vida permanece estática y la belleza se mantiene viva mientras el mundo real envejece, se pudre y muere.

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8. La Invitación. Karyn Kusama, una señora de la que no sé nada, ha dirigido una película terrible y verdadera. O quizás terrible por verdadera donde queda revelada  la incapacidad del individuo contemporáneo para hacer frente al dolor de la existencia sin construir una anestesia moral, un andamiaje filosófico y religioso  que lleva al enfrentamiento inevitable de todas las religiones:  la masa contra el individuo. La maravillosa narración en la que se desarrollan los hechos; una aparentemente inocua cena de reencuentro entre amigos, le permiten a la directora desplegar toda una serie de estrategias narrativas en las que como espectadores nos sentiremos plenamente identificados; la paranoia y la adhesión al grupo, la aparente normalidad con la que el resto reacciona a lo que nosotros vivimos como anormal y la duda perpetua  sobre la  cordura propia y la ajena construyen un enjambre postmoderno sobre la alienación en los tiempos de la autodestrucción y la autoayuda.

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7. Los odiosos ocho. Quentin Tarantino ha construido un western con influencias del spagguetti  que es una delicia visual, un juego de identidades y una lección de historia al mismo tiempo. La guerra de secesión es el trasfondo histórico que ha elegido el director en esta ocasión para deconstruir las versiones oficiales sobre el sudista malo y el unionista bueno y construir un relato en el que circulan los bajos fondos, la picaresca, las argucias y las malas artes de los cazarecompensas y bandidos .

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Ambos bandos  coinciden durante una tormenta de nieve en una taberna  debiendo velar por su propia  supervivencia que es  quizás en esencia el mito fundacional de los Estados Unidos sobre todo contado a través de la historia de la carta de Lincoln. Tarantino controla la tensión interna de este ángel exterminador con dobles identidades  y profundiza en unos personajes tan llenos de matices que sobresalen de la propia narración para imponerse sobre la misma. La profundidad de campo y el manejo de los personajes en el espacio, en una coreografía de alianzas y traiciones ambivalentes construyen un puzzle identitario que Tarantino resuelve con solvencia aunque  sin demasiadas sorpresas.

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6. The Witch . Robert Eggers dirige una de las cintas más inquietantes del año, aunque pocos están de acuerdo con situarla en el terreno del terror. La historia y la ambientación, la Nueva Inglaterra puritana de los nuevos colonos, se convierten en protagonistas legítimos de esta historia sobre la religión, el fanatismo, la sugestión, el miedo a Dios y las relaciones familiares condicionadas por la ausencia absoluta de contacto con otros seres humanos.

La película deja suficientes lagunas e interrogantes como para dar cabida a dos posibles interpretaciones; una en clave racional y psicológica, otra en clave sobrenatural. El director juega con las elipsis, el plano contra plano, el fuera de campo y los juegos de mayor economía narrativa  para que lo terrible acontezca pocas veces ante nuestros ojos más como intuición o delirio que como realidad tangible. ¿Hasta qué punto existe la bruja o es una metáfora? Son preguntas que debe responder el espectador a lo largo de un relato que basa su éxito en una gran inteligencia narrativa y en la verosimilitud de la ambientación. Eggers ha hecho un brillante esfuerzo para devolvernos a la atmósfera de 1600 a través de la desaturación del color, la iluminación con velas y todo tipo de objetos que remiten a la época y que construyen plano pictóricos como auténticas obras de  Vermeer y Rembrandt.

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5. The Revenant. Alejandro González Iñáritu. En este blog hay una entrada dedicada enteramente a esta película The Revenant: mitología subterránea de los EE.UU. Sin embargo, pese a todas sus críticas sobre la ausencia de trama y la megalomanía del director, The Revenant es una película en la que el valor de la imagen se impone en toda su grandeza. La relación del hombre con una naturaleza poderosa, salvaje  y de alguna manera divinizada en cada plano como lo podría estar en la cosmovisión indígena,  es el hilo conductor de esta alegoría que ofrece varios niveles de lectura: en el orden natural se confronta  la depredadora visión occidental en la que todo lo que hay alrededor del hombre blanco es un instrumento para abastecer su saciedad, con la violencia de una naturaleza que parece esconder sus propio orden secreto. El vía crucis de un traficante de pieles, Hugh Glass, que nos narra Iñárritu, inspirándose en las derivas existenciales de Tarkovski o Terence Malick es también el camino del mestizaje cultural entre y del sustrato cultural del sincretismo.

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4. Animales Nocturnos. Tom Ford. En este blog hay una entrada dedicada exclusivamente a esta película Animales Nocturnos; la literatura, la culpa y el castigo.  Esta película espeluznante puede resumirse en la mirada de una mujer que lee un libro y cuando levanta la mirada de su lectura se pregunta por qué su vida se ha convertido en  algo tan distinto a lo que siempre quiso ser.

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Ella, una Emma Bovary contemporánea, insomne y triste, como lo son las personas que arrastran una culpa insoportable o el deseo irrefrenable de haber sido otra persona, tras la lente de Tom Ford, ella  es un objeto estático más de su galería de  arte, simulación y atropello, tormento y angustia. El texto literario aquí es herida, una hendidura de realidad en  un presente escuálido. Un duo de vilezas que sostienen a la perfección Amy Adams y Jake Gyllenhaal. Mucha influencia de Lynch, espejismo hiperrealista,  western onírico, película crepuscular que difumina las fronteras entre realidad y ficción penetrando en la atmósfera asfixiante de la sugestión, que es ese espacio mínimo e irrespirable donde conviven el lector, el autor y el libro.

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3. Neruda. Pablo Larraín. Tras dos grandes películas “No” (imprescindible) y “El Club”, Larraín, el nombre propio del nuevo cine chileno, dirige una película cuyo título puede confundir o desconcertar al espectador. “Neruda” no es de ninguna manera un biopic sobre Pablo Neruda, ni siquiera una historia más sobre el poeta, Neruda es una película sobre los personajes que necesitan a los poetas y las sociedades que viven bajo su anonimato. Nominada a los globos de Oro en la categoría de mejor película extranjera e interpretada por Gael García Bernal y Luis Gneco la película cuenta  la persecución del poeta, al que la sociedad demoniza y a la vez admira.

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 A través de la ficción, de pequeñas novelas policiacas, de símbolos, del retrato de un inspector de policía filofascista, un hombre que se avergüenza de tener la tez negra pero se enorgullece de poder morir blanco en las blancas nieves de la Patagonia argentina persiguiendo a la figura más importante del comunismo chileno, al autor de sus poemas favoritos, quizás también  a su propio creador . Neruda como película  es un poema en sí mismo, un canto a la falsedad del poeta, ese que está detrás de todas las causas pero sólo vive para su propio arte, su propia escritura y a todos los que le inspiran y le necesitan, le escuchan y le hacen propio, al Chile del  que nacen las letras que luego se harán inmortales en los labios de media humanidad. Una película que tiene mucho de la literatura de Roberto Bolaño, especialmente de Los detectives salvajes, novela que sirve de subtexto a toda la trama y al que el director hace un guiño en el propio trailer del filme: una cacería salvaje. 

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2. The Arrival (La llegada). Daniel Villeneuve. Basada en la hipótesis del relativismo lingüístico de Sapir Worf y en el relato The history of your life de Ted Chiang, La Llegada es algo más que la Interstellar del lenguaje como muchos la están queriendo ver. Es una película sobre el lenguaje que tiene su propio lenguaje. Una puesta en escena y un uso del montaje y de la interpretación que pone en interrogante si los lenguajes nos acercan o nos alejan, si estamos cada vez más comunicados o sólo más conectados.  A los que hayáis visto la película seguro que habréis  reparado en la similitudes entre la nave con la que se comunican con los aliens y la casa de Louise, el personaje al que da vida Amy Adams.

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Ambos rectángulos están separados por un gran cristal. Toda la película se construye sobre este gran motivo visual alrededor del cual gira el eje comunicación/incomunicación. La analogía entre la nave y la casa de la lingüística es claro, ambas cápsulas aíslan a la doctora del mundo externo. En una de lo extraño (los extraterrestres), en otra de lo conocido (los humanos). Villeneuve se propuso crear una puesta en escena atmosférica que rodeara al personaje de Amy Adams en una nebulosa especial : “como si toda la película fuera un gran lunes lluvioso mirando a través de la ventana”. Si hay algo fascinante en la película es cómo Villeneuve traslada estas palabras a una realidad táctil y casi podemos sentir ese cielo plomizo caer sobre los párpados de Amy Adams a lo largo de todo el metraje. 

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La llegada no es una película sobre el destino, ni sobre el determinismo, la profecía y la fatalidad. La llegada es una película sobre el mito del tiempo y de la felicidad que es aquel en el que sólo merece la pena lo que perdura. La llegada es una película sobre la decisión de apostar por lo que no perdura, como si el único sentido posible de la vida  estuviera en la finitud de las cosas, en su ausencia de tiempo. Todos somos momentos descolgados  del tiempo, de cosas que terminaron o que en cualquier caso, terminarán.

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1.La Novia. Paula Ortiz. Soy consciente de que aquí estoy dejando que entren las vísceras a mansalva, y a ellas les entrego este regalo que nos ha hecho Paula Ortiz al convertir cada palabra de Lorca en imagen. Es una tarea mucho más complicada de lo que parece a simple vista, pues requiere de su directora no sólo entender la obra de Lorca casi diría en su pleno conjunto, saber ponerla en palabras y en imágenes  sino también que entre ellas se relacionen de una manera armoniosa, coherente con el tono original de Bodas de Sangre, y que el final de la proyección deje en el espectador una sensación que sea fiel al espíritu de la obra original pese a las transgresiones introducidas.

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El sobresaliente para Ortiz es mayúsculo, no sólo en la sensibilidad visual, en la dirección de autores, en la captación de metáforas visuales y objetos, rostros, escenarios auténticamente lorquianos sino en la construcción de una historia donde cada imagen rezuma al mismo tiempo belleza y terror, violencia y tierra, raíz y tragedia, un compendio de opuestos ligados a un tradicionalismo clásico y a la vez profundamente hispánico.

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La Novia es  una película que se te mete dentro hasta que te arden los ojos y que escuece en la piel como un buen poema o un recuerdo que duele tanto que sólo podemos recordar que debemos olvidarlo y convertirlo en cicatriz. La Novia abrasa,   y revela lo que tenemos en nuestra cultura de oscurantismo, de magia atávica y  de miedo a la magia, letanía patrimonial de nuestras palabras y marca doliente de nuestra cultura. La Novia es leyenda, profecía, conjuro, hambre de piel y de sangre si es que acaso no es la misma hambre. La Novia es belleza, naturaleza y abismo, mareo incansable de fuego y ceniza por donde se pierde la vida importante y entra por la ventana el ritual, la liturgia, la maldición de una luna infinita.

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La reina del desierto de Werner Herzog

“Se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña”. Entre febriles arranques poéticos Werner Herzog narraba así el turbulento viaje al Amazonas que le llevó a rodar una de sus películas más inclasificables: Fizcarraldo con Klaus Kinski en La conquista de lo inútil. El autor de Aguirre o la cólera de Dios (1972) se había consagrado como uno de los renovadores estéticos del nuevo cine alemán. En su apuesta narrativa se hallaba la fuerza existencial del paisaje y su diálogo con un hombre. Por eso no es de extrañar que la vida de Gertrude Bell haya interesado a Herzog. Exploradora historiadora y espía británica que dedicó su vida a investigar  los confines ignotos del desierto en el momento del reparto colonial de Oriente Próximo entre Francia e Inglaterra coincidiendo con la caída del Imperio Otomano. El personaje resulta desde luego una premisa apasionante a la par que inexplorada con suficiente resonancia histórica y poética. Sin embargo, la película de Herzog está lejos de situarnos al personaje de Bell a la altura de sus predecesores. 

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Una cámara que capta la inmensidad del desierto como un concepto mental no es suficiente para lograr implicar al espectador en un biopic plano que parece más bien una  excusa para rodar un documental del canal Odisea sobre territorios exóticos sobre los que quizás sólo caminaremos en sueños. A pesar de incluir los diarios de la viajera británica, que incluyen fragmentos de auténtico lirismo como aquel en los que compara el ruido de las piedras de sal con el de los fragmentos de cerámica rota, el retrato que hace Herzog de Bell se aleja bastante de la mujer melancólica y obstinada que se negó a someterse  a los valores victorianos de la Inglaterra de principios de siglo para emprender un camino propio lleno de tragos amargos y soledades tan abruptas como las rocosas montañas que se atrevió a atravesar para alejarse de un mundo al que no pertenecía o al que había decidido no pertenecer. El destino del autoexilio o la decisión que llevan  una mujer a emanciparse de su tribu original para investigar las ajenas podían haber llevado a una interesante reflexión acerca del hombre y el medio.

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Muy al contrario, Nicole Kidman pone piel a una Gertrude Bell cursi, afectada y relamida cuya vida se limita a la exploración del desierto más a modo de autoterapia que como un modo de aplicar su curiosidad científica o intelectual, parece difícil imaginar que el tratamiento hubiera sido el mismo si el personaje hubiera sido masculino. Por otro lado, el contexto histórico que rodeó al personaje aparece desdibujado hasta la incomprensión más burda, el rol de Bell como espía del imperio británico, así como la trascendencia histórica del trato con las tribus beduinas en el trazado de fronteras de lo que luego sería Oriente Medio, el actual Irak, no sólo no se trata con suficiente profundidad, sino que prácticamente ni se entiende en una película para olvidar que aleja a Herzog de sus grandes obras. 

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Atlántida Film Fest: Boye

Un personaje que emerge de la sombra. Un secuestro. Un chileno que es acusado de colaborar con ETA. La guerra sucia y la implicación de la política americana en la contrainsurgencia guerrillera. Un proceso judicial. Un chileno que va a la cárcel. Un personaje explicándose a sí mismo como un testigo inocente de su propia vida. Embates. Azar. Destino: el presidio, la conciencia, la ética.

Elementos más que suficientes para construir un relato capaz de conjugar  la historia individual con los grandes momentos  de la historia actual: el juicio del 11M, la revista Mongolia, la causa palestina. Pero ¿quién es este tipo? Alguien marcado por la muerte del Che, alguien que tuvo una novia  en la Universidad que había pertenecido al MIR, el hijo de un  defensor de Allende y una madre pinochetista, y quizás una personalidad menos  inocente de la que aparenta un rostro que no deja entrever ningún matiz contradictorio ni una inflexión de duda.  Dice Sartre “que uno es lo que hace con lo que han hecho con  él”. Poco interviene el fatuum.  Al final, en algo se decide. Pero hay que decidir.  Incluso la mejor de las historias necesita de síntesis. Elemento narrativo que Sebastián Sarabia, realizador del documental, claramente desprecia. 

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Dos horas de documental y una única entrevista, también casi en un único plano, tiran por la borda lo que podía haber sido un relato poliedrico sobre las tensiones entre el individuo y su presente. Boye, como película se queda en un mero pretexto para encajar el relato autojustificativo de una vida, quizás el homenaje siempre añorado del entrevistado, abruptamente pobre en su concepción y su desarrollo. Tan pobre que desmerece sin saberlo al propio Boye y la sombra de perplejidad que atraviesa su vida.