La liberación no era esto: una aproximación incómoda al caso Weinstein

 

 

Fue el verano en el que el pene de un presidente 

estuvo en la mente de todo el mundo, 

y la vida con toda su desvergonzada impureza,

confundió una vez más a Norteamérica 

(Philipp Roth, La mancha humana)

 Leila Guerriero es una mujer que ha visto cosas que vosotros no creeríais.  Con  la mirada desprejuiciada que da no haber estudiado en una universidad europea atrofiada por los grandes valores ilustrados, pero el intestino que otorga haberse recorrido con la prosa de una cirujana la última letrina de América Latina,  Leila Guerriero es la voz más interesante del periodismo narrativo actual. En una conferencia  hablaba de ese público pusilánime que no había podido soportar la película de El Hundimiento porque en ella, Hitler aparecía acariciando a su perro . Para Guerriero  era un mal síntoma que el público actual incurriera en una interpretación moral de los personajes, divididos en buenos y malos de una pieza que ya se había superado hace 500 años con Shakespeare, como si ser malvado y cruel fuera incompatible con tener accesos de ternura y de talento.  

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Ocurrió hace unos años tímidamente con la obra de Polanski cuando se reabrió el caso de violación de la que está acusado el director, ocurrió después con las declaraciones antisemitas de Lars Von Trier que desataron su expulsión definitiva del festival de Cannes, antaño nido de la contracultura, hoy mausoleo de viejas glorias del cine de autor que viven de las rentas de tiempos mejores.  

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Luego vino el caso Weinstein, destapado el pasado 5 de Octubre por un artículo del New York Times tras años de compra de testigos y víctimas donde se revela todo un complejo mecanismo de acoso sexual perpetuado por uno de los mayores productores de Hollywood dejando tras de sí una retaíla de víctimas que reportan delitos como violación, asalto, acoso, hostigamiento, seguimiento y amenazas que ponen en evidencia además de la monstruosidad del personaje, el modus operandi del sistema: el abuso de poder como arma de violencia sexual. 

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Weinstein es expulsado de la Academia de las Ciencias Cinematográficas, de su compañía  y repudiado públicamente por una profesión que hacía años que estaba al corriente de la situación, todo esto antes de que exista una sentencia firme sobre el mismo. De la profesión, la situación se extiende a una opinión pública sobrecogida por las denuncias de acoso sexual y a partir de aquí empieza la sangría de casos que en nombre de la liberación de las mujeres y de las víctimas azotará los medios de comunicación las siguientes semanas en una rumorología incesante que abre paso al momento de los linchamientos públicos. 

The Cinema Society & Michael Kors Host An After Party For "Iron Man"

No seré yo la que haga aquí una defensa a ultranza del derecho penal y la justicia, especialmente en un momento donde el sistema judicial se ha revelado como incompetente para proteger a las víctimas de la violencia machista y de las agresiones sexuales, como vimos la semana pasada con  el juicio de LaManada. Sin embargo, la vía judicial existe por algo. Entre otras cosas para determinar las circunstancias del caso concreto, los atenuantes y los eximente. Y también para determinar si hay caso. Lo siento pero algunos periódicos están incluyendo dentro de los casos de “abuso sexual” o “acoso”  reportes que no se sostendrían en un tribunal ni cinco minutos, que no  constituyen un tipo delictivo. Por ejemplo: Salma Hayek le dice a Oliver Stone en un estreno de una premiere en Londres delante de toda la prensa “no me toques Oli”. Nos puede parecer asqueroso,  nos puede parecer machista. Lo es. Pero no es un delito. Ni siquiera la supuesta víctima , en este caso, Salma Hayek lo ha reportado como tal que es condición sine qua non para que vaya adelante la acusación. 

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Ojo con esto. Se esta banalizando el uso de la palabra “acoso”, “agresión” “violación”.  El patriarcado se combate, las violaciones se denuncian. No se puede jugar con fuego. Una agresión sexual es algo muy serio, le hacemos un flaco favor a las víctimas de las agresiones sexuales , actrices y no actrices, si frivolizamos tanto con el tema que se convierte en un lugar común sin toda la carga violenta que en realidad comporta.  En una agresión sexual, por definición, hay contacto físico y violencia o intimidación.  Sé que me van a caer piedras por decir esto; pero no es lo mismo que te toquen el culo en un bar, que un tío se ponga pesado o que te enseñe toda su “masculinidad”  a que te peguen una paliza y te penetren. No es lo mismo.No se siente igual.

 No es lo mismo masturbarse delante de otra persona , como ha admitido el cómico Louis CK, que ser un violador psicópata que amenaza a sus víctimas. No es lo mismo abusar de alguien contra su voluntad que realizar un tocamiento sin su permiso, no es lo mismo. Podemos convenir sociológicamente en que todo parte de una raíz patriarcal, de privilegios, de abuso de poder, pero ese es un análisis sociológico, no jurídico y si existe la vía judicial es para establecer diferencias y matices allí donde la masa grita “a por ellos” “que los maten”. La masculinidad no se divide entre el violador-asesino y el joven feminista defensor aguerrido de las nuevas masculinidades. Volvamos al Hundimiento, todas estas conductas que se les están achacando a muchos actores son reprobables, intolerables y machistas; pero ¿son de verdad equiparables al caso Weinstein? ¿merecen el mismo castigo: el veto total, el ostracismo artístico, la repudia absoluta y general antes incluso de que exista una sentencia sobre los hechos?

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Por otra parte, ¿seguro , estáis seguros de que ninguno de vosotros tiene en su pequeño historial nocturno una mancha sexual que afea el código de pureza antipatriarcal que ahora exhibís orgullosos ante la indignación general? ¿Una insistencia impúdica? ¿un tocamiento no deseado? ¿una fina línea entre la borrachera y la inconsciencia? 

El monstruo sexual, Weinstein, ha servido para denunciar un status quo donde el poder y la fama se ejercen con y por el sexo, las víctimas deben ser compensadas, y deben tener derecho a un juicio justo. Pero no nos confundamos, nada de esto se hace por justicia, por feminismo o por las víctimas. Si vetan a Kevin Spacey de House of Cards o si Ridley Scott lo extirpa de cada fotograma viviente, no es por ninguna de estas cosas; es por dinero. Si cancelan el show de Louis CK  es por dinero. Los mismos que  forman parte de toda esta estructura de explotación sexual prefieren amputar unas manzanas podridas antes que aceptar que el problema es sistémico. Son los mismos que están en contra del matrimonio gay y los que defenestraron a Clinton por su lío con la Lewinsky. Es esa América. No la de las sufragistas, ni la de las panteras negras, ni la del derecho al aborto ni la de la antiglobalización. Es esa América mojigata y nauseabunda que no diferencia el juicio penal del juicio público

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Vetar a un actor o a un director que ha cometido un acto deplorable no soluciona el acto deplorable. Entiendo, volviendo al público del Hundimiento que no quiere ver a Hitler acariciando un perro, que  la sola idea de mezclar elementos contrapuestos (acosador/buen actor) (machista/buen director)  pueda crear una especie de cortocircuito  mental en algunas personas.  Pero el veto no tiene nada que ver con el feminismo, el feminismo es un proceso liberador; y como tal no puede conjugarse en términos coercitivos. Yo puedo elegir no ver a Kevin Spacey en una pantalla nunca más, pero es una decisión individual que apela a la moral de cada quien. No se la puedo imponer al resto. Si se la impongo al resto ya no se llama feminismo. Se llama censura. 

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Una patria tan pequeña

La semana pasada dejé unas horas el estudio de la España contemporánea que me estaba aburriendo soberanamente, para grabar un programa sobre los exilios y la poesía con la voz de Silvia Pérez Cruz como hilo conductor. En ese momento sentía que los datos acumulados sobre bienios negros, partidos políticos y discursos caducos estaban completamente alejados de mí. Estudiaba una realidad que me resultaba, he de decirlo, un coñazo al que conseguía restar bastante indiferente.

La idea que me llevó a grabar el programa fue comprobar que estamos reflexionando poco sobre el exilio económico o que hemos creado una categoría soft, blanca y más amable para designar a los 2,1 millones de españoles que han abandonado España desde que empezó la crisis económica. Cifra que se acerca al número de emigrantes que se marcharon de Irlanda entre 1850 y 188o en la conocida hambruna de la patata.

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De pronto me encontré con la versión de Corrandes d’exili de Silvia Pérez Cruz y todo cambió. Investigando sobre la canción descubro que  el poema pertenece a un autor catalán sobre el que jamás había leído nada ; Joan Oliver, apodado Pere Quart,  autor de obras de teatro como La Fam sobre la lucha entre republicanos y anarquistas en la Barcelona de la guerra civil. Descubro también que su actitud poco complaciente con las autoridades de nuestra recién estrenada democracia, a la que Joan Oliver regresa tras un largo exilio,  lo relegan a un ostracismo intelectual. Y que la canción de Cruz responde a una primera versión musicada del poema que elaboró Lluis LLach. Y lo que dice Llach al respecto de Joan Oliver me hace darme cuenta de lo mema y absurda que soy al no comprender que la historia no son las cifras, no son los hechos, no son las siglas, no es una crónica ni un suceder de circunstancias. Son los sentimientos subterráneos que nos unen al tiempo que vivimos, ese tiempo que está conectado con hilos de alientos invisibles al tiempo que vivieron otros y que nos hace repetir dolores similares con otros nombres y otras siglas y otras fechas. 

Y hoy la Silvia Perez Cruz que se retuerce cantando les Corrandes d’exili tiene quizás motivos para gritar los exilios que  nos niegan. Porque la patria no sólo es añorada  por los que se van,  son los que se van  los que se la llevan. Es tan pequeña la patria que cabe en el cuerpo de una sola persona, en unos ojos o en la forma particular de pronunciar una palabra .En cuántas personas vivimos divididos cuando queda la identidad atravesada de distancia. 

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“Yo un dia estaba en un café de la Travesera de les Corts delante de un hombre increíble. Yo estaba delante de él como quien contempla a uno de esos dioses antiguos que son unas imágenes fantásticas de irascibilidad y de ternura, de genio, de sensibilidad. Era el Joan Oliver, el Pere Quart, lo encontré viejo, bastante viejo, con el pelo blanco y largo. Una voz profunda, que cuando decía lo que tenía, a quien se lo tenía que decir, sobre todo a la gente pública parecían cuchillos que cortaban. Por eso quizás es un poeta no suficientemente valorado por la cantidad de obra  que nos ha dejado no sólo a nivel poético, sino también a nivel de teatro, literatura y traducciones y muchas cosas. Por eso yo le pedí musicar uno de los poemas que yo pienso que es uno de los documentos, aunque es una palabra un poco extraña al hablar de poesía, pero el Joan Oliver fue uno de esos viejos republicanos, en su tiempo jóvenes, que habían atravesado la absurda ralla de la frontera perseguidos por el fascismo.

Sabiendo que iban hacia un campo de concentración a Francia y sabiendo que a eso le seguirían aún más campos de concentración, como para muchos fue. Sabiendo y teniendo el sentimiento, injusto seguramente, de que no habían defendido bien su tierra, su país . Sabiendo que habían perdido la libertad y todo aquello por lo que habían luchado siempre. Y el Pere Quart, el Joan Oliver, escribió aquel mismo día este poema y nos ha dejado un documento extraordinario . Pienso que durante tantos años, tantos siglos, millones y millones de personas hubieran dicho quizás sus mismas  palabras si   las hubiesen encontrado.” 

Corrandes d’Exili de Joan Oliver, Pere Quart

Una nit de lluna plena
tramuntàrem la carena
lentament, sense dir re.
Si la lluna feia el ple
també el féu la nostra pena.

L’estimada m’acompanya
de pell bruna i aire greu
(com una marededeu
que han trobat a la muntanya).

Perquè ens perdoni la guerra,
que l’ensagna, que l’esguerra,
abans de passar la ratlla,
m’ajec i beso la terra
i l’acarono amb l’espatlla.

A Catalunya deixí
el dia de ma partida
mitja vida condormida;
l’altra meitat vingué amb mi
per no deixar-me sens vida.

Avui en terres de França
i demà més lluny potser,
no em moriré d’enyorança
ans d’enyorança viuré.

En ma terra del Vallès
tres turons fan una serra,
quatre pins un bosc espès,
cinc quarteres massa terra.
“Com el Vallès no hi ha res”.

Que els pins cenyeixin la cala,
l’ermita dalt del pujol;
i a la platja un tenderol
que bategui com una ala.

Una esperança desfeta,
una recança infinita.
I una pàtria tan petita
que la somio completa.

Programa Cartas desde la Antártida: Exilios poéticos, Silvia Pérez Cruz.
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Secret State: El mundo tras el TTIP

Ruido. Cristales rotos. Un guante que envuelve una mano amputada. Y una voz en un galés impecable que increpa al personaje protagonista: “Tu trajiste a esos cowboys”. Así empieza la mini-serie británica de cuatro capítulos, Secret State, emitida por Channel Four en 2012 basada en la novela “A very british coup” de Chris Mulin que ya fue adaptada a tv por el mismo canal en 1991 y cuyas semejanzas con esta segunda adaptación, según se deriva de la sinopsis, son anecdóticas. 

La explosión de una planta petrolífera en el pueblo obrero de Teasside, remueve los fantasmas de la guerra de Bosnia del viceprimerminestro británico Tom Dawkins, interpretado por un contenido Gabriel Bryne. A partir de aquí asistimos a una narración frenética donde se nos desvela por una parte la fragilidad de la soberanía nacional ante los intereses de la multinacional PetroFex y por otra, el riesgo de fuga de capitales y los complejos vínculos entre el sector financiero y el empresarial desbordando por completo la capacidad del Estado para gestionar la crisis de la explosión.

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Secret State cuenta con algunos fallos y con grandes aciertos. Entre los fallos podemos anotar la dificultar de condensar en cuatro episodios una trama de cierta complejidad político-económica y muchos sucesos narrativos que se solapan en un mismo episodio cruzando la barrera de lo verosímil. El buenismo atribuido al personaje principal y un retrato psicológico mediano, ni  fascinante  en sus sombras, ni rico en matices le resta fuerza a una historia que de lo contrario podría ser un gran relato de la geopolítica actual.

El gran acierto de la serie es el tema. A día de hoy somos muchos los que nos manifestamos contra el TTIP, el TISA y el CETA pero la opacidad entorno a lo que implican realmente estos tratados sigue reinando para la mayor parte de nosotros. Los analistas se basan en las consecuencias legales que trajeron  tratados similares como el que se firmó entre México, EE.UU y Canadá y los informes que están circulando por parte de los europarlamentarios que están pudiendo acceder a la lectura de partes del mismo con enormes irregularidades, segmentos censurados o la imposibilidad de tomar notas durante la lectura,  como denunciaba en europarlamentario de Iniciativa Ernest Urtasun en la La Cafetera.

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Secretísimo, opacidad, textos que se mueven en la sombra y que dirigen las sinergias entre las corporaciones privadas y los estados, remiten a una época predemocrática, anterior a la existencia de las relaciones internacionales, donde las grandes cuestiones se decidían en oscuras habitaciones repletas de humo a espaldas de quien sufría las consecuencias. La Sociedad de Naciones inspirada por el derecho británico y por los catorce puntos de Wilson quiso acabar con esta diplomacia secreta, y hoy precisamente desde  uno de sus hijos legítimos, la Unión Europea, se resucita al viejo monstruo de los tratados secretos para crear una nueva forma de gobierno; el gobierno de las corporaciones, donde las leyes estatales no puedan oponer resistencia a la omnipotencia transnacional. 

Secret State nos dibuja el mundo que sucede a la firma del TTIP. Un mundo donde la banca puede modificar leyes estatales y los tratados internacionales pueden hacer añicos los convenios colectivos.Por eso la imagen que abre y cierra la serie es tan importante. Es quizás más que una cuestión narrativa una reflexión simbólica: la que une la explosión de gas con la guerra de los Balcanes, el presente del TTIP con el pasado bélico atlantista: “Tu trajiste a esos cowboys”.