Aquí se sangra.

los fuertes sucumben 

Bertol Brecht 

Vivimos en una época estar triste está mal visto. Sentir está mal visto. Hay que esconder los restos de la tragedia y construir con los cristales rotos un relato que disimule las suturas. Es mejor sentir poco.Se siente  poco. La gente es feliz y espera que te sumes a su guión donde la felicidad tiene apropiada un número determinado de frases. Hay que estar contra eso. Mi amiga Marta escribió la semana pasada unas líneas en un whatsapp que venían a reproducir toda al reivindicación a un mundo dramas urbanos escondidos tras un barniz de maquillaje del que formo parte desde que nos conocemos hace trece años:   “Aquí se siente. Aquí se llora. Aquí se sangra“. 

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Esta frase encierra en sí misma un mensaje subversivo: “usted tiene derecho a sufrir, usted tiene derecho a estar jodido y a joderse la vida del modo que considere oportuno”  A modo de anécdota, contaré algo que le sucedió a mi amiga Roser en un mal día. Harta de enviar currículums, de no saber qué hacer con el resto de su vida, harta de acostarse con la misma gente y de vegetar en el mismo barrio se encontró con el típico vecino positivo, sonrisa permanente, aparentemente bienintencionado que te pregunta que qué tal, que qué haces con tu vida, aquí va la frase aguijón: que en qué estás trabajando últimamente-Pena de Muerte-A lo que mi amiga Roser respondió muy seria:

-Mal. Estoy pensando en suicidarme– silencio. Aún quedaban cuatro pisos. 

La obviedad es sólo aparente, pues estamos ya acostumbradas a que el mundo se apropie de las causas y diálogos opresivos bajo un pañuelo consolador que encierra en sí mismo una mordaza: “si fueras más positiva, verías que no hay motivos para estar mal”. Y así hemos ido construyendo una sonrisa en standby que sobrevive a base de ignorar las propias heridas. 

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Por eso me parece tan significativo que en un mundo donde la psicología, el marketing de moda, los libros de autoayuda y hasta la política te invitan a un optimismo falsario tres películas españolas recientes nos hablen de universos  donde la frontera entre el origen patológico y la sociedad-mundo no están delimitadas. Las niñas de fuego que las protagonizas son a la vez re- creadoras y víctimas de su propio doler: Magical Girl de Carlos Vermut, Stockholm de Rodrigo Sorogoyen y La Herida de Fernando Franco atraviesan el terreno de la locura femenina como si fuera un paisaje o un clima; donde la cara más superficial es el exterior de una cicatriz, un rostro en primer plano, una disociación, un síntoma.

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Y el interior es la causa, el desencadenante, el mal primigenio oculto a los ojos de una sociedad demasiado empeñada en enraizarse en lo normal, demasiado acostumbrada a vivir clasificando comportamientos en cajones estancos : lo tóxico, lo insano, lo improbable, lo  incierto. La fachada de ese paisaje juega con el lenguaje del camuflaje, las herramientas que le permiten a las protagonistas ser otras además, o a pesar, de sí mismas : La máscara y el disfraz en el caso de Magical Girl:

El vestido y la confusión-dicotomía día/noche  ángel/demonio en el caso de Stockholm :

y el trabajo de enfermera en el caso de La Herida.  Queda a la interpretación del espectador en las tres películas, la causa de la situación de nuestras protagonistas. En ningún caso conocemos las circunstancias en las que se origina, para más inquietud ni siquiera sabemos qué les ocurre No hay un monólogo. No hay una explicación. Lo único que nos pone en contacto con ese mundo interior arrasado es la sangre. 

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En las tres películas la sangre acaba siendo el vehículo que une el comportamiento sintomático con el interior perturbado. La sangre se convierte en un elemento fundamental de la orografía de ese paisaje.Y como si el rostro de nuestras protagonistas fuera un volcán, la sangre es la  lava que comunica la herida externa con la interna.

Si recordáis una de las primeras escenas de Babel la película de González Iñárritu, cuando la pareja que interpretan Cate Blanchett y Brad Pitt es alcanzada por una bala en el interior del autobús, la herida tiene aquí la misma función en el personaje de Blanchett. Recordemos que la película empieza con la discusión del matrimonio, la incapacidad de superar la muerte de un hijo, el rencor de la mujer al marido etc. La bala hace externa la herida del personaje de Blanchett, de algún modo la sangre que brota del personaje equilibra su mundo interno con el exterior y posibilita una catarsis. 

Más allá de sus consideraciones narrativas los tres personajes necesitan atravesar con sus heridas externas la superficie, la piel, en un grito desesperado por hacer visible lo invisible, por nombrar lo innombrable, por comunicar una hemorragia interna que se desborda. Quizás el mal estaba ya en ellas. Pero quizás también está en un mundo que obliga a lo orgánico a expresarse allí donde las palabras no tienen derecho de asilo. 

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