La mano que cubre la Ira

¿Te has acostado con ella?

¿Tu crees que eso es una pregunta?

(Tarde para la Ira ,  Raúl Arévalo)

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CONTIENE SPOILERS (o algunos datos del argumento que pueden ser considerados como tales)

Las historias sencillas son las más difíciles de contar. Su éxito depende del ángulo en el que se encadenen los sucesos narrativos y de las dosis de información que el director vaya delegando en el espectador. No se trata de hacer una historia sencilla complicada, ese es un error común, sino de hacerla interesante. Encontrar sus puntos de apoyo y reforzarlos aspirando a contar sólo lo que la historia cuenta. Probablemente el director que se ciñe a este objetivo, que trabaja fielmente sobre un guión aparentemente contado cien millones de veces antes, acabara contando otra cosa, una historia que subyace a la historia, una historia que supera los límites de la historia y una gran película. Este es el caso de Tarde para la Ira, la ópera prima de Raúl Arévalo.

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Un bar de barrio donde se mantiene intacto el rótulo fluorescente de las cafeterías de los años noventa, la camarera hastiada con el novio en la cárcel, el hermano, un hombre de familia, la partida de cartas, el cliente introvertido de carajillos cargados y silencios profundos. Un tapiz naturalista que esconde mucho más de lo que enseña a primera vista. Y es que en este ambiente cañí y neorrealista, nada es lo que parece y en esta celebración de folklore patriarcal, el western noir va a hacer pronto acto de presencia.

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Este comienzo no forma parte en absoluto de la estructura narrativa de la historia. ¿Por qué no empezar por el atraco? ¿Por qué no empezar por el cuñado en la cárcel? ¿O por el luto del propio Josete? No. Arévalo sabe muy bien lo que se hace, empieza por la tangente, el retrato costumbrista, un zambullido de realidad y desde allí va estrechando lentamente el cerco de la historia, mientras nos enseña de qué está el hecho el mundo en el que viven sus personajes como en la secuencia de la comunión, abandono y marginalidad; la cultura del lumpen,  la chapuza y el timo, el fraude de hacienda, el tráfico de drogas, el robo y el apaño por debajo de la mesa, sudor, mal aliento y machismo todos los ingredientes que tienen las noticias de sucesos: la miseria sostenida en el tiempo.

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 Ya parece que nos podemos resignar a ver otra película social sobre una historia de amor imposible, cuando Arévalo hace entrar la verdadera trama con dosificador. En el viaje vamos a atravesar todas las veladuras de este lienzo donde el plano pone el acento sobre el paisaje de una España olvidada,  la de los barrios bajos y los gimnasios de artes marciales en los que se recluta a todos los nadies del extrarradio sevillano.

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Del sur pasaremos al territorio llano de la meseta, a ese rural que se parece a todos los pueblos de España, de misa y fiesta mayor, donde el director consigue aumentar la tensión gracias al manejo de los pequeños detalles: las cocinas humildes, la trastienda de un bar, las carreteras secundarias, la película de Arévalo gana una tridimensionalidad épica que debe mucho a las interpretaciones de los dos actores principales, Antonio de la Torre y Luis Callejo, y a la influencia del cine de Alberto Rodríguez (Grupo7, Siete Vírgenes, La isla mínima). Sin embargo, Arévalo va a superar a su maestro en la última película que ha dirigido Rodríguez este año; El hombre de las mil caras en la que el director de La isla mínima pierde el sello de su cinematografía anterior para hacer un relato predecible y desapasionado de la vida de Paesa, con voz en off de Coronado, sólo este dato baste para alejar al espectador avispado. ¿Tu también , Brutus?

Lo mismo cabe decir de la fallida segunda obra de Rodrigo Sorogoyen, Que Dios Nos Perdone, un pastiche de tópicos con la corrupción policial, un asesino de ancianas  y las manifestaciones del 15M de trasfondo que alcanza lo patético cuando se reviste de pretendida autenticidad en el personaje interpretado por Roberto Álamo. A diferencia de estas dos, en Tarde para la Ira  lo popular entra a raudales por una tragedia en la que como en  de Shakespeare: todos los personajes tienen razón. Al fondo de esa escena final que es casi un interrogante sobre el horror, Arévalo ha puesto delante de la cámara los factores fortuitos que convierten a cualquier hombre normal en un monstruo y a cualquier  monstruo en un hombre normal.

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