Pájaros muertos en el pecho

Por favor, si va a leer este texto, escuche mientras tanto esta canción.

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Siempre perdemos a las mejores personas por las peores razones. Y supongo que hay algo de precio en todo esto, algo así como el billete del viaje, los plazos de una recompensa que vamos haciendo jirones por el camino, cuando no aprendemos a tocar el ukelele, una vez en los brazos de Marilyn Monroe en Some like it hot, otras veces en las manos delicadas de una inuit noruega que compartía con nosotros una habitación en Berlín. Las dos veces lo intentamos. Las dos veces lo olvidamos.

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Somos víctimas de una sociedad demasiado proclive a la aceptación. Si te quiero, si te voto, si lo acepto. Dicen que como milenials tenemos baja tolerancia a la frustración, cuando lo que tenemos es una alta tolerancia a la resignación porque de nuestros padres no aprendimos la rebeldía. Para aprenderla había que buscar más al fondo, en nuestros abuelos, todo lo que aprendemos nos lo enseñan las guerras perdidas. Es  muy paradójico porque me pasé la adolescencia criticando  esa postura pasiva de un niño con rizos que a todo lo que le proponía respondía : “prefería no hacerlo” . Ahora soy yo la que paso algunos sábados en una librería llamada  Bartleby  en el mismo barrio donde ambos pasamos la infancia y donde él ya no vive.

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La gente dice con mucha frecuencia que si, si van, si se casan, si se quieren, si lo aceptan. Y en medio de una sílaba se escapan millones de sueños, espejos, pompas de jabón, fragmentos de películas, fantasías eróticas  y quien sabe si un 50% de quienes son, de quienes somos. Pero eso da igual cuando la familia te ha puesto a un pin que deslumbra en un marco recién estrenado en el recibidor de tu casa. Presidiendo el salón , con el sueldo intacto en la cuenta corriente y la palidez de los pasillos del metro, quién se acuerda de los sueños.

Yo recuerdo cruzar la Rambla de Barcelona cantando canciones de Paco Ibañez, porque todo entonces consistía en pequeños gestos, conversaciones con la peor gente a las mejores horas y creer con firmeza que todas las transgresiones eran invenciones nuestras. Yo recuerdo asomarme a unos ojos verdes que no querían marcharse, yo recuerdo haber prometido cosas que no iba a cumplir, y ver en pocos años mi vida despedazada en miles de aeropuertos. Y recuerdo a Davide por arriba de las escaleras mecánicas despidiéndose como lo hacen las personas que temen encontrar en la cama siempre la misma postura, y recuerdo pasear bajo los puentes metálicos de las estaciones berlinesas, mientras caía la nieve más profunda que jamás ha caído sobre unos párpados abiertos  en el aire de una ciudad cuya historia nos doblaba los ojos, nos rompía las costillas, como si fuéramos una manada de lobeznos caminando a toda velocidad por rincones a los que no volveríamos.

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Como si fuéramos una sola persona con unos únicos órganos vitales, así un único corazón latiendo a toda prisa alejándonos a toda velocidad de cada uno de nuestros sueños. Con un zarpazo de realidad mortal he sido mordida. Un domingo por la tarde caminando por la calle Ruzafa de Valencia con las luces de las avenidas vencidas por ese color ocre del invierno vi nuestros cuerpos reflejados delante del cristal de una zapatería que tenía botas en oferta y la vida me pareció un objeto de segunda o tercera mano, comprado en un rastro extranjero, huraño, ajeno, barato.   Y quisiera poder decir que en esta canción también estamos nosotros y aquella tarde y esas botas, y quisiera poder decir que en esa luz también está lo que vino después de la delicia.  Vosotros, la ruina, el desastre; porque lo que era luz se nos hizo oscuridad, porque no supe entender vuestras razones y aquellas telarañas que crecían en palacio que nos amanecían mal vestidos, mal intencionados, sucios sin ser ya aristócratas sino mendigos taciturnos en el abismo egocéntrico de nuestra propia juventud.

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Todos los palacios tiene las paredes llenas de agujeros. Nuestros reinos en ruinas son un lugar habitable, pero bajo cero. Y quisiera llegar hasta donde no supe llegar antes, hasta donde no supe llegar a tiempo. Pero también puedo guardar infinitas galaxias de silencio. Porque yo no traiciono a mis lobeznos. Y porque tus lobeznos son también familia mía.

¿Qué le diría un emprendedor a un poeta? No has maximizado tus objetivos , tienes que ser más productivo, abandona esa tendencia patológica por la nostalgia, la derrota es tu zona de confort. Pero nosotros sabemos que adaptarse y morir son la misma cosa ¿Qué le diría un poeta a un emprendedor? Tienes déficit de azar, tu inconsciente está hambriento y un día te morirás de una embolia, has puesto a régimen a tu creatividad dentro de los margenes del sistema y tu zona de confort es el éxito social.

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Elige Facebook, Instagram, la copa menstrual, Twitter, Change.org, Whatss’ap, Elige Netflix, Amazon, Quinoa, Ikea. Elige su vida. Nuestra muerte. 

La constancia, como decía Larra, es la virtud de los feos. Estas noches frías echo de menos a los viejos amigos, a los que me dejaban notas en los bolsillos prometiendo un happy end que siempre se desplazaría en el tiempo, cajitas de tesoros diminutos, como clips pintados de colores con frases de esas películas que habíamos hecho nuestras: la promesa de correr por el Louvre cogidos de la mano hasta perder el aliento y reencontrarnos horas más tarde en el círculo polar. Echo de menos a los que viajan por el mundo y a los que viven al doblar la esquina, a los que han triunfado y a los que creen que cambiar es una traición imperdonable como diría Milan Kundera en los labios de Barbara Lennie, y quisiera poder estar lejos, más lejos todavía, y escribir postales con mis falsos remites, ya sabes, cruzar las piernas cuando me digan que me he puesto los zapatos del revés,  pedir asilo, compartir la comida, cogerte la mano, sólo tienes once años y sabes a filipinos, nunca nos iremos de esta isla.

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Cuando el viento sopla fuerte como estos días, miro los objetos quirúrgicos, me doy la vuelta en las sábanas e imagino que mi cuerpo es un barco lanzándote señales de ayuda en mitad de una tormenta, desde la orilla recibo una luz y descanso, porque en esto de zozobrar también estamos solos desde entonces.

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 Y me hago de nuevo esa pregunta, la misma pregunta que lleva sonando desde que empezaste a leer, si has escuchado adecuadamente la canción :me pregunto si ya  he conocido a todas las personas que vale la pena conocer y si por lo tanto,  a partir de ahora puedo retirarme de las conversaciones, guardar silencio, un silencio comprometido con el pasado  para no tener que abjurar nunca más de una causa necesaria, ni blasfemar contra todas las personas a las que he querido, si es mejor vivir en una pasión contenida casi en una doblez resignada donde sólo tu sabes lo que sabes y sólo yo sé lo que sé.  Retorciendo historias en los oídos indecisos que no me creen cuando digo que si , que es cierto: que quise todo lo que quise,  que creí en todo lo que creí y que algo pasó después, como si  me hubiera estallado entre los dientes la cuerda ensangrentada de un violín. 

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Yo en la Antártida

Siempre me han interesado los lugares remotos, quizás por mi cada vez más acusada tendencia antisocial, quizás por la compulsiva búsqueda de lugares a los que huir si las circunstancias se hacen insoportables, si los termómetros marcan temperaturas no asumibles o si respirar se vuelve una tarea que requiere  formación especializada y máster oficial. Cuentan algunas amigas mías de la primera papilla que cuando era pequeña enviaba cartas con  remites inventados de lugares a  los que nunca había ido y a los que quizás nunca llegue a ir.  Ya desde muy niña confiaba en el poder prodigioso de la imaginación para llegar allí donde la realidad se queda corta. Así cuando la realidad me falla, me queda mi mundo.

En ese  mundo, la muerte no existe, la gente no engorda y las cosas terribles ocurren de un modo bello y necesario. En ese mundo, el tiempo y el espacio son limitaciones superables, las personas saben lo que tienen que saber y a penas son necesarias las palabras. Las personas no tienen forma de personas, son esencias minerales, rasgos matemáticos, partículas de pensamientos que me rozan. Los ojos se llenan de verdades y se atraviesan como texturas. No es un mundo necesariamente feliz. Tampoco triste. No es un mundo perpetuamente iluminado, pero tampoco sombrío. Las ideas se perciben en el olor del aire, y amar al otro no duele, del mismo modo que no duele ser uno mismo y al mismo tiempo soñar con ser otra cosa. 

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Así que cuando mi amiga Alicia se fue como investigadora a la Antártida no pude menos que envidiarla por esa mezcla de horizonte desolador y vasta soledad.

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A medio camino entre la leyenda y la realidad circulan las teorías acerca de que que en el medio del continente antártico y cerca de los polos se producen anomalías temporales, sé que la cuestión  tiene que ver con la física cuántica, pero ahora no me pidáis la explicación científica, puede que ni exista. Siempre me he imaginado esas anomalías temporales como espacios alucinatorios en los que se mezcla la memoria y lo real, el sueño, el deseo y el futuro. Atrapada como estoy por el tiempo de mis circunstancias actuales, el formato de Cartas desde la Antártida  pretende caer en tus oídos como un trocito de glaciar traído desde el centro de la Antártida. Pretende que pares la compulsión, que te pares, que hagas un paréntesis provocado que rompa el suceder de tu espacio y tu tiempo y traiga otras cosas: resonancias, voces, ideas, músicas, historias, inconexas o tal vez conectadas de un modo  inconsciente y letal a todo lo que existe. 

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Una farera perdida en un espacio inhóspito, sin nada más que cuatro ideas escritas sobre el papel  que piden hacerse voz casi como ejercicio terapéutico. Una terapia que espera servir de puente entre la soledad propia y las soledades ajenas.  Entre mi Antártida y la tuya. Porque quizás los mundos propios no sean mundos tan lejanos los unos de los otros. Porque quizás los mundos internos sean aún mundos posibles. 

Cartas desde la Antártida: Italia  Ir a descargar

Cartas desde la Antártida: Mediterráneo, fosa común. 
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Cartas desde la Antártida: Exilios poéticos, Silvia Perez Cruz Ir a descargar